jueves, diciembre 31, 2009

UN ESPEJISMO

Le ha ido uno tomando cariño a U., el pueblo grande más cercano a éste en el que pasamos nuestros días de vacación. Al principio bajábamos a U. por razones exclusivamente utilitarias: para comprar todo aquello que no encontrábamos aquí. Eran visitas un poco accidentadas, que nos obligaban a circular con el coche por calles normalmente muy congestionadas, y a perder mucho tiempo en buscar aparcamiento. Luego, los ires y venires de la plaza de abastos al supermercado, de éste a la ferretería, de la ferretería al quiosco de prensa. Volvíamos de esas salidas agotados, estresados, y con el propósito firme de no repetirlas en semanas, si nos era posible. Pero poco a poco, ya digo, he empezado a tomarle cariño a este poblacho grande y un sí es no es destartalado, pero muy laborioso y serio para sus cosas. También, en los años que llevamos frecuentándolo, hemos descubierto su casco antiguo, que es uno de los caseríos más bellos de la Sierra, y que, frente a la zona comercial, respira una calma y un recogimiento que ya quisieran para sí muchos lugares que presumen de bucolismo y encanto rural.

Pero no se trata de prestigiar unas cosas a costa de otras, como tampoco se trata de andar haciendo particiones para elegir el bocado mejor. A eso iba: en estos días lluviosos, incluso la parte comercial, ruidosa y caótica, se ha revestido de una especie de serenidad propia de otras latitudes. Siempre sorprende un poco ese viraje a la gama del gris que experimentan estos pueblos predominantemente blancos en cuanto el día se oscurece, las paredes se mojan y las calles se llenan de paraguas. La mezcla de la limpieza de líneas sureña y de esa súbita atmósfera nórdica impostada da como resultado algo parecido al ambiente y la gama de formas y colores que pueden apreciarse, por ejemplo, en un puerto del Cantábrico. Sorprende este espejismo marítimo en medio de la Sierra. Y no le extrañaría a uno, en medio de estas pulcras tiendas de ropa, de estos talleres de marroquinería, de estos bien abastecidos bazares gestionados por chinos, encontrar, por ejemplo, una tienda de efectos navales. Y comprar en ella una de esas panoplias de nudos marineros que algunos ponen en el salón de sus casas, para satisfacer no se qué nostalgia de grandes veleros, de vendavales, de espacios abiertos.

Imagen: La greera, óleo sobre lienzo de José Antonio Martel Guerrero.

miércoles, diciembre 30, 2009

LO PRINCIPAL

Con tanta literatura, casi olvido anotar lo verdaderamente importante. Por ejemplo, la bajada al arroyo el sábado pasado, después de almorzar. Fuimos J.A.M. y yo, mientras las mujeres hacían la sobremesa. Las piedras del camino, normalmente sucias y polvorientas, estaban relucientes y, aunque estaban mojadas, ni siquiera resbalaban, porque no quedaba ni pizca de la sustancia viscosa que normalmente las cubre. Pese a que estaba lloviznando, nos cruzamos con algunos curiosos que iban a lo mismo: a comprobar con sus propios ojos cómo el arroyo, seco la mayor parte del año, corre ahora casi al límite de su capacidad, e incluso ha llegado a desbordarse, como puede verse en algunos tramos bajos del camino.

Con esas expectativas llegamos al puente. La vista desde allí no defrauda: el torrente corre con una fuerza que nos hace dudar de la resistencia del modesto arco de piedra y argamasa sobre el que estamos parados. Corre tanta agua que las pronunciadas peñas que habitualmente trenzan y deshacen la corriente son ahora invisibles. Entre ellas, la que J.A.M. llama "mi" piedra: la prominente peña redonda y verdosa que ocupa el primer plano del cuadro que tengo en el salón, pintado sobre una imagen algo más clemente de ese mismo arroyo. Le digo en broma a J.A.M., que es el autor del cuadro, que va a tener que rehacérmelo, porque en su día puso menos agua de la que realmente cabe en ese cauce. Seguimos bordeándolo y lo abordamos desde un par de puntos más: desde una peña alta, desde la que lo vemos correr encajonado, fiero, amenazador, y luego desde el saliente que se ha formado en un punto en el que un arroyo secundario se incorpora al principal. Los adjetivos que suelen cuadrar a la naturaleza bucólica resultan aquí absolutamente inapropiados. Este arroyo no canta: ruge. Sus aguas no son cristalinas, sino de un color turbio que no es exactamente sucio, sino más bien bilioso.

Volvemos al día siguiente. Como el anterior no llovió tanto, el arroyo corre con algo menos de fuerza, aunque sigue llevando un caudal considerable. Esta vez sí se ajusta a lo pintado en mi cuadro: bajo a la orilla y me agacho en el punto en el que el pintor debió de tomar su encuadre: todo encaja a la perfección, y hasta la piedra del primer plano, casi invisible ayer, alcanza ahora la misma preeminencia que en el lienzo. Que ha ganado, con estos ires y venires, una nueva dimensión, como de fuerza contenida. Ahora lo veo con otros ojos.

martes, diciembre 29, 2009

A TORO PASADO

La nueva entrega de los diarios de A.T., referida a 2002, me lleva a recordar los muchos dimes y diretes que siguieron a la muerte de Camilo José Cela, que tuvo lugar ese año; y que no fueron, en fin, sino una reedición de los muchos dimes y diretes que hubo en torno a la concesión a éste del premio Nobel unos años antes. Con un matiz: la polémica del Nobel tuvo lugar cuando el autor estaba vivo y sus corifeos ladrando, mientras que la otra fue a toro pasado. Acierta A.T. a señalar que detrás de algún titular aparentemente muy justiciero se agazapaba alguna que otra venganza personal; y que la polémica soslayó lo esencial: que lo que se debatía no era si Cela era o no buena persona, sino si era o no buen escritor (y muy pocos se atrevieron a decir entonces, contra la doctrina más o menos oficial, que no lo era, como es el parecer del propio A.T.).

