jueves, enero 28, 2010

DESEADAS

Leo en la edición electrónica de este diario que cierta página web que yo desconocía acaba de publicar su lista anual de las noventa y nueve mujeres más deseadas del mundo. Y como uno no aspira a otra cosa que a participar del sentir general, pincho en el enlace correspondiente y dedico unos minutos a contemplar las fotos de las susodichas… No es que no sean guapas, ni que a uno no les guste mirarlas. Pero desear, lo que se dice desear, antes desea uno a una vecina o a una compañera de trayecto en el autobús que a estas efigies en papel satinado. Pero tampoco esto último es exacto, porque incluso de esas mujeres que nos alegran la vista en la vida cotidiana diría uno, a lo sumo, que le gustan, o que le parecen atractivas. Aplicar el verbo “desear” sin ton ni son tiene algo de enormidad. ¿Desea uno de verdad a Penélope Cruz, a Scarlett Johansson, a Angelina Jolie? Depende. Hasta los animales, dicen, se excitan cuando se les muestra imágenes de una hembra deseable. Otra cosa es “desearlas” de verdad; es decir, reconocer en uno esa intensa apelación a la voluntad, y actuar en consecuencia, procurando conocer a esas mujeres, tratarlas, gustarles. Fuera del gremio al que pertenecen, casi nadie lo intenta. Entre otras razones porque, si uno realmente “deseara” a esos arquetipos de perfección, a los que sólo conoce por fotografías o imágenes animadas, la decepción de salir a la calle y encontrar sólo a mujeres de carne y hueso, más o menos imperfectas, agobiadas de inseguridades y problemas, resultaría descomunal, y suficiente en todo caso para contrarrestar el estímulo que pudieran haber supuesto aquellas imágenes.

Lo que gusta de ellas, supongo, es lo que tienen de repertorio anatómico, de mero catálogo de rasgos que a uno le gustaría encontrar, idealmente, en una mujer. Luego las mujeres reales son otra cosa, y lo que puedan tener en común con el arquetipo viene siempre acompañado de otros rasgos que sólo se explican por la vida que llevan, lo que piensan y sienten, lo que hay en ellas que nos atañe de un modo particular.

Posiblemente el verdadero deseo haya que definirlo en esos términos. Y no es que me esté poniendo sentimental: a uno también le gustan las mujeres de celuloide y su promesa de irrealidad. Le gusta que sean inmortales, como Marilyn, o etéreas, como la Garbo, o un tanto excesivas, como la Johansson. Tiene uno sus fantasías al respecto. Y como vivimos en un mundo que ni siquiera concede estatuto de individualidad a las fantasías, hay quien se ocupa de someterlas a público escrutinio y elaborar las correspondientes listas de aceptación. Resulta un tanto grosero. Y contraproducente, quizá. Porque, miren por dónde, ahora que sé que esas noventa y nueve mujeres son deseadas por tanta gente, y de un modo tan público y notorio, a mí empiezan a gustarme un poco menos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

5 comentarios:

Portorosa dijo...

Estoy de acuerdo con sus reflexiones, pero, a mi modesto entender, ese "deseo" de esas listas es lisa y llanamente deseo sexual.
Que tampoco es que la anatomía lo sea todo al respecto, pero bueno, influir influye bastante.

Un saludo.

Portorosa dijo...

¡Pero son las más deseadas de 2010! ¡Y estamos en enero!

José Luis Piquero dijo...

Y yo me pregunto: ¿por qué 99? Vale, evitemos el tópico de los números redondos. Pero entonces ¿por qué no 97 o mejor 101, como los dálmatas? Pienso en la pobre chica que iba a hacer el número 100 y subir su caché. Y se ha quedado fuera. Y no lo sabe...
Un abrazo.

Mery dijo...

¿Seré yo la número 100?
Bromas aparte, al final resulta que esas mujeres tan deseadas e inaccesibles suspiran por llevar una vida normal, y en sus ratos de camuflaje van incluso desastrosamente ataviadas.

Te felicito por el artículo
Un abrazo

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Creo que debemos enamorarnos todos de la número 100, la Desconocida, y olvidarnos de las otras 99. Saludos a todos.