lunes, noviembre 30, 2009

SIMETRÍAS

Primero me llama el librero J.M., para decirme que tiene allí delante, en su local, al personaje que hemos dado en llamar el libridinoso, por una anécdota que conté en su día en este cuaderno, y que se publicó en mi libro Señales de humo. Debe de ser un hombre bienhumorado, y por eso el librero no ha dudado en decirle que la referida anécdota anda en papeles, e incluso se ha decidido a regalarle el libro... Me llama para decírmelo, e incluso me pasa el teléfono para que yo pueda saludar al aludido. Con lo que me siento casi como Unamuno cuando decidió presentarse él mismo en las páginas de Niebla, su famosa nivola, e interpelar directamente a sus personajes.

Y aún me dura esa sensación de divertida extrañeza cuando, por la tarde, me decido a hojear la nueva entrega de los diarios de A.T., que recogí esa misma mañana en correos; y, para mi sorpresa, me saltan a la vista unas páginas en las que se habla de una visita que ese escritor hizo a Cádiz en el 2002, y se menciona al
buen amigo que lo presentó, que no es otro que el que escribe esta nota... Con lo que se produce una de esas extrañas simetrías que la realidad crea a veces con los materiales más insospechados. Un personaje de un libro mío cobra vida y voz al otro lado de un teléfono. Y yo mismo, encubierto por una X., aparezco como personaje fugaz de otro libro. Y todo ello, en un mismo día que, de no haber sido por esta curiosa doble anécdota, hubiera figurado, por razones que no vienen al caso, entre los más depresivos y angustiosos de este otoño-invierno que no termina de arrancar.

***

Bueno, también estuve a punto de caerme por las escaleras. Iba despistado y creí que había llegado ya al final de las mismas, cuando faltaban aún dos escalones para el descansillo. Podía haberme dado un mal golpe, en fin, pero tuve suerte y aterricé sobre mis codos y rodillas, sin más consecuencias que unas ligeras magulladuras y el susto terrible que le di a K., que salió corriendo espantada, con la cola erizada, y luego volvió a cerciorarse de que ese extraño cuerpo que se le acababa de abalanzar no albergaba ulteriores intenciones agresivas.

***

Y es que a la gata tampoco le ha sentado del todo bien este fin de semana. Ya el viernes vinieron a sacarla de su tranquilidad los operarios que estuvieron reparando el lavavajillas. Cuando intentaba olisquear a uno de ellos, para ver si era de confianza, le sonó a éste el móvil, con uno de esos espantosos tonos que, en vez de simular un timbre, exclaman: ¡hola! ¡hola! con una horrible voz de payaso psicópata. A partir de ahí, K. se limitó a acecharlos desde la puerta, con la cola erizada, mientras emitía una especie de rugido amenazador. Y con ese humor recibió a las visitas que vinieron luego; que, por estar acostumbrados a los gatos, no se lo tuvieron en cuenta y más bien se tomaron con ella unas confianzas rayanas en la falta de respeto...

viernes, noviembre 27, 2009

LA GRIPE

Lo malo de tener que escribir el artículo de la gripe es que seguramente uno lo ha escrito ya, y hay una regla de oro en esto del columnismo que obliga a no repetirse. Escribió uno ese artículo cuando, como todos los columnistas que se estrenan, paseaba confiadamente por los hitos del calendario y encontraba una incitación a escribir en el mero sucederse de las estaciones. No hay articulista novel que no haya escrito sobre la navidad, la llegada del buen tiempo, el verano y sus tópicos. Lo malo de esos temas es que sólo pueden tratarse una vez. Cuando se agotan, hay que engancharse a ese fatigoso carro que llamamos “actualidad”. Y de ahí nace el dilema en que me encuentro: ¿es esta gripe de ahora un asunto actual o una cuestión estacional? O, lo que es lo mismo: ¿es noticia o es mera recurrencia de algo que sucede todos los años, tan poco novedoso, en fin, como el becqueriano regreso de las oscuras golondrinas o la caída otoñal de las hojas?

No sé. Ya quisiera uno encontrarse en esa situación de bendita inocencia que le permitiera escribir el artículo de la gripe de siempre, la cíclica, la eterna, la que vuelve cada año de la mano del invierno y se disipa con la llegada de la primavera. La que permite faltar al trabajo y reclamar del cónyuge desacostumbrados mimos y cuidados. La que se sobrelleva en cama, acompañado de un libro, un vaso de leche caliente y un termómetro… También esa gripe “normal”, de apariencia tan benévola, se lleva por delante muchas vidas. Pero lo hace sin alharacas ni alarmismos, revestida de esa inevitabilidad que pone como único requisito para morir el mero hecho de estar vivos.

A lo que parece, tampoco la amenazadora gripe de nuevo cuño va mucho más allá. Los médicos, que son fatalistas por naturaleza, porque han de asistir impertérritos al siempre inquietante espectáculo del dolor ajeno, así lo creen, y por eso muchos de ellos se resisten a ponerse la vacuna improvisada al efecto. Quizá porque tienen sus dudas respecto a su efectividad. Pero también porque, en el fondo, aceptan la cuota de riesgo que les cabe en esta eterna lotería en la que diariamente se concede o se niega el regalo de seguir viviendo. También se dice –y esto también es parte del discurso de la actualidad– que el virus en cuestión ha mutado, y a lo mejor se hace incluso más agresivo y letal. Lo que tampoco debería asustarnos, porque ya sabemos que los virus son tan poca cosa que ni siquiera poseen el don de la identidad estable. En eso se parecen a los columnistas: hoy son poéticos y benévolos, como la gripe estacional, y al otro día se muestran destructivos y feroces. También nuestros temores mutan. Ayer huíamos del turista que volvía de Méjico con un constipado, hoy besamos en la frente al familiar enfermo con el que no tenemos más remedio que convivir. Eso hemos ganado.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 26, 2009

UNA PAUSA

En una pausa del trabajo veo a esta compañera consultar una de esas páginas de Internet en las que se hacen predicciones meteorológicas. Nada anormal, por supuesto, y más en estos días de tiempo cambiante, en los que conviene ir avisados. Pero lo que me llama la atención, y hace que me acerque a ella, es que el verdadero propósito de la consulta es acceder al archivo de fotografías relacionadas con los elementos que incluye esa misma página, y que han sido puestas en ella por los usuarios de la misma. Son fotos bellísimas, casi todas de amaneceres o puestas de sol, con cielos de un colorido casi sobrenatural, nubes impresionantes y arrebatadores efectos de luz. No hay más remedio que asentir a esa belleza; como también hay que hacerlo, en fin, al impulso que lleva a esta mujer, bastante comedida y sobria en todos sus actos, a entregarse por unos minutos a este acto casi secreto de gratificación estética y, entiendo, espiritual. Y lo que lamento, una vez consumada mi intromisión, es no tener palabras para corresponder a su entusiasmo, que entiendo sincero. Esa clase de belleza es verdaderamente inefable. Y lo es, no sólo por su intensidad, sino porque realmente no se puede hablar de ella sin trasladarla a categorías estéticas que la empobrecen o bastardean. ¿Compraría yo un cuadro que se entregara sin más a la reproducción de esos efectos? No. ¿Pondría yo en mi salón, permanentemente a la vista, una reproducción enmarcada de alguna de esas fotografías? Tampoco. Incluso las frases con las que he intentado dar idea de lo que muestran me resultan, al releerlas, afectadas y cursis. En cambio, no tengo reparo en tener a la vista, como es el caso, un cuadro que muestra un paredón desconchado... No lo digo en detrimento de este último: es un cuadro (alguna vez he hablado de él) muy hermoso, también tocado por la luz, y que presupone todo un mundo a su alrededor. Pero...