Leo la crónica de esos días y siento la misma incomodidad de entonces. La verdad es que la literatura de Cela no me gusta, y suscribiría sin rebozo casi todo lo que escribieron entonces contra él sus detractores. Pero una cosa es mi parecer de ahora -y de entonces-, a los cuarenta y tantos años, cuando mis gustos literarios se han vuelto -valga la paradoja- más definidos y concretos cuanto más eclećticos, y otra el que tuve, por ejemplo, entre mi despertar a la literatura propiamente dicha -digamos, en torno a los trece o catorce años- y, digamos, cuando empecé a tener una cierta conciencia de que mi voracidad lectora empezaba a encauzarse en determinadas direcciones. En ese periodo de indefinición, en el que uno era receptivo incluso a las lecturas escolares, un libro como La colmena podía leerse con mucho interés y aprovechamiento, y así fue en mi caso. Y uno guarda una cierta deuda de reconocimiento respecto a los autores que, sin gustarme ahora, tuvieron su hora en ese periodo mío de lecturas indiscriminadas.

No sería capaz ahora de volver a esa novela -que debí leer lo menos dos o tres veces en el periodo aludido- y mis mejores recuerdos de Cela se centran en su Viaje a la Alcarria, que seguramente, como insinúa A.T., debe mucho a las páginas viajeras de don Ciro Bayo, por ejemplo, uno de esos autores del 98 a los que el gallego saqueó inmisericordemente... Sea como sea, tampoco tengo ninguna garantía de que mis gustos actuales vayan a resistir mejor que los de antes el paso de los años y los cambios caprichosos de opinión. Y lo único honrado que uno puede hacer al respecto es constatar ambas cosas, lo de antes y lo de ahora, esperando haber aprendido algo en el intervalo.

lunes, diciembre 28, 2009

ESTO NO ES UNA RESEÑA

A ver cómo lo digo sin que parezca que estoy haciendo una reseña. Las reseñas se hacen de cara a la galería. Y esto, me gusta recordármelo de vez en cuando, es un diario íntimo, aunque no del todo privado. Y causa cierto horror imaginar que uno se dirigiera a sí mismo, en su intimidad, en los mismos términos que emplearía para dirigirse a la galería.

Se trata de la última novela que ha publicado esta conocida escritora octogenaria. A mí me gustan sus cuentos, pero hasta ahora no me había asomado nunca a sus novelas, quizá porque los cuentos dan la impresión de abarcar todo lo que la autora tiene que decir respecto a su mundo, y sus novelas tienen, ya desde el título, un cierto aire impostado. Los editores le siguen la corriente, y les ponen portadas que, como los propios títulos, remiten a las novelas de fantasía que leen los adolescentes, del estilo de Memorias de Idhún, por ejemplo. No sé si es coincidencia, o si la autora ha querido jugar esa baza oportunista. Da igual. Los motivos por los que uno recela de determinadas zonas de la obra de un autor al que admira son siempre de naturaleza tan subjetiva como variable. Tienen que ver con la pereza, a veces: uno se conforma con lo ya leído y se ahorra el esfuerzo de ir más allá. Pero también con la sospecha de que, en la mayoría de los escritores, no merece la pena extenderse más allá de lo que uno intuye que efectivamente dominan.

Esta vez, sin embargo, lo he hecho. Me he leído esta novela, publicada hace apenas un año. Y me ha aburrido como hacía tiempo no me aburría ningún libro. Y ello, pese a que contaba con las mejores bazas. Es un libro sobre la infancia, como el último que yo mismo he publicado. Y, como éste, lo hace en primera persona, poniendo la voz de un adulto al servicio de las vivencias del niño que fue. Es un punto de vista complicado, frente al que cabe adoptar dos posturas: o bien ese adulto enjuicia abiertamente su infancia, con los argumentos propios de su edad y experiencia, o bien prescinde de éstas y prefiere ponerse en la piel del niño que fue y asumir momentáneamente su desconocimiento de las cosas, su progresiva sorpresa al descubrirlas. Frente a lo que se pueda pensar, esta segunda postura es la más natural, la que se corresponde con el estado de ánimo con el que un adulto suele enfrentarse a sus recuerdos infantiles. Y quizá el gran fallo de esta novela sea no delimitar claramente la posición de la autora al respecto: "Nací cuando mis padres ya no me querían", comienza, dando a entender, ya desde la primera línea, que el punto de vista adoptado rebasa ampliamente, no sólo lo que la niña protagonista debía saber, sino lo que el propio lector debería descubrir por sí mismo, so pena de que toda la novela se convierta en una mera ilustración de la tesis enunciada en esa primera frase. A partir de ahí, son frecuentes las generalizaciones abusivas, del tipo: "Desde entonces, siempre he sido así", o "Fue la primera vez que...", en las que la autora se postula como el adulto doliente y desengañado que, en principio, parece el lógico sucesor de esa niña desgraciada, pero que, en segunda lectura, más bien parece que está trasvasando, quizá no sin mucho fundamento, su desengaño y su dolor adultos a sus recuerdos infantiles. Porque éste es el segundo gran error de esta novela: su victimismo. De ningún otro tono narrativo se ha abusado tanto en los últimos cien años. Y ningún otro tono, por consiguiente, me parece tan agotado y desprestigiado.

No ahondo más -no, no quería hacer una reseña-. En todo caso, anoto aquí, para mi coleto, que la redacción es muy descuidada y abunda en anacolutos, construcciones truncadas y errores de concordancia. Benevolentemente, uno podría achacar esos descuidos a la edad de la autora. Pero prefiero hacer responsable directa de los mismos a la editorial, cuyos correctores de pruebas o de estilo tendrían que haber advertido estos descuidos, y haber dado ocasión a la autora de subsanarlos. Es lo menos que se le debe a quien tiene a sus espaldas una notable trayectoria literararia y va a deparar beneficios seguros a su editor.

