lunes, enero 11, 2010

LES NEIGES D'ANTAN





En B., para ver algún vestigio de la nieve caída veinticuatro horas antes. La encontramos en los tejados y en algunas umbrías, depositada sobre las hojas de las plantas que crecen en esos lugares. No siempre tiene buen aspecto: en algunos sitios, parece esos espumarajos que sueltan los extintores. Pero da gusto echarse a la mano la lengueta de nieve recogida en la cuenca de una de esas hojas que parecen paraguas invertidos, y frotarla entre las palmas... También están los carámbanos, que aquí llaman "chuzos". Por lo que nos explican S. y L., con quienes hemos coincidido en esta placita soleada, la expresión "llover chuzos de punta" no es simplemente metafórica, como yo creía, sino que tiene un sentido literal: cuando se camina por una calle flanqueada de casas de cuyos aleros penden estas agujas de hielo, conviene hacerlo por el centro, por si alguna de ellas -a veces, de considerable tamaño- se desprende y golpea en la cabeza al viandante... Pero eso, como L. se ocupa de especificar, ocurría en otros tiempos, cuando nevaba y helaba con esa constancia y persistencia que sólo tienen, en el recuerdo, les neiges d'antan. Lo de hoy es sólo anecdótico.

Pero L. no venía sólo a adoctrinarnos, sino también a invitarnos a probar el mosto que ha comprado, dice, en una "viña" de U. La palabra "viña" tiene aquí la acepción jerezana de casa o construcción aneja a la viña propiamente dicha, en la que a veces funciona un figón o ventorrillo modesto, en el que la gente de paso puede probar el mosto del año, acompañado de unas sopas de ajo y unas chacinas. El mosto de L. es áspero y turbio y tiene un regusto final a cieno marino: a esa barro suculento en el que se crían las almejas. Deja en la garganta un picorcillo alegre, que invita a trasegar más. Mientras lo hacemos, L. nos enseña su huerta, dominada por un nogal centenario por el que, nos dice, le han ofrecido mucho dinero, porque de él podrían hacerse muchos buenos muebles. Pero L. no quiere venderlo, porque a su sombra pasa los veranos. Los pobres, dice, no pintan nada en esos lugares de veraneo donde una cerveza y una mala comida cuestan un dineral. Para eso, mejor se está uno en su casa, con su huerta, con sus animales. Hay muchos aquí: palomos mensajeros y de competición y gallinas de distintas variedades, entre las que destacan, por lo cómico de su aspecto, las que él llama "chinas", que lucen un extravagante penacho de pelos en punta, como los de un punkie. Hay también algunos gatos: una gata persa que dormía en un capazo, la hija de ésta, que dice L. ha salido arisca y no se deja cepillar ni acariciar, y otro más cariñoso, de Angora, que acude cuando se le llama (L, lo hace emitiendo un extraño sonido inarticulado), pero que se retrae cuando ve a extraños... Nos cuenta L. que sus gatos no atacan jamás a los palomos, y explica cómo los ha adiestrado al respecto: cuando eran cachorros y se acercaban con intenciones aviesas a alguna de las aves, les lanzaba una botella de plástico en la que previamente había introducido un puñado de piedrecitas. El golpe y, sobre todo, el estruendo infernal de las piedras dentro de la botella, terminaba disuadiéndolos de atacar a los palomos.

Mientras nos cuenta estas cosas, me acuerdo de cómo empezaron nuestras relaciones con este hombre. Del modo menos prometedor posible, todo hay que decirlo. L. estaba acostumbrado a no tener vecinos a la espalda de su casa, y en su huerta actuaba con la impunidad de quien sabe que nadie lo ve y a nadie puede molestar: lo mismo podían él y su mujer pasearse por ella semidesnudos, en una mañana de verano, que colgar un altavoz de una rama del nogal y pasarse la noche escuchando tangos a la intemperie. Cuando abrieron la calle nueva, justo por la linde trasera de su huerta, y construyeron nuestra casa, esa impunidad se terminó. Una noche salí a darle las quejas, porque estábamos intentando ver una película y el estruendo que procedía de su casa ahogaba por completo el sonido de nuestro televisor. Luego tuvo un gallo que se pasaba las noches cacareando de un modo ronco y destemplado. Cuando vi a L. trajinando en su huerta, una mañana, le expliqué el problema y le dije que si no era posible encerrar al gallo por las noches, para que dejara dormir al vecindario. Me escuchó con cierto asombro. Creo que nunca se había visto en otra igual. Cuando terminé de hablar, atajó: "Bueno, ¿que el gallo molesta? Pues a la olla". Creí que bromeaba. Pero el caso es que del gallo no se supo nada más, y desde entonces he tenido ese cargo en mi conciencia.

L. no sólo no nos guarda rencor por esos desencuentros iniciales, sino que hoy nos obsequia con su mosto y con una ristra de pimientos que le ha dado a M.A., explicándole cómo ha de colgarlos para que no se le pudran. Sale uno confortado de esa casa, feliz de ir tejiendo poco a poco, en este lugar donde nadie nos conocía, una pequeña trama de afectos. No deseábamos otra cosa. Y, para colmo, a la mañana siguiente, cuando ya andábamos recogiendo los bártulos para volver a la ciudad, empieza a nevar.

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