Tal vez la solución de esta sencilla paradoja sea que el arte casi siempre fracasa (o, lo que es peor, cansa y empalaga) cuando intenta reproducir ciertas bellezas evidentes por sí mismas, y en cambio se eleva a alturas insospechadas cuando parte de referentes modestos y simples. No sé. También puede ser que en toda esta situación que he contado lo que se pone de manifiesto sea alguna carencia mía, no sé si intelectual o sensitiva. También ésa es una de las funciones de la belleza: dejarnos pensativos.

miércoles, noviembre 25, 2009

UNA APOSTILLA

A mi amigo y colega Rafael Marín, que ha venido al instituto a dar una conferencia, le hacen la consabida pregunta: "¿Por qué escribe usted?". Y responde, entre bromas, que porque así ahorra mucho dinero en psiquiatras. No sin antes conceder que él también se lo pregunta con frecuencia, ya que la escritura es un trabajo casi siempre ingrato y solitario, que incluso te enemista a veces con los tuyos... Tiene razón. Sin embargo -me entran ganas de apostillar- hay también un gozo de la escritura, que a veces llega a la euforia, y que se manifiesta cuando la ocasión y las ganas coinciden con uno de esos contados momentos en que las palabras acuden con facilidad al pensamiento y a las manos, a remolque de ideas que parecen aflorar en el momento oportuno, y complementarse unas a otras, de modo que el resultado, cuando llega a culminarse, parece un don del cielo, un arrebato, un golpe de eso que los antiguos llamaban inspiración... Suele ser un estado pasajero, y a veces basta que cualquier contratiempo se interponga para que, al volver a lo escrito, uno deje de encontrar esa gracia de que lo creía tocado. Pero, pasajero o no, existe, y quizá uno se pase tardes y tardes ante el ordenador a la espera tan sólo de que vuelva a repetirse.

martes, noviembre 24, 2009

LEOPOLDO PANERO

Comienzo la lectura de Memoria del corazón, la antología de Leopoldo Panero que acaba de publicar Renacimiento, a cargo de José Cereijo. Mientras la voy hojeando, revivo el deslumbramiento que me produjo este poeta cuando lo leí hace años en otra antología, la que publicó Andrés Trapiello en La Veleta. Aquella fue una lectura rápida, hecha en casa de un amigo que tenía el libro. Pero, por eso mismo, dejó una huella intensa e imborrable, la que dejan las cosas cuya impresión primera no se tiene ocasión de borrar. No soy de los que persiguen encarnizadamente los libros, sino de los que toman nota de ellos y esperan pacientemente que les salgan al encuentro. La poesía de Panero ha tardado en llegar, y, ahora que lo hace bajo el envoltorio de esta colección casi juvenil y colorista de Renacimiento, casi me congratulo de que se haya tomado su tiempo.

Cuando leí por vez primera a este poeta, me gustó de él la contención expresiva, la justeza, la precisión de una poesía de la que estaban felizmente ausentes todos los tics y tópicos de las distintas escuelas poéticas que se habían venido sucediendo en la posguerra española. Todo eso lo doy ya por descontado, y lo que aprecio ahora en esta poesía, y quizá no era capaz de apreciar entonces, es la frescura y propiedad de sus imágenes, la emoción que destilan, la inevitabilidad con que se imponen al lector, como se impondrían a un observador las luces y rumores de un atardecer. Y, sobre todo, algo que quizá quienes me conocen no entiendan bien, y que voy a tratar de consignar aquí, siquiera brevemente.

No soy una persona religiosa, mi interés por cualquier cuerpo doctrinal de esa clase desapareció a finales de mi adolescencia y no ha vuelto a renacer en mí. Pero no me considero en absoluto ajeno a la emoción religiosa, a la conmoción humana que puede apreciarse en quienes son capaces de consignar sus experiencias de esta índole y asimilarlas, gracias al valor preciso de las palabras que usan, a otras experiencias humanas de validez universal. Leopoldo Panero logra expresar esta experiencia primigenia, y lo hace con palabras sencillas, referidas casi siempre a la naturaleza inmediata, al paisaje, al orden elemental de las estaciones y los aconteceres naturales. No hay retórica ni impostación doctrinal en esta poesía, como tampoco hay, gracias a Dios, vaguedades panteístas. El Dios de Panero es el Dios antropomorfo de la Biblia, providente y severo. Pero no es el Dios de los beatos, ni el de la teología sofística, ni el de los mezquinos ajustes de cuentas de confesionario. Y por eso, por esa grandeza, su religiosidad es genuinamente poética y humanamente acogedora.

No sé si me he ido por las ramas. He leído y releído, por ejemplo, "El peso del mundo", un romance de mediana extensión (ocho páginas en esta edición), y sentido el deseo de sabérmelo casi de memoria y llevarlo conmigo, porque formulaciones como ésta: "Los años del mundo tienen / pesadumbre de encinar", poseen la fuerza de la cosas vistas y entendidas, interiorizadas y expresadas con ese acierto que trasciende el mero peso de las palabras y eleva lo comunicado a otro orden superior.

Digo yo, que tampoco entiendo mucho de estas cosas.

lunes, noviembre 23, 2009

LO PRINCIPAL



La sensación, a veces, de que, al consignar aquí lecturas, opiniones sobre películas, etc., estoy eludiendo el asunto principal.