Y un último apunte sobre la inutilidad de las reseñas: ninguna de las que he visto de este libro insinúa siquiera alguna de las objeciones que he anotado. No es que pretenda que me den la razón al cien por cien, pero en esto, como en otras cosas, asombra siempre la unanimidad.

Por eso mismo, para que no pueda achacárseme la intención de querer dar la nota contraria, y para no causar ningún disgusto ni a la autora -que no creo que pierda el tiempo en leer estas niñerías- ni a sus incondicionales, me abstengo de dar su nombre o el título de su novela. Estas notas ya han cumplido su función, que es ayudarme a pensar en voz alta. Con eso voy servido.

sábado, diciembre 26, 2009

FELICES

Como la felicidad no admite otro patrón de medida que el que cada uno quiera darse, no hay nada menos digno de confianza que las declaraciones que se puedan hacer al respecto. Le pregunta uno a alguien si es feliz y éste invariablemente dirá que sí, porque lo contrario equivaldría a reconocerse inferior al vecino, o carente de los atributos y habilidades necesarios para el goce de ese bien esquivo que es la felicidad. O, por el contrario, dice uno congratularse de los bienes del prójimo y éste, deseoso de ocultar todo aquello en lo que pueda cebarse la envidia ajena, alega toda clase de contrariedades para conjurarla… Ni la felicidad ni la desgracia resultan del todo fiables en primera persona.

Por eso llama la atención que la demoscopia, que dice ser una ciencia seria, acepte ocuparse de estas cuestiones. Que una población afirme ser feliz no demuestra que lo sea. Como tampoco, creo, cabría otorgar demasiada fiabilidad a un sondeo en el que a los encuestados se les diera la oportunidad de ventilar toda clase de agravios. Hay una coquetería consistente en presumir de felicidad en la desgracia, o de contrariedades en medio de la prosperidad. Y sólo en esa clave, en fin, pueden entenderse los resultados de cierta encuesta recientemente publicada, según la cual los andaluces otorgan a su calidad de vida una calificación de ocho sobre diez… No quiero escribir la columna que ya han escrito otros: estos días he leído muchas en las que se recuerda que Andalucía, para vergüenza de todos, sigue siendo una de las regiones más atrasadas de España y de Europa, que sus índices de pobreza, desempleo, fracaso escolar y otros males sociales son espeluznantes. Que sus carencias en servicios e infraestructuras resultan tan intolerables como irritantes en el día a día. Pero cuando a un andaluz le ponen un micrófono en la boca y le lanzan a bocajarro la pregunta de si está satisfecho con su calidad de vida –que es como los cursis de la demoscopia llaman a la felicidad–, lo más probable es que sobre el interpelado pesen los tópicos acumulados al respecto; que se acuerde de las bondades del clima, de las excelencias gastronómicas e incluso de la despreocupada idiosincrasia atribuida a los naturales del país; y que concluya concediéndose a sí mismo –porque los juicios sobre la propia felicidad implican siempre un dictamen sobre uno mismo– la calificación más alta. O lo que es igual: que se proclame feliz, como dicen los antropólogos que lo son los hotentotes o los yanomamis en sus desiertos y sus selvas, cuando no se acuerdan de que el mundo exterior los está cercando y poniendo en evidencia su debilidad.

Y es verdad que lo somos: nada satisface tanto como hacer felices a quienes requieren algo de nosotros. En este caso, a quienes pagan la encuesta. Claro que ellos ya se esperaban el resultado.

Publicado el martes pasado en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 24, 2009

NIEVE

NIEVE

Quien espera la nieve
no se conforma
con la lluvia caída
a la redonda;

ni le vale el granizo
en el umbral,
ni las nieves de antaño
por recordar.

Que es nieve sólo
este blanco silencio
caído en copos;

y sólo es nieve
este latir del tiempo
sobre tus sienes.


(Mientras el poemilla navideño de este año alcanza a sus destinatarios, va aquí el sonetillo en seguidillas que escribí en diciembre de 2008, mientras esperábamos las primeras nieves sobre Benaocaz -que no llegaron, y hubo que aguardar a febrero del año entrante para ver nevar, y abundantemente, sobre Madrid-. Con mis mejores deseos para todos. Y un especial agradecimiento a quienes hasta la fecha me han hecho llegar sus villancicos de este año: Juan Antonio, Pepín, Aquilino, Enrique. Que no decaiga esta costumbre. FELICIDADES A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG; Y A LOS AMIGOS DE FACEBOOK.)

miércoles, diciembre 23, 2009

MALPARADO

A K. le inquieta el mal tiempo. Se acerca al balcón, se alza sobre sus patas traseras y golpea el cristal con las manos. Es su gesto habitual para darme a entender que desea que le franquee el paso. Así lo hago. Pero, antes de exponerse a la dura intemperie, otea desconfiadamente la apertura. Llovizna. O, más que lloviznar, parece que las gotas finísimas, sustentadas en su propia ligereza, flotan en el aire. A la gata esta manera de llover no le parece del todo intolerable. Sale al balcón y bebe de la fina película de agua que cubre las losetas. Entre la aversión que le produce mojarse y el instinto que le lleva a identificar todo aquello de lo que pueda beneficiarse ha triunfado lo segundo. Bebe, digo yo, como lo hace un animal salvaje cuando encuentra la ocasión de hacerlo... Pero apenas he tenido tiempo de garrapatear estas líneas -este apunte, por así decirlo, del natural- cuando vuelvo a sentir sus manos golpeando el cristal, esta vez desde fuera: ya ha tenido demasiado y desea volver al calor hogareño. Le abro el balcón de nuevo, como al hijo pródigo que regresa. Ya sé, ya sé. El mundo exterior sólo merece, a veces, ese largo maullido de reproche.

