viernes, enero 08, 2010

CINCO DE ENERO

No puede uno evitar sentirse nervioso e impaciente en la víspera de Reyes. No espero nada, no he escrito la consabida carta ni soy cómplice ya de la entrañable farsa que representaban mis padres, y de la que uno, en cierto modo apiadado de ellos, esperaba que les saliera lo mejor posible. Pero, ya digo, pese a todas estas renuncias, los cinco de enero siguen pareciéndome cargados de una extraña tensión. Quizá actúa uno por reflejo condicionado, como esos perros de Pavlov a los que se les llenaba la boca de saliva cuando sonaba la campanita de la comida, aunque no hubiera comida. Siente uno también la impaciencia del regalo, aunque no haya regalo, o el regalo previsto esté más o menos pactado y venga dictado por el sentido práctico de los adultos, y no por la fantasía impredecible del niño. El niño pide una espada láser porque quiere sentirse como los poderosos caballeros interestelares que portan esas espadas en las películas o en los tebeos o en los videojuegos. El adulto no pide nada, pero se conforma con que le regalen un batín con el que no coger frío, y con el que sentarse junto a la mesa camilla a pensar que alguna vez quiso ser un caballero interestelar y tener una espada láser… Y, ya digo, como esos perros que ya no necesitan oler la comida para sentirse en disposición de devorarla, porque se les ha acostumbrado a responder al toque de una campanilla, y no a la presencia palpable de los alimentos, tampoco uno necesita ya esperar la espada láser, o abrigar siquiera la ilusión de que unos magos misteriosos o unos padres voluntariosamente dispuestos a suplantarlos van a hacer lo posible por satisfacer esa fantasía, y basta la luz, el nerviosismo ambiental y hasta la propia climatología, que es siempre recurrente, para sentirse en esa disposición ansiosa.

De lo que no se acuerda uno es de que, al día siguiente, la espada láser con la que había soñado resultaba ser un deslucido armatoste de plástico al que se le acababan las pilas a los cinco minutos. Atribuye uno la decepción que le causa el batín o los calcetines a la incomprensión que el mundo suele manifestar hacia los propios deseos. Pero lo cierto es que esa decepción viene de antes, y es quizá de las primeras cosas que uno aprende. Uno la da ya por descontada. Se rompen las espadas, los coches teledirigidos se quedan parados incomprensiblemente, despintan los indios. El batín, los calcetines, el frasco de colonia no hacen justicia, a lo mejor, a la elevada idea que uno tiene de sí mismo. Y lo nuevo, quizá, lo que no viene de la infancia ni parece un reflejo condicionado, es la necesidad de hacer acopio de humildad para aceptarlos. Hay quien dice que todo esto lo mueve la hipocresía, y que resulta ridículo que el rito de regalar por estas fechas se haya extendido a los adultos. No les falta razón. Y, sin embargo…

Publicado en Diario de Cádiz el 5 de enero de 2010

6 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Este día no puede verse ni analizarse con ojos de adulto. Yo siempre he concebido el misterio de los Reyes Magos como una fantasía más de las muchas con que crecen los niños, aunque con una diferencia significativa: trasciende el cuento y, a través de los regalos, se hace real por unas horas (es tan efímera, que el día 6 ya se ha esfumado antes de que anochezca). Como luego la vida es muy jodida, que sueñen mientras puedan. No seré yo quien imponga mi raciocinio para cercernarlo. Aunque haya quienes, instalados en un anti-convencionalismo supuestamente moderno, rechacen toda festividad o celebración (no suelen rechazar las que les gustan: por ejemplo, Carnavales o Fin de Año, donde corre el alcohol...). Hace tiempo que me demostraron que el anti-convencionalismo a ultranza es otra forma de convencionalismo, pero más triste y menos productiva vitalmente. Un abrazo.

Mercedes dijo...

Recuerdo, al menos, media docena de cincos de enero con un nudo en el estómago, me acostaba estremecida, era esa sensación de que de alguna manera te acercas a otros mundos. Algo quedó, y todavía esa noche, cuando pongo los juguetes a los pequeños de la casa me visitan esos inocentes recuerdos; creo que algo de aquella niña sigue en mí. El día siguiente, en mi caso, era el certificado de que aquel mágico mundo existía.
Un saludo.

J.Lorente dijo...

Sin duda, muchas de nuestras fiestas están cargadas de Hipocresía. Pero eso es algo que sólo debemos plantearnos los mayores. La Ilusión de un niño "debe" estar obligatoriamente al márgen de la Estupidez de los mayores.

Desde muy niño he conocido el significado de las palabras "Feliz Navidad", aunque desgraciadamente nunca las he sentido en mi entorno. Pero aún así, el tiempo no me ha convertido en un Mr.Scrooge, sino más bien al contrario... Lo que deseo es que los niños que me rodean (familiares o no) crean en los Reyes Magos durante muchos años.

Al fin y al cabo, todos conservamos siempre algo del niño que fuimos... Todos somos Peter Pan. ¿O quién no ha soñado alguna vez que el Mundo sería maravilloso si existieran las Hadas?... ¿Y quién ha dicho que no existan?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias por los comentarios, Antonio, Mercedes, J.: sí, merece la pena preservar el rito, aun a sabiendas de que su cumplimiento lleva aparejado, no sólo la constatación de un milagro, sino también, inevitablemente, el aprendizaje de la decepción. También eso hay que aprenderlo. Saludos a todos.

Mery dijo...

Creo que la necesidad de magia e ilusión en nuestras vidas de adultos supera a las decepciones consabidas.
Un abrazo

GERARDWALT dijo...

Muy lindo comentario sobre los reyes, compartido del principio al fin...
Te seguiré leyendo amigo, un abrazo. W.G.G