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Lectura en A., un pueblecito de mil quinientos habitantes, en el que puedo considerarme afortunado por haber reunido a veinte para la ocasión. Mujeres casi todas, pertenecientes a una de esas benemeritas asociaciones culturales que algo hacen por sacarlas de casa, llevarlas de excursión, animarlas a leer o a asistir a esta clase de reuniones en las que se sienten, a un mismo tiempo, anfitrionas e invitadas de honor. Uno tiene siempre las mismas dudas al respecto: los honorarios, que abona la Junta, son discretos y más bien poco puntuales, por lo que el motivo económico no puede contarse como el principal para aceptar participar en esta clase de actos; tampoco creo que con ellos se ganen lectores, porque no se dan las condiciones que, en el mejor de los casos, moverían a un espectador curioso a acudir a una librería y buscar los libros de uno: a lo sumo, se gana uno la benevolencia del público, que se espera redunde en alguna clase de beneficio general, a muy largo plazo, para la literatura en su conjunto; también duda uno de que su literatura, buena o mala, resulte la más apropiada para actos de proselitismo cultural, en los que quizá darían mejor rendimiento otra clase de agentes: no sé, conferenciantes con gancho, o rapsodas de la vieja escuela, capaces de emocionar al público... Pero, en fin, uno acude porque se siente vagamente querido por el mero hecho de que lo llamen, y piensa que peor sería lo contrario: que no se acordaran para nada de ti.

El caso es que uno se presenta allí, lee sus cosas, anima a las señoras a que le hagan preguntas y confidencias. M.A., que me acompaña casi siempre, y que ya se sabe de memoria el repertorio, me mira con expresión entre irónica y benevolente, porque creo que ella se pone en el lugar de estas mujeres y aprecia el esfuerzo que uno hace por no defraudarlas. Y luego la vuelta, con la vista cansada, las pupilas deslumbradas por los reflejos de la carretera y el corazón vagamente encogido por hallarse a esas horas de la noche en plena sierra, donde Cristo pegó las tres voces. Ya no está uno para estos trotes. O quizá sí, quizá sea esto lo que uno ha cosechado después de haber escrito y publicado una veintena de libros: encontrar alguno en una biblioteca remota, constatar que te han elegido para la ocasión porque tu nombre les "sonaba" en un amplio repertorio, encontrar quizá a algún lector. O eso es lo que me diré la próxima vez que me llamen, para animarme.

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Aurora Bautista. La veo en Pequeñeces, de Juan de Orduña, y en La tía Tula, de Miguel Picazo. Espléndida en las dos, haciendo de mujer cínica y ligera en la primera y de vestal refractaria a los hombres en la otra. Transmitiendo en ambas una especie de sensualidad castiza y antigua, con un cierto matiz entre antihigiénico y desmoralizador, pero, en todo caso, muy efectiva. No sé si esta clase de efectos pueden contarse entre los méritos de una película. Pero la verdad es que a uno siente más a flor de piel las calenturas de Ramiro, el cuñado de Tula, respecto a la susodicha, que la pasión deportiva de Michael Douglas, pongo por caso, por Sharon Stone en Instinto básico. O quizá es que uno se ha criado en la estela de lo primero y todavía no lo ha superado.

viernes, noviembre 20, 2009

INTIMIDADES

Quizá lo que más echa uno en falta en el tratamiento que gobernantes y poderes fácticos dan a ciertos asuntos relacionados con la moral y los comportamientos individuales sea la discreción. Es inevitable. La sociedad de masas ha hecho público lo que hasta ahora pertenecía a la privacidad más recóndita. Y no sólo asuntos, como el del aborto, de reconocida enjundia y complicada casuística, sino también cuestiones absolutamente triviales, como lo son las actuales polémicas sobre si las campañas de información sexual que han elaborado determinados gobiernos regionales deben incluir o no referencias a la masturbación… Los medios de comunicación han secundado gozosamente esas polémicas. No ha habido columnista o comentarista que se haya abstenido de hacer los chistes pertinentes, o de darse los oportunos golpes de pecho, según. Y uno escucha a unos y a otros con cierto pasmo y un creciente sentimiento de intimidad asaltada.

No olvida uno los tiempos en que los ataques a esa intimidad venían de un solo lado: es decir, cuando al adolescente que andaba descubriendo los entresijos de su sexualidad se le aterrorizaba con toda clase de fantasías sobre las posibles consecuencias de sus actos. Por aquel entonces, sobre el onanista en ciernes recaía la amenaza de quedarse ciego, o estéril, o de haberse condenado a las penas del infierno. No es que los afectados hicieran demasiado caso de esas amenazas: hay cosas que vienen dictadas por la naturaleza, y no hay ley ni doctrina que las pueda cambiar. Más que las amenazas en sí, lo que más azoraba y molestaba era tener que oírlas, porque, al no haber posibilidad de arrepentirse sinceramente del pecado, ni disposición para abandonarlo, el sermón resultaba doblemente ofensivo: no sólo por lo amenazador, sino por ventilar un asunto que se quería mantener en el secreto más estricto.

Conserva uno ese celo y ese pudor de entonces, más fuertes que cualquier posición moral o ideológica que uno haya podido adoptar después. Es decir, no tengo ideas absolutas e incontrovertibles sobre qué clase de moral sexual habría de enseñarse a los jóvenes, más allá de aquellos principios básicos que contribuyan a preservar su salud, su libertad y, dentro de lo que cabe –¿me atreveré a decirlo?– su inocencia, a veces demasiado prematuramente expuesta. Pero sí tengo claro que también habría que preservar un espacio para que estas cuestiones, y el sesgo que cada cual les quiera dar, maduren en la intimidad y en la privacidad, y no al socaire de polémicas y campañas mediáticas casi siempre frívolas y superficiales. En una intimidad, por supuesto, abierta a la información. Y en una atmósfera pública donde uno no sintiera que adoptar unos comportamientos u otros significan afiliarse de por vida a la facción que ha hecho de los mismos su bandera, a falta de otras mejores.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 19, 2009

SANGRE CALIENTE

C. me avisa, horrorizada, de que K. ha vuelto a las andadas e intenta cazar un pájaro en el balcón. Le digo que no intervenga, porque más de una vez, al sufrir un sobresalto (por ejemplo, ante el estruendo de la persiana echada), la gata se ha lanzado a los barrotes, con serio riesgo de ir más allá y caer a la calle. Pero luego pienso que en mi actitud hay un elemento de irresponsabilidad, motivado por el deseo, nada inconsciente, de que nuestra gata se porte como lo que realmente es, un felino con instintos de cazador, y experimente de nuevo la descarga de adrenalina correspondiente a una presa lograda. Alguno dirá que a mí qué me va en esto. Yo también me lo pregunto. Para la gata, como para mí, seguramente ya no hay vida más allá de sus rutinas establecidas: su dormitar a mis pies, a la hora de la siesta, su deambular por los distintos descansaderos que se ha ido procurando en la casa, sus carreras nocturnas en pos de una quimera. Que alguna vez una de esas quimeras cobre alas y tenga sangre caliente no deja de ser, incluso para los instintos bien afinados de la gata, una extraña sorpresa.