***

Y, no sé por qué, me acuerdo de mi estado de ánimo de anoche, cuando volví de la larga sobremesa de copas que siguió al almuerzo navideño con mis compañeros de trabajo. Esa larga caída, coincidente con el descenso del nivel de alcohol en la sangre, de la euforia a la depresión. También a mí, como a la gata, las incursiones en el exterior me dejan a veces malparado.

lunes, diciembre 21, 2009

LO VERDADERO

Me reprochan veladamente que aluda en este cuaderno a situaciones vividas con otros. Y entiendo que lo hacen por ese mismo instinto de recato que lleva a algunas personas a esconder el rostro cuando les sacan una fotografía. Sin embargo, hay una diferencia: en este cuaderno nunca se cita a ningún particular por su nombre, a no ser que el motivo de la alusión sea de naturaleza pública (ser el autor de un libro publicado, por ejemplo). El único sujeto reconocible de mis apuntes soy yo. Y quizá el reproche más fundado que pudiera hacérseme es que me saque a veces demasiado... favorecido. O lo contrario, porque también hay una coquetería consistente en menoscabarse, en quitarse importancia.

***

El pequeño ciclo cinematográfico de este fin de semana consiste en el visionado consecutivo de dos películas sobre el forajido Jesse James: Tierra de audaces (Jesse James, 1939), de Henry King, y La verdadera historia de Jesse James (The True Story of Jesse James, 1957), de Nicholas Ray. Ha merecido la pena confrontarlas, siquiera sea por constatar, una vez más, la superioridad de las convenciones firmemente asentadas sobre los pruritos de originalidad. La de Henry King es , en efecto, una película convencional de bandidos; y, como confía y respeta los tópicos del género, no duda en utilizarlos a su favor: así, en la magnífica secuencia del asalto al tren, homenajea más o menos inconscientemente al clásico mudo de Edwin S. Porter; en las cabalgadas, remite abiertamente a los westerns de serie B. Y, desde esas premisas, crea unas pocas imágenes inolvidables: la estampa de los forajidos ataviados con guardapolvos, la escena en la que los hermano James escapan de sus perseguidores dejándose caer a un río, con caballo y todo, desde un precipicio; o el plano en el que atraviesan un ventanal a caballo. Todas estas imágenes son rescatadas, ya como piadoso homenaje cinéfilo, en la de Ray. Pero sobre ésta pesa ya ese cáncer del arte demasiado consciente de sí mismo: el afán de desmitificación. Lo anuncia ya el título, con su énfasis en lo verdadero de la historia. Pero en el arte las verdades son de otra índole, y nada tienen que ver con la fidelidad histórica, por ejemplo; que casi siempre es, más bien, fidelidad a una determinada manera de entender la Historia.

***

Esta amiga rebate airadamente mi afirmación de que el cristianismo sea una especie de platonismo popular, y que eso es lo que hace que entre una vieja que reza sus oraciones a la Virgen y un ateo culto más o menos respetuoso con una tradición filosófica y cultural que asigna una función precisa a la esfera intelectual del hombre pueda haber un cierto grado de entendimiento. Y lo que me llama la atención es descubrir que esta vieja boutade mía, que frecuentemente irrita -y no es ésa mi intención- a los creyentes, resulte aún más irritante para los que declaran unilateralmente no serlo, sin matices ni concesiones. Le digo a esta amiga que la suya es, en el fondo, una postura religiosa, en el sentido peyorativo que ella da a esta palabra... Y tengo la impresión de que se enfada aún más.

viernes, diciembre 18, 2009

EL TRANVÍA

No, quien esto escribe no tiene mucho que decir al respecto: ya quisiera uno entender de todo. Pero ahora que toda la ciudad habla del tranvía, encuentra uno cierto placer en tropezarse con esa palabra en los periódicos. Tranvía… Sobreviven en algunas ciudades europeas, más por haberse fundido con la imagen sentimental y turística de las mismas que, supongo, porque por ellas no haya pasado la ola pseudomodernizadora que los borró de todas las demás a finales de los cincuenta o principios de los sesenta. Con respecto a la idea de resucitarlo ahora, tiene uno sus dudas: ¿acaso no supondrá recargar las ya de por sí bastante castigadas calles de la ciudad con un artefacto más, seguramente feo –como el espantoso “Metrocentro” de Sevilla– y más bien poco práctico? ¿O se atreverán los diseñadores del mismo a resucitar las formas y proporciones de antaño, y a poner en circulación una de esas entrañables tartanas sobre raíles que todavía circulan sobre Lisboa, por ejemplo?

No se sabe. De momento, por lo que ha trascendido, parece ser que el pretendido “tranvía” no será más que un tren de cercanías mejorado, que comunicará entre sí los distintos municipios de la Bahía. No es que eso no sea necesario. Pero con la concreción de ciertas ideas pasa lo que con la realización de las fantasías largamente acariciadas: siempre decepcionan. Una ciudad sueña con un tranvía y le endosan un tren… No es eso, como tampoco sería aceptable lo contrario; que a quien pide un tren le pongan un tranvía. Las administraciones públicas andaluzas, sean del signo que sean, son expertas en estas arriesgadas traslaciones semánticas. Todavía me acuerdo del aeropuerto que le prometieron a Jaén, que se concretó en que al de Granada le cambiaron el nombre y le pusieron “Aeropuerto de Jaén-Granada”; o de cuando soterraron el tren en Cádiz, y hubo quien dijo que, con ese eje ferroviario subterráneo, éramos la primera capital andaluza que contaba con un metro…

