jueves, enero 07, 2010

EN QUÉ MOMENTO

Con respecto al cine español cabría preguntarse lo que Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, en Conversación en la catedral: "¿En qué momento se jodió el Perú?". ¿En qué momento -diríamos nosotros- se jodió el cine español? Nos pareció estar asistiendo a ese hito fundacional el otro día, mientras veíamos la aburridísima Vera, un cuento cruel (1974), de Josefina Molina: el estilo plano, inconfundiblemente televisivo, el recurso a argumentos "prestigiosos" de origen literario, el desinterés hacia los personajes, tratados como simples obsesos, el erotismo vacuo, la escandalosa limitación de medios (una casona alquilada, unos trajes de guardarropía)... Eran los rasgos que el cine español iba a presentar durante al menos una década, hasta que se impusiera en él el modelo de la llamada "comedia madrileña", en la que la casona es sustituida por un pisito en Lavapiés y una desprejuiciada promoción de jovencitos en permanente estado de satiriosis tomaba el relevo de los abrumados obsesos del ciclo precedente.

Y el caso es que esa película nos llegaba justo después de haber visto las secuencias finales de
Rosario, la cortijera (1935) de León Artola, un logrado ejemplo del cine nacional-popular que triunfó en tiempos de la República y contó con la predilección del público español hasta finales de los cincuenta. Naturalmente, no estoy diciendo que este cine sea artísticamente superior al que acabo de denostar en el párrafo precedente. Pero lo aventajaba en algunas cosas: contaba con el favor del público, se asentaba en una naciente infraestructura comercial e industrial (productoras, cadenas de cines, técnicos cada vez más cualificados) y había conseguido dotarse de un repertorio temático exclusivo, no imitado de fuentes foráneas, y de su propio star-system. Que todo eso se liquidara en pocos años dice mucho respecto a la mentalidad cainita y los designios de tierra quemada con los que las sucesivas promociones de profesionales abordaron su pasado.

Rosario, la cortijera no deja de ser un subproducto. Pero tiene su gracia. Está filmada con una sorprendente naturalidad, muy moderna, como si el operador se hubiera infiltrado de incógnito en los tejemanejes de los personajes. Conserva atisbos del repertorio técnico que los pioneros del cine iban aprendiendo de Hollywood: por ejemplo, el montaje en paralelo de la secuencia final, en la que la protagonista huye con su seductor en un coche mientras el novio desdeñado conduce una manada de toros hacia la carretera, para cortarles el camino, en una frenética cabalgata que remeda toscamente las que puso de moda Griffith con el desenlace de El nacimiento de una nación. Tiene su gracia también la caracterización de los personajes principales, exageradamente maquillados, al estilo de los del cine mudo: así, el seductor y su antagonista parecen tener los labios pintados... Todo esto sucedía, no hay que olvidarlo, en un contexto en el que los espectadores tenían bien a la vista los éxitos del cine sonoro estadounidense de los años treinta.

En fin: no sé a dónde quiero ir a parar. Quizá todo pueda reducirse a la consternación qur produce confrontar un cine en el que todo estaba por hacer, y que, por tanto, era muy prometedor, con otro prematuramente agotado y falto de ideas, y que además parece haberle perdido el respeto definitivamente a su público.

Y en estas cosas anda uno distrayendo sus vacaciones, que ya se acaban.

4 comentarios:

LavapiesHoy dijo...

He cogido un trozo de tu artículo y lo he publicado http://benitezariza.blogspot.com/2010/01/en-que-momento.html

Te cito y enlazo. Espero que no te importe.

Gracias y disculpa las molestias.
Un saludo

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Creo que la jodienda empezó cuando el Espíritu de la Subvención visitó a los cineastas. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Totalmente de acuerdo, J.M.

Lavapieshoy: No hay problema con la cita; aunque dejo aquí constancia de que, en mi artículo, "Lavapiés" está usado de modo metonímico, y vale por cualquier barrio céntrico de Madrid.

Mery dijo...

No sabes cómo entiendo el espíritu de esta entrada, porque, en efecto, siento que el cine español actual ha perdido el respeto al público.
Y resulta que nos piden que apoyemos a "nuestra industria cinematográfica". Pues no estoy yo por la labor si se sigue por este camino.
Un abrazo