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Ante la caída imparable de nivel de los canales de televisión en los que habitualmente me abastezco de películas, me proporciona una cierta alegría volver a ver un clásico menor tan previsible como La costilla de Adán, de George Cukor. Irritante, sí, por su feminismo timorato y trasnochado, y que ya anunciaba los tópicos de la corrección política por venir. Pero con unos cuantos momentos de buen cine: toda la secuencia muda inicial, por ejemplo, en la que una ama de casa deambula por la ciudad en busca del marido adúltero, lo encuentra en un apartamento con una pelandusca y dispara contra ellos. O el sinfín de pequeños detalles sobre la intimidad matrimonial, no tan explícitos, en fin, como los que se muestran en las escenas correspondientes de Eyes Wide Shut, pero mucho más certeros. Mudos, también, casi todos ellos, como corresponde al verdadero cine, que es el que deja hablar a las imágenes. Lo que, dicho respecto a una de las muy palabreras películas de Cukor, hasta puede resultar extraño.

miércoles, noviembre 18, 2009

ESTIÉRCOL

Reconozco que las primeras cien páginas de La prisionera, la quinta entrega de En busca del tiempo perdido, han puesto a prueba mi paciencia: un prolijo tratado sobre los celos, sin apenas materia narrativa propiamente dicha, y en el que no faltan ninguno de los trucos que pueden sacarse a colación para alargar un texto cuando no hay de qué. Sin embargo, quizá la maestría de Proust consista en ponernos a prueba de esa manera, para, acto seguido, seducirnos con otras cien páginas llenas de vida, en las que no parece haber palabra que no responda a una observación acertadísima. De este tenor son las que dan cuenta de la enésima velada en casa de los Verdurin, en la que éstos presentan en sociedad a cierto violinista del que anda encaprichado el barón de Charlus, y con el que los anfitriones pretenden enemistar a este último, merced a una intriga de salón que, a estas alturas de mi lectura, aún no se ha resuelto... Y este delicioso tranche de vie me ha conducido nada menos que lo que parecía ya el colmo de la falta de recursos: la prolija crónica de una audición musical, en la que el narrador daba cuenta del estreno de una pieza de Vinteuil, el músico prototípico de À la recherche... Para que esa pieza fuera rescatada del olvido, nos dice, ha hecho falta la confluencia de diversos comportamientos condenados por la sociedad: la pasión del barón por el violinista, que le ha llevado a patrocinar esta velada en casa ajena, y la de la señorita Vinteuil, hija del músico, por una innominada amiga, que, merced a su proximidad non sancta a esta familia, ha rescatado y transcrito el borrador... Datos que sitúan al autor en el disparadero para iniciar uno de los fragmentos más brillantes y malévolos de su magna obra. En fin. No salgo de mi asombro. Y es que esto de examinar mis reacciones de lector no es, en absoluto, el menor de los placeres derivados de esta lectura.

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Guardo una caja de galletas en mi taquilla, para reponer fuerzas en los desfallecimientos momentáneos acaecidos a lo largo de la mañana laboral. Las ofrezco a todos los que me ven tomarlas, e incluso hago un amago de colocarlas donde todos puedan servirse de ellas. "Ni se te ocurra -me dicen-. Aquí todos guardan cosas de comer en sus taquillas".

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La música es maravillosa, sí. Pero la materia de que está hecha es esta monótona sucesión de notas inarmónicas que llegan ahora a mis oídos, emitidas por un torpe aprendiz que ensaya sus primeras lecciones. Lo otro, la música verdadera, es a estos sonidos lo que la flor al estiércol del que ha habido que hacer abundante provisión para alimentarla.

martes, noviembre 17, 2009

EXCESOS

A lo largo de los años, uno ha aprendido a asociar el malestar de los lunes -y su temible prólogo, la angustiosa tarde del domingo- a un sinfín de causas, digamos, ajenas al mero azar del calendario: a los posibles excesos y descuadres horarios cometidos a lo largo del fin de semana, a la larga digestión del más o menos copioso almuerzo dominical, a la mera aversión al trabajo, a la ansiedad acumulada ante la cuota de insatisfacción derivada de las expectativas no cumplidas... Sin embargo, me encuentro ahora en disposición -y no lo quiero decir muy alto- de declarar superados muchos de esos factores. Apenas hay excesos de los que arrepentirme, ni expectativas que no pueda dar por cumplidas tras un fin de semana bien administrado. Ni siquiera la inminencia del trabajo me angustia. Y, sin embargo, el malestar persiste, e incluso va en aumento. Lo que sólo puedo atribuir a dos razones: a) todo lo anterior, cuando tenía efecto, ha dejado en uno un poso indeleble, imposible de contrarrestar, y b) el malestar no tiene nada que ver con todo eso, y es más bien una mera recurrencia cíclica del desánimo, necesaria para que uno pueda calibrar adecuadamente el estado de ánimo opuesto.

Lo malo es que, en una de éstas, decide uno no levantarse más de la cama, y a ver quién viene a convencerlo de lo contrario.

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K. tomando el sol en el hueco que queda entre la reja del balcón y la puerta cristalera de aluminio con que éste se cierra. Cómo envidia uno esa capacidad de adaptación de los gatos, su habilidad para convertir cualquier recoveco en el refugio perfecto.

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Algunas películas vistas últimamente: La ruta del tabaco (Tobacco Road), de John Ford, y La pequeña tierra de Dios (God's Little Acre), de Anthony Mann, en un pequeño ciclo que nos hemos hecho, dedicado a adaptaciones cinematográficas de novelas de Erskine Caldwell. Dos historias de desnortados, pertenecientes a esa irredimible basura blanca que tantos argumentos ha proporcionado a la literatura y el cine norteamericanos. La de Mann, supongo que por la intervención del guionista Philip Yordan, da un sorprendente giro hacia la metáfora social, a través de la figura de un desempleado que, en plena borrachera, se empeña en reabrir la fábrica clausurada y muere a manos del vigilante de la misma. La de Ford hecha casi con los mismos mimbres, termina en una conmovedora apología de la caridad, unida a una declaración explícita sobre la inutilidad de sus efectos, pues la limosna con la que el terrateniente de turno impide en el último momento que los ancianos protagonistas sean desahuciados de sus tierras sabemos que no redundará en que éstos por fin tomen las riendas de sus vidas y se decidan a plantar la siempre demorada cosecha (como tampoco lo hace, en fin, el padre del personaje antes aludido en la película de Mann). Las dos películas también tienen en común un fuerte ingrediente erótico, no del todo inesperado en una de Mann (el papel de imán de hombres asignado a la bellísima actriz Tina Louise tiene cierto parentesco con los de algunas de las dueñas de saloon que aparecen en sus westerns), pero sí bastante sorprendente en Ford, en cuyas películas difícilmente espera uno encontrar a esa especie de musa agreste que interpreta Gene Tierney en Tobacco Road. Merece la pena contrastar el talante de ambos directores; y, sobre todo, una vez constatado que la de Mann es una excelente película, ver como la de Ford se eleva casi a las cimas de lo inefable, con una delicadeza y una especie de poesía involuntaria que parecen más de Ozu que de un cineasta de Hollywood.