Uno está ya acostumbrado a estos malabarismos verbales de los políticos, y por eso no les echa cuenta, ni gobierna su vida ni sus ilusiones por lo que éstos prometen. ¿Habrá tranvía en Cádiz? Bienvenido sea. Dará puestos de trabajo (al menos, al conductor, y no sé si al cobrador, porque ya estos artilugios vienen dotados de expendedor de billetes automático), facilitará la movilidad de la población y creará la ilusión de que, aunque la ciudad hace décadas, e incluso puede que siglos, que no se sostiene a sí misma, ni crea riqueza, al menos renueva periódicamente su imagen y se adapta a los nuevos tiempos. Sea. Pero, mientras tanto, uno seguirá abrigando su propia fantasía respecto a los tranvías: un vehículo traqueteante, modesto, con un cierto aire de eterna posguerra, en el que siempre huele a gabardina húmeda y suena, de fondo, una campanilla.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 17, 2009

APAGÓN

Empezamos el día con un apagón, coincidente con una fuerte tromba de agua. Deben de ser poco más de las siete. M.A. está en la ducha y yo preparando el desayuno. Al irse las luces, me extraña no oír ningún sonido procedente del cuarto de baño. En vez de preguntar a voces qué ha pasado, M.A. termina lo suyo a tientas con admirable calma, mientras yo, a la luz del débil resplandor nocturno que entra por la ventana, retiro del fuego la cafetera y el cazo de la leche y me siento a desayunar. M.A. ha encontrado unas velas, por lo que la escena adquiere de pronto una curiosa cualidad temblorosa, como de cosa soñada. Sabemos que el apagón va a suponer una merma del escaso tiempo que tenemos para llegar puntuales al trabajo, pero eso es lo que menos importa ahora. Coloco una de las velas en un vaso y me dirijo al cuarto de baño. Nunca me había duchado bajo esa luz, y la verdad es que resulta mucho más agradable que el resplandor inclemente del foco bajo el que lo hacemos habitualmente. Es como ducharse en un fotograma de Barry Lyndon. Suena el despertador de C. Tampoco ella grita o hace aspavientos: más bien se incorpora con curiosidad a la extraña ceremonia que está teniendo lugar. Mientras las mujeres terminan de arreglarse, bajo al garaje, a ver qué se puede hacer. Un vecino espabilado ha accionado el mando manual de la puerta cochera, que encuentro abierta. Aprovecho para sacar el coche, antes de que otro la cierre. Fuera, en la calle oscura, espero a M.A. Al poco, las farolas se encienden. El apagón ha durado una media hora. Baja M.A. y emprendemos el camino al trabajo.

Unas horas más tarde, una nueva tromba de agua golpeará con fuerza el ventanal de la biblioteca, en la que sólo estamos dos chicas aburridas, que ya dan por terminado el trimestre y se han refugiado allí para estar más tranquilas, y yo. Es uno de esos días en los que todo parece frágil. Y, sin embargo, siente uno una especie de profunda aceptación de uno mismo y sus limitaciones. Y ahora caigo en que este estado de ánimo, que tenía casi olvidado, es el que corresponde al invierno, que por fin ha llegado.

martes, diciembre 15, 2009

OTRA TARDE DE DOMINGO

Una cosa lleva a otra. Y así, nuestro pequeño ciclo buñueliano me conduce, por eso de que el rabo de una cereza engancha a otra, a La chute de la maison d'Usher (1928), de Jean Epstein, en la que Buñuel hizo de ayudante de dirección... Todas estas películas, las de Buñuel y la de hoy, las hemos visto en el ordenador, sobre mi mesa de trabajo. Frente a ella sitúo un butacón y unas sillas con cojines, y allí nos acomodamos M.A. y yo de la mejor manera posible. C., que anda a lo suyo, nos mira con cierta desaprobación: ver a sus padres allí encerrados, a oscuras, ante un monitor en el que se proyectan imágenes más bien sombrías, acompañadas de una música intranquilizadora, le da que pensar. Parece que andamos oficiando alguna clase de ritual siniestro. Y el caso es que la película de Epstein lo es: consigue transformar el cuento de Poe -que trata más bien de la hipersensibilidad y la neurastenia- en una verdadera historia de vampiros: desde el comienzo, en el que los lugareños, como en el Drácula de Bram Stoker- se niegan a acompañar al visitante a la casa del misterioso Usher, hasta el extraño proceso por el que éste, mientras pinta un retrato al óleo de su esposa, va privando a ésta de todas sus fuerzas vitales.

Este Usher de Epstein le debe ciertamente mucho al Nosferatu de Murnau (1922), pero también anticipa características de otros futuros vampiros cinematográficos. Así, a diferencia del de Murnau, el protagonista de esta historia no tiene rasgos monstruosos o inhumanos, y lo que lo caracteriza es más bien una especie de inexplicable melancolía, que casa bien con su juventud e incluso con su belleza, pues es un hombre apuesto y elegante, como lo es, a su manera, el vampiro que interpretará Bela Lugosi unos años más tarde. Hace este Usher, por cierto, interpretado por Jean Dubocourt, el mismo gesto con las manos que Lugosi utilizará en La legión de los hombres sin alma para gobernar a los zombis, y que será adecuadamente caricaturizado en la encarnación de este actor que hará Martin Landau en Ed Wood, de Tim Burton: un cierto modo de entrelazarlas, apoyando las yemas de los dedos de una sobre los de la otra, y luego haciendo garra con ambas... También anticipa Epstein el modo de trabajar de Corman respecto a los cuentos de Poe: combinar elementos de varios, para enriquecer la trama puramente cinematográfica. Buñuel aprendería mucho de este modo de proceder: hay algo de Epstein, por ejemplo, en la atmósfera sombría de Abismos de pasión, la adaptación de Cumbres borrascosas que el aragonés filmó en Méjico.

