Le ha ido uno tomando cariño a U., el pueblo grande más cercano a éste en el que pasamos nuestros días de vacación. Al principio bajábamos a U. por razones exclusivamente utilitarias: para comprar todo aquello que no encontrábamos aquí. Eran visitas un poco accidentadas, que nos obligaban a circular con el coche por calles normalmente muy congestionadas, y a perder mucho tiempo en buscar aparcamiento. Luego, los ires y venires de la plaza de abastos al supermercado, de éste a la ferretería, de la ferretería al quiosco de prensa. Volvíamos de esas salidas agotados, estresados, y con el propósito firme de no repetirlas en semanas, si nos era posible. Pero poco a poco, ya digo, he empezado a tomarle cariño a este poblacho grande y un sí es no es destartalado, pero muy laborioso y serio para sus cosas. También, en los años que llevamos frecuentándolo, hemos descubierto su casco antiguo, que es uno de los caseríos más bellos de la Sierra, y que, frente a la zona comercial, respira una calma y un recogimiento que ya quisieran para sí muchos lugares que presumen de bucolismo y encanto rural. Pero no se trata de prestigiar unas cosas a costa de otras, como tampoco se trata de andar haciendo particiones para elegir el bocado mejor. A eso iba: en estos días lluviosos, incluso la parte comercial, ruidosa y caótica, se ha revestido de una especie de serenidad propia de otras latitudes. Siempre sorprende un poco ese viraje a la gama del gris que experimentan estos pueblos predominantemente blancos en cuanto el día se oscurece, las paredes se mojan y las calles se llenan de paraguas. La mezcla de la limpieza de líneas sureña y de esa súbita atmósfera nórdica impostada da como resultado algo parecido al ambiente y la gama de formas y colores que pueden apreciarse, por ejemplo, en un puerto del Cantábrico. Sorprende este espejismo marítimo en medio de la Sierra. Y no le extrañaría a uno, en medio de estas pulcras tiendas de ropa, de estos talleres de marroquinería, de estos bien abastecidos bazares gestionados por chinos, encontrar, por ejemplo, una tienda de efectos navales. Y comprar en ella una de esas panoplias de nudos marineros que algunos ponen en el salón de sus casas, para satisfacer no se qué nostalgia de grandes veleros, de vendavales, de espacios abiertos.
Imagen: La greera, óleo sobre lienzo de José Antonio Martel Guerrero.
