Hablábamos antes de excesos. Quizá éste haya sido el del pasado fin de semana. Y todavía no se ha recuperado uno de la resaca.

lunes, noviembre 16, 2009

CLÁSICOS

J.A.M. nos ha entregado ya el cuadro que teníamos apalabrado: una especie de plano corto de un arroyo, tomado casi a ras de agua, en un tramo poco profundo del curso del mismo en el que éste se descompone entre piedras grandes, verdinosas y redondeadas por efecto de la erosión. Al fondo, alimentado por una pequeña cascada, puede verse el límpido remanso del que rebosan las aguas amansadas que vemos correr en primer término. No hay nada firme, nada concreto en este mundo de aguas en movimiento, donde incluso los elementos sólidos -los grandes cantos rodados, por ejemplo- se difuminan en una miríada de reflejos. De madrugada, cuando todos se han dormido ya, miro el cuadro. Las piedras en primer plano parecen sobresalir, y el lienzo gana en hondura. Casi me parece oír el rumor del agua. Y me quedo dormido yo también, bajo su efecto.

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Subida al Parral, el monte que domina el pueblo, rematado por una antena y una cruz: más aparatosa y visible, todo hay que decirlo, la primera que la segunda. Mientras ascendemos, la necesidad de llevar la vista clavada en el suelo, buscando dónde asentar el paso, hace que apenas miremos más allá, hacia el mundo que hemos dejado abajo. Un revuelo inesperado de mugidos nos hace reparar en una alquería que tenemos justo a nuestros pies, en la que están separando a los terneros de sus madres. Son éstas las que protestan de un modo tan aparatoso como comprensible. Más allá, en la carretera, vemos la ambulancia cuya sirena oí desde casa minutos antes. Está parada junto al arcén, en el que puede verse una moto caída. Todo queda lejano, como empequeñecido. Y uno se quedaría muy de buena gana con esta perspectiva de las cosas, si no fuera porque un vientecillo insidioso amenaza con arrebatarme las gafas, y me hace consciente de la precariedad de mi posición y de la posibilidad de vértigo, indicios innegables de que mi lugar no es éste.

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Hay artistas que, por querer ser clásicos, no pasan de ser... antiguos. Y, viceversa, artífices modestamente anticuados que, por no tener apenas pretensiones de nada más, alcanzan a veces esa mirada serena que define a los clásicos. Digo yo (lo he dicho, de hecho, en una larga sobremesa, no recuerdo a santo de qué).

sábado, noviembre 14, 2009

NECROLÓGICAS

A ver cómo hilo este artículo sin parecer irrespetuoso… La semana pasada, recién concluido el puente de Todos los Santos, hubo una especie de aglomeración de difuntos ilustres en las páginas de decesos de los periódicos. Parecían haber aprovechado la fecha para pasar lo más discretamente posible de un mundo a otro, y el caso es que casi lo consiguen, porque el espacio que los periódicos dedican a estas cosas es escaso, y la agenda de los encargados de representar a la ciudadanía en los homenajes respectivos suele estar muy cargada. Murió el escritor Francisco Ayala, que, a su condición de último representante vivo de la Generación del 27, título ya de por sí lo suficientemente glorioso como para merecer la atención pública, unía desde hace tres años la notoriedad casual de haber llegado a centenario, logro que habitualmente se asocia a curtidas viejecitas del Cáucaso o a pescadores del lago Titicaca, y no a intelectuales a quienes, por mor del oficio, no se les suele atribuir unos hábitos de vida demasiado sanos. Al día siguiente se le unía en las puertas del Purgatorio –no quiere uno ser tan poco piadoso que no les atribuya a los dos difuntos algunos humanísimos pecados que purgar– el actor José Luis López Vázquez, que era bajito y feo y, al menos en sus caracterizaciones, vestía siempre de negro. Quienes entienden de estas cosas dicen que ese actor encarnó como nadie el tipo del español medio: histérico, acosado por contrariedades menores, mojigato y, al mismo tiempio, aquejado de sempiterna satiriasis… Yo no sé si los españoles hemos sido alguna vez así: posiblemente nuestra propensión a identificarnos con ese arquetipo se deba más a un exceso de autoconmiseración que a una consideración objetiva de nuestras virtudes y defectos… Y murió también, para que la página necrológica alcanzara un punto de sofisticación, el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Alguno se preguntará a santo de qué traigo a colación a este extranjero junto a dos muertos tan genuinamente nacionales. Pero, si la muerte de este hombre no hubiera quedado ensombrecida por la de esos otros, no me cabe la menor duda de que hubiéramos asistido en los periódicos patrios a una pequeña aglomeración de hombres influyentes que se hubieran declarado discípulos del difunto, aunque no fuera más que porque suele citársele entre quienes influyeron en el Mayo francés, aquella verbena político-festiva de la que tantas cosas buenas y malas del mundo moderno parecen derivar.

Dicen que el príncipe heredero acudió en una misma mañana a las capillas ardientes de los dos compatriotas fallecidos. Algún columnista habló de “semana negra” de la cultura española... No hubo tal: murieron dos (tres) hombres mayores, que habían dejado su obra hecha. Es más de lo que muchos podrán decir cuando les llegue el día.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, noviembre 13, 2009

ÍTACA

Como preveía, el viaje se ajustó a la misma rutina que años anteriores. Las rutinas son la verdadera patria de uno, y uno las lleva consigo a todas partes, para no sentirse perdido. Primero, la cena ritual con los amigos que allí nos congregamos; para colmo, servida por la misma camarera jacarandosa y un sí es no es maternal del año pasado, con lo que las bromas y comentarios que intercambiamos con ella parecieron una prolongación de las cruzadas entonces. Incluso juraría que pedimos los mismos platos: las almejas a la sartén, los exquisitos callos, los solomillos, el tartar (que aquí llaman hamburguesa, sin serlo) de bonito... Luego tomamos una copa en el bar de siempre, y tuvimos un recuerdo piadoso para un loco que se nos acercó el año pasado y se mezcló en nuestra conversación... Al día siguiente, el mismo malestar, que ya no era resaca (uno ha aprendido a moderarse), pero sí una especie de cansancio entre afable y escéptico, que se debía más a las horas pasadas el día anterior en aviones y aeropuertos y a la noche en cama extraña que a la modesta juerga propiamente dicha. Con esa sensación, muy apropiada para ver las cosas con el distanciamiento debido, hicimos lo que habíamos venido a hacer allí (fallar unos premios literarios, comparecer en la correspondiente rueda de prensa, almorzar con los anfitriones (que excusaron su asistencia, con lo que nos dejaron solos a los escritores y a las amables funcionarias que organizan este cotarro).