En esto pasamos la tarde del domingo. Una tarde curiosamente exenta de la ansiedad y la sensación de opresión de otras veces. Y es que tal vez esta clase de cine tiene insospechadas virtudes terapéuticas.

lunes, diciembre 14, 2009

CACERÍAS

Maullidos angustiosos de K. Hay una salamanquesa en el techo del salón. La gata se ha encaramado en el respaldo del sofá e infructuosamente se estira hacia el techo. Su instinto no le ha fallado: en una casa de campo, hubiera sido una eficacísima cazadora de ratones. Me siento orgulloso de ella. Pero, como no puedo rebajarme a participar en sus cacerías, pido que la sujeten mientras con un cojín intento derribar a la salamanquesa. Ésta desparece en cuanto cae al suelo. K. -en esto si se nota su condición de gata casera- no es capaz de encontrar su rastro. Al cabo de las horas, vemos a la salamanquesa en el marco de la ventana, seguramente buscando salir por donde mismo ha entrado. Me levanto para abrirle la ventana, pero mi proximidad la asusta y vuelve a esconderse bajo el mueble del televisor. Le dejo la ventana abierta. No sabemos si ha logrado escapar, o si algún día encontraremos su cuerpecillo tieso debajo de algún mueble. Miro de reojo a K., por si ella sabe algo que nosotros no sepamos.

***

No sé cuántas veces habré visto L'Age d'Or, de Buñuel: casi siempre, al socaire de acontecimientos más o menos externos (cursillos, aniversarios, etc.) y nunca de ese modo desinteresado en el que uno acudiría a ver, pongo por caso, El orgullo de los yankees o Raíces profundas, por citar sólo dos maravillosas películas para cuyo disfrute no necesita uno acogerse a pretextos culturales de ningún tipo. Este sábado, en fin, me organicé un modesto triple programa buñueliano, para ilustrar la lectura que he venido haciendo estos días del espléndido y muy bien documentado libro de Román Gubern y Paul Hammond Los años rojos de Buñuel: M.A. y yo vimos, por enésima vez, pero con ánimo de redescubrimiento, Un perro andaluz, la citada La edad de oro y Las Hurdes/Tierra sin pan, las tres primeras películas del director aragonés. Y quizá por contraste con las dos que la flanqueaban, la del medio nos pareció, amén de técnicamente muy competente, bastante divertida... si uno prescinde de dos o tres salidas de tono bastante improcedentes y que, con el tiempo, han perdido ya toda la gracia que pudieran haber tenido en su momento.

Es -se ha dicho hasta la saciedad- una historia de amour fou. Pero una historia, dentro de lo que cabe, bastante coherente y comprensible, pese a estar contada en clave paródica. Las vicisitudes de Gaston Modot para reencontrarse con su amada se parecen, salvando todas las distancias, a las de los protagonistas de Amanecer, la arrebatadora película americana de Murnau. También en esta última, por cierto, el impulso amatorio aparece íntimamente ligado a la locura y a la pulsión criminal... Y el caso es que, si uno lo piensa bien, la farramalla psicoanalítica aparejada a estos argumentos es más llevadera en la de Buñuel -al fin y al cabo, una parodia, o una boutade- que en la del alemán Murnau, llamativamente carente de humor, aunque no de encanto.

En fin, que hemos partido una lanza a favor de este Buñuel redicho, de manual, que nunca había conseguido emocionarnos. Ahora nos ha divertido. Ya es algo.

***

Mientras escribo estas líneas pasa frente a mi casa un desfile de motos. Las hay a centenares, de todo tipo y tamaño. Ignoro el motivo que las ha reunido. Pero me impresiona el aspecto militar del conjunto, sus aires de columna motorizada en marcha. Cualquier pretexto es bueno para formar un ejército.

viernes, diciembre 11, 2009

CRUCIFIJOS

La anunciada “guerra de los crucifijos”, como aquella “guerra de Troya” de la que hablaba el drama de Giraudoux, finalmente no tendrá lugar, con lo que las aguerridas huestes de uno y otro bando dispuestas a enzarzarse en todo tipo de escaramuzas, dialécticas o no, para atacar o defender el viejo símbolo se han quedado, de momento, sin casus belli. No parecía, de todos modos, una batalla con mucho fundamento. Quien esto escribe lleva un cuarto de siglo trabajando en la enseñanza y jamás ha visto un crucifijo en una escuela pública… Supongo, en fin, que la anunciada polémica se refería sólo a esos centros, porque extenderla a los concertados, como pretendían algunos, hubiera sido tanto como negarles la razón de ser, lo que no parece que quepa en los modos de proceder de una democracia. Y que conste que quien esto afirma –en voz baja, para no molestar a nadie– no pertenece a ninguna confesión religiosa, ni cree que éstas deban dictar normas a la sociedad civil.

Crucifijos, ya digo, no he visto ninguno. Si alguno queda por ahí, los responsables de la administración educativa deberán indagar por qué en determinados centros públicos no se ha producido la retirada de los mismos con la naturalidad y discreción con que esto ha ocurrido en todos los demás. Quizá ése sea el quid de la cuestión. La sacrosanta Transición, de la que tanto se habla, consistió básicamente en una sucesión de gestos discretos y, en cierta medida, espontáneos; entre ellos, todos los que contribuyeron a ir separando lo que atañe privadamente a las conciencias de lo que debe regir la convivencia pública. Y lo que ahora resulta verdaderamente preocupante es que esa espontaneidad y esa discreción parezcan haberse perdido para siempre.

Tampoco el hecho de que hayan desaparecido los crucifijos garantiza, de todos modos, que en las escuelas predomine la racionalidad. Todavía me sonrojo al recordar un cartel que vi en una exposición escolar organizada por cierta oenegé biempensante, y seguramente subvencionada, de cuyo nombre no quiero acordarme. Decía ese cartel, dirigido a los alumnos de Secundaria: “En el Neolítico, con la aparición de la agricultura, apareció también la desigualdad social”. Todavía estoy preguntándome si lo que quería decir el autor del cartel es que hubiera sido preferible que la humanidad no hubiera pasado de la fase de cazadores-recolectores, antes de sacrificar ese presunto igualitarismo primigenio… Es para echarse a reír, si no fuera porque sabemos que en el mundo ha habido, y hay, no pocas dictaduras sanguinarias que pretenden el regreso a esa pretendida Edad de Oro, anterior a todo progreso. La de los llamados “jemeres rojos”, en Camboya, cuyos crímenes se están juzgando ahora en un tribunal internacional, fue una de ellas.

Y es que no todos los males vienen del crucifijo. Digo yo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 10, 2009

ENTONCES

Recién llegado a esta celebración familiar, en la que concurren parientes cercanos y lejanos, esta desconocida, amiga o pariente a su vez de un pariente político mío, me recuerda benévolamente una escena no del todo gloriosa protagonizada por mí hace casi treinta años, cuando yo era poco más que un adolescente. Era nochevieja y bebí más de la cuenta; mucho más, en todo caso, de lo que estaba acostumbrado, y con el mal criterio que suele tenerse a esas edades. Resultado: caí redondo. Ocurrió en casa de un familiar, y esa mujer, al parecer, estaba entre los presentes, aunque yo no la recuerdo. No nos hemos cruzado en todos estos años. En el intervalo uno ha estudiado una carrera, sacado unas oposiciones, publicado una veintena de libros. Me he casado y tenido y casi criado ya a una hija. Nada de eso existe, ni tendría por qué, para esta presencia extraña e inesperada, para la que sólo soy... alguien que protagonizó una sonora borrachera hace seis lustros, a una edad respecto a la cual tendría que haber una ley que ordenara borrar todos los recuerdos que los demás puedan tener de uno.

miércoles, diciembre 09, 2009

VILLANCICOS

Aprovecho un hueco del sábado por la tarde para escribir el villancico de este año. Ya sé que a más de uno le extrañará esta confesión. No parece que escribir villancicos sea el modo más seguro, a estas alturas, de ganarse la posteridad poética. No sé cuántos años llevo haciéndolo: nueve, calculo, con alguna intermitencia. Empecé siguiendo el ejemplo de mi amigo José Mateos, que fue el primero de quien recibí esta clase de felicitaciones. Luego las he intercambiado con Aquilino Duque, con Inmaculada Moreno, con Enrique García-Máiquez... El modelo de todos, creo, fue Pablo García Baena, que en 1984 dio a la imprenta sus Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, una deliciosa recopilación de los villancicos que el primero fue remitiendo al segundo en los diez años precedentes.

A diferencia de la mayoría de los poetas mencionados, si no todos, no tengo creencias religiosas asentadas o canónicas, aunque sí mantengo una cierta idea, que no sabría fundamentar, de que ciertos afanes humanos remiten a alguna clase de trascendencia... Mis villancicos, si así pueden llamarse, se alimentan por tanto de lo mismo que el resto de mi poesía: recuerdos infantiles, constataciones más o menos desilusionadas del paso del tiempo, equiparaciones sencillas entre los actos de la vida cotidiana y las aspiraciones a las que parecen responder o remitir esos actos... Son, a su modo, villancicos "laicos" -que no laicistas-. Me divierte hacerlos. Sobre todo, porque es la única ocasión del año en la que el hecho de escribir -y más, en clave poética- está dirigido a cumplimentar un acto desinteresado de cortesía amistosa, y no a satisfacer otras aspiraciones que, miradas desde el punto de vista de la mera sociabilidad, resultarían pretenciosas o desorbitadas.

Pero no es esto lo que quería anotar, sino la circunstancia de que, una vez más, el hecho material de escribir el poema me ha dado que pensar. Tenía varias ideas previas al respecto, y de todas ellas podría haber derivado un villancico más o menos ajustado a mis expectativas. Pero se dio la circunstancia de que M.A. había traído a la sierra su ordenador portátil. Y que, por consiguiente, me pareció oportuno utilizarlo para mi propósito. Inútil: tras una hora larga ante la pantalla en blanco, me di por vencido. Y no hice otra cosa que bajar al salón, con la intención de olvidarme del asunto, cuando, ante el cuadro de J.A.M. que preside esa habitación, se me ocurrió un romance de catorce versos, que no tardé más de diez minutos en escribir, en el que el asunto del cuadro -un arroyo local, en plena crecida- remite, en su calidad de río pintado, a los ríos de papel de plata de los belenes de la infancia, y al hecho mismo de la representación, plástica o verbal, de la naturaleza, y a las emociones aparejadas a ese acto elemental de apropiación...

Seguramente es más complicado explicarlo que hacerlo. Pero el caso es que ya tengo mi felicitación. Escrita a mano, como siempre: parece que este tipo de escritura desinteresada no admite siquiera el principio de mecanización elemental que supone el ordenador. Bueno. No quiero dar a esta anécdota más importancia que la que tiene, que seguramente es nimia. Un año más, C. me ha dibujado una viñeta para acompañar el poema resultante. Estos días procederé a imprimir ambas cosas y a enviar la tarjeta a los amigos. Y es curioso que, ahora que me pongo a hacer balance de este largo y descansado puente festivo, este hecho intrascendente baste para llenarlo.