Finalmente, cuando todos, aprovechando la posibilidad de acogerse a combinaciones más favorables que la mía, se hubieron marchado, me quedé solo en el hotel. Descanso un rato y me voy a la filmoteca local, donde veo El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, una película que se deja ver más por el encanto de los actores argentinos y la gracia del registro irónico que predomina en los diálogos que por lo logrado de la historia, con una trama policíaca plagada de inverosimilitudes. Pero uno no había ido al cine a ejercer de crítico, sino a pasar el rato... Antes (casi se me olvidaba, de puro darlo por supuesto) había hecho la visita de rigor a la única librería de viejo que conozco en esta ciudad, donde estrecho la mano del librero y rebusco entre sus cosas, hasta encontrar un libro japonés para M.A., otro de César Simón para mí, y un par de películas: La hierba errante, de Ozu, y La ruta del tabaco, de John Ford. De buena gana me hubiera llevado la docena aproximada de películas que había sobre la mesa, y entre las que vi otras tres o cuatro de Ozu y algunas joyas selectas de la edad de oro hollywoodense, como Medianoche, de Mitchell Leitsen. Le pregunto al librero, un tanto imprudentemente, sobre el cinéfilo arruinado que le ha llevado todas esas joyas, y me confiesa que son suyas, y que las está vendiendo poco a poco... Ceno un par de pinchos en una barra y me vuelvo al hotel, donde caigo rendido en cuanto me meto en la cama.

Naturalmente, uno quisiera poder contar otras cosas: que se vio envuelto en un inesperado lance erótico, que mantuvo conversaciones trascendentales con otros escritores (las nuestras, gracias a Dios, no sobrepasaron el nivel de la amabilidad risueña), o recibió revelaciones decisivas en algún tugurio. Pero no. Ya lo decía Cavafis: las únicas Ítacas a las que uno es capaz de llegar son las que uno lleva consigo. Bueno.

martes, noviembre 10, 2009

REENCUENTROS

Repaso los estantes de poesía con la intención de revisar algunos libros en los que hace tiempo que no reparo, o de los que apenas recuerdo nada, y no necesariamente porque no contengan nada memorable, sino, simplemente, porque mi memoria no es infinita, o porque algunas impresiones de lectura cuentan con asideros mentales más endebles que otras, y duran menos, o porque cada libro requiere su ocasión, y es posible que alguno de éstos no la tuviera, etc. Hojeo muchos de esos libros, y de algunos (re)leo varios poemas... Y lo curioso es que en todos encuentro algo valioso, lo que me infunde cierta tranquilidad respecto al instinto que me llevó a guardarlos, digamos, en mis estanterías de primera línea, y no relegarlos a los altillos o, simplemente, deshacerme de ellos (cosa, en fin, que casi nunca hago).

Anoto aquí algunos: Ventanas sobre el bosque, de Antonio Jiménez Millán; Lo que vale una vida, de Rafael Juárez; Raro, de Lorenzo Martín del Burgo; La guerra de los treinta años, de Ángeles Mora; El libro del santo lapicero, de Carlos Morales; La edad difícil, de Juan Peña; Demolición del arcoiris, de Ángel Petisme; Esplendor, de Vicente Tortajada... Algunos de esos libros lucen la dedicatoria manuscrita que en su día me hizo el autor, en ocasiones que el tiempo ha desdibujado, como ha hecho con algunos rostros y voces. Con algunas excepciones: la que me garrapateó, con letra muy temblorosa, el ya desaparecido Vicente Tortajada, en una tarde sevillana de 1994; o la de Antonio Jiménez Millán, redactada en Cádiz, posiblemente en mi casa, hace veinte años. Hojear estos libros ha sido como encontrar a viejos conocidos que despiertan en uno un recuerdo grato, una brasa de amistad que, si se soplara un poco sobre ella, podría avivarse. Naturalmente, mi intención al redactar este apunte no es reintegrar esos libros a mi canon literario particular, en el caso de que lo tuviese, ni calibrar su valía de cara a una posible posteridad, que yo tampoco conoceré. Pero sí son, de momento, como todo lo olvidado y vuelto a recordar, una parte preciada de la memoria de uno. Bienvenidos a casa.

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Santander. Como todos los años, un súbito empeoramiento del tiempo precede este viaje. Veo en televisión las imágenes de siempre, que parecen repetirse un año y otro: lluvia, calles encharcadas, olas sobrepasando la balaustrada del paseo marítimo. Las mismas dudas de siempre respecto a qué ropa llevar (hasta anteayer, como quien dice, hemos ido vestidos de verano), el mismo cansancio anticipado ante las muy deficientes comunicaciones entre mi ciudad y el resto de la península, que me obligarán a emplear todo un día en un viaje que a otros apenas llevará unas horas... Pero aquí estoy, con el ánimo bien predispuesto, y una especie de recuerdo anticipado de todo aquello que mi afición a la rutina me tiene reservado, también aquí.

lunes, noviembre 09, 2009

DE LA PERCEPCIÓN

Sueños encadenados, quizá causados por una digestión pesada. Sueño que almuerzo con Ortega y Gasset. Y, lo que es peor: que soy compañero suyo de facultad (del Departamento de Filosofía, por más señas) y que, entre mis alumnos, tengo a dos sobrinas suyas, una de las cuales, muy guapa, comparte mesa con nosotros. A mis alumnos les estoy haciendo leer cierto Tratado de la percepción (¿?), del maestro, algunos de cuyos párrafos, incoherentemente, irrumpen también en el sueño.

Antes, o quizá después, sueño que voy a dar una conferencia en un cine. Me lleva allí, por una solitaria calle flanqueada de tapias, una muchacha muy joven, de facciones orientales, que en un momento dado me acorrala contra una de las tapias y me besa.

Definitivamente debo cenar menos.

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Sobrellevo ya sin agobios ni angustias mis cuarenta y cinco minutos de natación, tres veces por semana. La primera vez creí enfermar. Ya no. Lo que, paradójicamente, ha hecho que la monitora sea más dura ahora conmigo. "¿Para qué tienes piernas? Te las voy a cortar", me grita desde el borde de la piscina, y su vozarrón retumba en la bóveda del pabellón cubierto. "¿Y tú? ¿Por qué no te metes en el agua y nadas un poquito, para que te veamos?", le dice con sorna otro alumno (yo no me hubiera atrevido). "Si me metiera en el agua -responde ella, despectiva-, sería para nadar a mi aire, sin preocuparme de nada" (de vosotros, quiere decir). La entiendo. Quizá el mayor atractivo de este deporte sea su individualismo extremo. Una vez metida la cabeza dentro del agua, lo único que importa es avanzar y respirar. Cualquier otra preocupación o consideración desaparece.