viernes, diciembre 04, 2009

EL RODAJE

Con éstos del cine pasa lo que con esos visitantes de fuera que, a fuerza de ponderar lo exótico y curioso que les parece lo que a nosotros dejó de sorprendernos hace años, terminan contagiándonos su asombro. Por eso es bueno tener los brazos abiertos a esa clase de visitantes: te hacen ver, cuando vienen, que también tu entorno inmediato, las calles que ya ni ves, e incluso la luz y el cielo en los que ni siquiera reparas, albergan bellezas que quizá merezcan el esfuerzo de ser miradas con otros ojos. Y eso es justo lo que pasa, en fin, cuando una turba de carpinteros, electricistas, figurantes y demás invaden tu ciudad y la convierten, por unos días, en otra. La nuestra fue la Habana allá por el año 78, cuando se filmaron en ella y en los alrededores algunas escenas de Cuba, una película de Richard Lester; y fue Beirut en una de acción cuyo nombre he olvidado; y hasta se disfrazó de sí misma para albergar El amor brujo de Rovira Beleta. Y ahora, por uno de esos vislumbres que sólo se explican por la capacidad de transmutar la realidad que tiene el cine, sus calles céntricas se han convertido en un trasunto de la Pamplona de los sanfermines…

Se pone uno en el lugar de quienes han tenido esas intuiciones y termina dándoles la razón: una ciudad vale por todas, porque lo verdaderamente esencial de una ciudad, de cualquiera de ellas, es no tener esencia, resultar poliédrica, tener tantas caras como miradas se quieran proyectar sobre ella. Las ciudades se inventaron para eso: para escapar en ellas a las rígidas determinaciones que regían la vida en el campo. Por eso no hay ciudad, por decente que sea, que no tenga una calle de mala nota; o que no cuente con una masa más o menos variable de extraños y forasteros, o que no se reinvente a sí misma cada pocos años. Cuando eso no sucede, o apenas se percibe, es que la ciudad está estancada o muerta, o está degenerando en poblacho, que sólo tiene de urbano las dimensiones, pero no el espíritu.

No hay ciudad que no esté expuesta a este peligro, y más cuando faltan en ella recursos e ideas. Por eso es bueno que venga una tribu de feriantes a ponerla manga por hombro, que es justo lo que ha pasado con este último rodaje, el de la película Knight and Day. Hay quien se ha quejado duramente por las molestias, olvidando que éstas no han sido mayores ni peores que las que causa el carnaval, la Semana Santa o un simple concierto veraniego. Y quizá en esas quejas se le ha visto el plumero al normalmente discreto y disimulado chauvinismo local, que también existe, y que suele mirar con malos ojos las alteraciones de nuestra paz provinciana venidas de fuera. Bendito sea el cine, que nos ha disfrazado la ciudad (quiero decir, las rutinas, las expectativas, el paisaje cotidiano) por unos días. Ojalá nos dure mucho tiempo la frescura de esa mirada.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 03, 2009

MUSARAÑAS

Pese a ser hoy uno de esos días en los que tengo el tiempo medido para llegar al trabajo, se me va el santo al cielo mientras estoy en la ducha: no creo haberme quedado dormido, porque eso no me parece posible en pie y bajo un chorro de agua, pero hay unos minutos de los que no puedo dar cuenta, y en los que he tenido la mente no sé dónde: los suficientes para que empiece el día con prisas y con el paso cambiado. Luego, frente al ventanal de marras, el que da al mar, la mente se me va de nuevo a las nubes (literalmente: a la trama del cielo aborregado que tengo delante). No sabría decir qué musarañas he perseguido entre esas nubes o bajo el chorro de la ducha. En todo caso, no las creo más consistentes que las que persigo con la mente despejada. Ésas también están hechas de viento. Y no parecen deparar mayores beneficios que las otras.

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Hoy jueves (20.00 horas) presento en la librería Pérgamo de Puerto Real mis
Vacaciones de invierno.

miércoles, diciembre 02, 2009

LICÁNTROPO

La literatura del siglo XX nos ha acostumbrado al victimismo. Es más: lo ha impuesto. Casi no se puede encontrar a un escritor que no escriba en tono de queja. Lo que, más que favorecer el derecho a la misma, cuando ésta es pertinente, sume en el descrédito a todos los que han hecho de ese tono (facilón, por otra parte) su más recurrente artificio literario. No fueron quejumbrosos Galdós, ni Cervantes. No lo fue tampoco, pese a la melancolía que a veces destilan sus versos, Antonio Machado. Hoy el victimismo se disfraza de agresividad. El quejica no sólo se queja: te arrea una patada. Y qué puede esperar uno de una literatura escrita a coces.

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Este hombre es partidario de los gatos. Hemos descubierto que tenemos eso en común: los dos tenemos una gata en casa, y a los dos nos fascina esa especie de devoción egoísta, entretejida de indiferencia y oportunismo, que los gatos manifiestan hacia quienes conviven con ellos. Habíamos intentado antes otras conversaciones: política, sociedad, dinero. No parecía que en ninguno de esos campos pudiéramos llegar a ninguna clase de acuerdo. La afinidad recién descubierta es de las que no generan ningún beneficio para ninguno de los dos: seguramente nunca estaremos de acuerdo en ninguna otra cosa, ni uniremos fuerzas en ninguna otra cuestión. Ni siquiera es probable que la mutua simpatía que pueda derivar de este descubrimiento redunde en alguna clase de favor mutuo. No, los partidarios de los gatos no conseguiremos llevar nunca a un representante nuestro al parlamento, pongo por caso. Y, sin embargo, adivino que una sociabilidad basada en un fundamento tan endeble puede tener mejor cariz que otras más interesadas. Y ser menos propensa a la decepción.

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Ha muerto el actor Paul Naschy. Su mejor papel fue el de licántropo. Es curioso que estas cosas se lleven con humor, al menos ante la galería. Y, sin embargo, supongo que para hacer un papel así con convicción hay que tomárselo con un mínimo de seriedad. No digo yo que haya que dormir en un ataúd, como dicen que hacía Bela Lugosi. Pero...