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Releo algunos de los libros de poesía que he recibido en los últimos meses, y a los que ahora me he decidido a buscarles un hueco en mis estanterías. Este Color carne de Erika Martínez, por ejemplo, sensual y cotidiano como las medias de ese color que encuentra uno en la cesta de la ropa cuando convive con una mujer. O Juguetes de Dios, de mi paisana Rosario Troncoso, que ella me dice que es un libro casi improvisado con textos de aquí y de allá, pero que, por eso mismo, a mí me parece el más sereno y maduro de sus libros, y el que apunta más alto... Caigo en la cuenta ahora de que casi todos los libros de poesía que he leído en las últimas semanas están escritos por mujeres: Olga Bernad, Belén Núñez. Sin que, hasta este momento en que les hago sitio en mis estantes, se me haya ocurrido ninguna generalización al respecto, como bien podía haberme ocurrido hace veinte o veinticinco años cuando leía a las poetas reunidas en antologías como la que se llamó Las diosas blancas... Es decir, que esta proliferación de nombres femeninos no me resulta un fenómeno extraordinario, ni encuentro ninguna necesidad de buscarles rasgos comunes a todos estos libros. Es un signo de normalización, qué duda cabe. Y quizá más valdría que me hubiera callado, no vaya a ser que a algún articulista sin asunto le dé ahora por escribir un texto reivindicando esta nueva floración, que no es tal, sino mera afluencia de individualidades maduras. Como debe ser. Digo yo.

viernes, noviembre 06, 2009

JÁLOGÜIN

Pasó el puente de Todos los Santos sin más sobresaltos, en fin, pese a los muchos fiestorros adolescentes convocados aquí y allá, que las aburridas polémicas sobre la infiltración de costumbres foráneas –léase Hallowe’en– en el imaginario patrio. Se ha llegado a decir que la importada fiesta norteamericana tiene un fondo demoníaco; como si en nuestra cultura todo lo aparejado a la celebración del Día de los Difuntos se redujera a poner flores en las tumbas de los seres queridos y a pasear plácidamente nuestras melancolías otoñales por los cementerios.

No es ése el caso. Todavía recuerdo el miedo que me daba, de niño, la escena en que el fantasma del comendador de Ulloa acude a la cena a la que lo ha invitado don Juan Tenorio, cuando el célebre drama se emitía en televisión por estas fechas. Y el escalofrío que me produjo la lectura de “El monte de las ánimas”, el terrorífico cuento que Gustavo Adolfo Bécquer situó en la noche de Difuntos. Por no hablar, en fin, del estremecimiento que aún me produce el bárbaro ritual gaditano de disfrazar de personajes de actualidad los cuerpos de los pobres animales cuya carne se vende en la Plaza de Abastos; la perplejidad, en fin, que causa ver a un cerdo disfrazado de guardia, o a un pollo vestido de futbolista... Nada de esto es demoníaco, como tampoco lo son los disfraces de trasgos, brujas y monstruos que visten nuestros adolescentes en la fatídica noche en que remedan los comportamientos de sus coetáneos de allende el océano. Pero sí que resulta, más lo nuestro que lo de ellos, ligeramente afín a ciertos instintos atávicos: el regodeo en la muerte como celebración inversa de la vida; y el disfrute, a las puertas del invierno, de los generosos frutos que nos ha proporcionado el otoño, que no sólo es la estación de los poetas, sino también la de las vendimias y matanzas.

Todo eso hemos celebrado, a sabiendas o no, en esta oportuna festividad. Unos, al modo tradicional –quien esto escribe asistió a una representación del Tenorio, ha comido castañas y huesos de santo y ha tenido un recuerdo para sus muertos–; otros, al estrafalario modo importado del país de Disneylandia. No importa. Dentro de algunos años, lo que quede de esta moda será tan indistinguible de las tradiciones propias como lo es ya el árbol de navidad del portal de Belén. No hay que revestirse de celo patriótico. A las patrias de hoy les queda tan poco que reivindicar como propio y exclusivo, que acaban por declararse defensoras de cosas que, en muchos casos, son anteriores a ellas, y sobre las que nunca han tenido jurisdicción. Por ejemplo, el temor a la muerte y al más allá. O el urgente deseo de celebrar, entre tanto recuerdo ominoso, que nosotros estamos vivitos y coleando. Y vengan castañas y tenorios, e incluso calabazas huecas si hace falta, para proclamarlo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 05, 2009

LA ETERNA JUVENTUD

Buen cine bélico, más allá de los viejos clásicos en blanco y negro de los 40 y 50: Patton. La desmesura y megalomanía de Coppola -en los créditos, el nombre de éste, que aquí hace de guionista, ocupa más espacio que el del director, Franklin J. Schaffner- al servicio de un personaje que, como los de El padrino o Apocalypse Now, resulta, a todos los efectos, bigger than life. Y, sin embargo, la guerra, que este personaje sólo percibe en función de sus ideales y fantasías, se hace presente en toda su riqueza de dimensiones: sórdida y violenta -como cuando, en una de las primeras escenas, asistimos al expolio de los muertos en combate por parte de una pandilla de saqueadores, entre ellos mujeres y niños-, a la vez que estilizada y heroica a ratos, aunque sin ocultarle jamás al espectador que el heroísmo puede tratarse de una excusa o un malentendido, o incluso de un error de perspectiva... A mí me pone los vellos de punta, y el discurso inicial del general, con una enorme bandera norteamericana de fondo, me resulta una de las escenas más impresionantes del cine más o menos contemporáneo -contemporáneo de quien esto escribe, quiero decir, que ya tiene algunos añitos-.

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El caso Ayala. Un escritor que ofrece pocos asideros para la admiración popular; y que, en su escala, posiblemente terminará encontrando sus verdaderos lectores entre quienes rastrean la letra pequeña de las historias de la literatura; es decir, entre quienes, por mera pereza de asentir a lo que ya todo el mundo sabe y dice de otros nombres más conocidos y leídos, preferirán disfrutar de las bellezas ocultas de un escritor menor... Lo demás, mucho me temo, es pura parafernalia oportunista, más debida a la casualidad de que el venerable anciano llegara a centenario y los políticos encontraran en ello una excusa para fotografiarse junto a él. Ahora acuden a su entierro, y hasta asoman alguna lagrimilla de cocodrilo. Y cómo se reirá el viejo de todos ellos, ya en el otro mundo.

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Primeros fríos. Este eterno verano pesaba ya tanto como debe pesarles a los bienaventurados, piensa uno, la eterna juventud.

miércoles, noviembre 04, 2009

BATALLITAS

Encuentro en un poema de Vicente García, incluido en su libro Ahora, una referencia a un juego o pasatiempo al que dediqué muchas horas en mi infancia, y sobre el que nunca antes había encontrado ninguna alusión escrita: los dibujos de batallas. Sobre un trozo de papel disponía uno los ejércitos, a los que iba dotando cada vez mejor según iba aumentando la destreza de uno para dibujar armas, vehículos y aviones. A ese respecto, recuerdo que llegué a dibujar bastante bien los jeeps y tanques de la Segunda Guerra Mundial, así como los biplanos de la Primera... Los ejércitos cruzaban disparos, naturalmente, cuya trayectoria dibujaba uno también sobre el papel, como lo hacen en la realidad esas balas que llaman trazadoras. Dibujaba uno las explosiones, y también los heridos y los muertos. Lo normal era que aquellos dibujos, como ciertas batallas famosas, terminaran por extenuación: se le agotaba a uno la inventiva y el repertorio, y en el papel no quedaba espacio para dibujar nada más. Si uno quería prolongar la división, no cabía otro remedio que irse con la guerra a otra parte... a otro papel, quiero decir.

En el poema de V.G. (que se llama, por cierto, "Los dibujos") el autor sugiere que escribir poemas ha sido, en su caso, una derivación natural de ese juego o pasatiempo. Nunca se me había ocurrido, pero creo que tiene razón. Un mismo modo de instalarse en la irrealidad; o, mejor dicho, en un espacio gobernado por una lógica que depende exclusivamente de uno, de las reglas que uno le quiera proporcionar, y que se apoya en el dominio de unas cuantas habilidades aprendidas -en mi caso, mi habilidad de entonces para dibujar tanques, jeeps, aviones-. Sigue uno dibujando batallitas; sólo que en otro ámbito, y de otra manera.

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Para batallitas de las otras, Malditos bastardos, la última película de Tarantino. Un bodrio, construido con muy buenos materiales -buenos diálogos, buena ambientación, y toda una batería de alusiones y citas cinematográficas, capaz de satisfacer el paladar más ávido de esa clase de juegos; pero un bodrio, de todas maneras; y no sólo porque el uso de la violencia va incluso más allá de la estética de tebeo que llegamos a aceptarle en Pulp Fiction, por ejemplo; sino porque viola la única regla que una película sobre una guerra ampliamente conocida no puede violar: el ajustarse al marco histórico básico en el que se insertan los hechos. A Hitler y a su plana mayor no los mataron los aliados en una operación de comando. En una película cabe incluso especular sobre esa posibilidad (recuérdese la reciente Valkiria, por ejemplo, en la que asistimos a una emocionante reconstrucción del único intento de matar a Hitler que estuvo a punto de lograr su propósito), pero no alterar su desenlace, porque eso alteraría el marco básico que da sentido a todo lo que sabemos del conflicto. Un simple esfuerzo de contención le hubiera proporcionada a Tarantino un buen argumento, muy a tono con el tipo de películas que pretende reivindicar (Los violentos de Kelly o Los doce del Patíbulo). Le ha podido la desmesura, como a otros (léase Terrence Malick, del que hace poco volví a ver La delgada línea roja) les puede la afectación y la pedantería. Una pena.

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Estos ajustes de cuentas con la realidad, ¿no son también batallitas?

martes, noviembre 03, 2009

TENORIO

Como C. no había visto el Tenorio, asistimos con ella el jueves pasado a una representación de esa obra, a cargo de un grupo sevillano. Ni que decir tiene que me emocionó; en gran medida, creo, porque la eficacia dramática de la obra sobrepasa holgadamente el amplio catálogo de inconvenientes que el tiempo, los azares críticos y la malicia moderna han acumulado contra ella.

Efectivamente, no podemos compartir, por burdo, el mensaje trentino respecto a la validez del arrepentimiento in extremis, que ni puede reparar el daño causado ni aliviar el dolor de las víctimas; seguramente ni el cínico Zorrilla creía en eso. Un oído literario medianamente formado también podría impacientarse con la machacona ramplonería del texto. Y, finalmente, es muy posible que queden ya pocos espectadores capaces de disfrutar de una obra como ésta en situación de "inocencia"; es decir, sin tener noticia de las múltiples teorías que circulan respecto al carácter de Don Juan, su presunta homosexualidad reprimida y sublimada, su conflicto con el padre, etc. Pasa con el Tenorio lo mismo que con la Canción del pirata de Espronceda: intuimos que nuestra percepción y disfrute de la pieza sería mejor si pudiéramos limpiar mente y oídos del peso de conocerla demasiado bien, de haberla visto u oído demasiadas veces, de habernos incapacitado para ponderar la valía de sus componentes específicos por una excesiva familiaridad con el conjunto. Y, sin embargo...

Sin embargo, sobre el escenario el Tenorio resulta enormemente eficaz. La escena primera, en la sevillana Hostería del Laurel, es uno de los mejores retratos de la fanfarronería juvenil, irresponsable y vitalista, que se han escrito nunca: comparable, quizá, a algunas de las escenas intersticiales de Romeo y Julieta, que desprenden la misma urgencia vital, un mismo coqueteo con la perdición y el peligro como alicientes máximos de toda experiencia que merezca vivirse. Los adolescentes -Don Juan lo es, pese a que no se le suela caracterizar como tal- son y sienten así. También son conmovedores los monólogos de doña Inés: el eterno autoengaño por el que las urgencias del cuerpo se interpretan como aspiraciones del alma, o se llega a la conclusión de que unas y otras son la misma cosa.

Pero más me emocionaron, en clave estrictamente contemporánea, las pocas, pero certeras, pinceladas de ambiente que denotan que el dramaturgo, pese a la aparatosidad y aparente ligereza de su empeño, trabajaba su materia con sensibilidad de verdadero poeta. Por ejemplo, la súbita mención de los olivares circundantes en la escena de seducción, que transcurre en la quinta que don Juan posee en las afueras de Sevilla, junto al río: son los olivos del Aljarafe sevillano, como las cañas y olores evocados son los del propio río.

En fin. Salí complacido y emocionado. Y me gustó que, entre el público que llenaba el teatro, hubiera muchos jóvenes que, dos días después, seguramente participarían ruidosamente en los rituales importados de Hallowe'en, que tanto escandalizan a los puristas. No hay una clara solución de continuidad entre esa fiesta de disfraces centrada en brujas y trasgos y la dimensión tétrica y fantasmal de esta obra que, al fin y al cabo, habla de aparecidos y de muertos que hablan. No hay tradición que, para subsistir, no haya de corromperse. Y a la vista de las ruidosas corrupciones que ésta del Día de Difuntos anda experimentando, uno diría que parece más viva que nunca.