viernes, enero 15, 2010

PALOMAS, GATOS

En Salou la multa fue de ciento cincuenta euros y en Málaga de casi cuatro mil. La falta, la misma en ambos casos: dar de comer a las palomas en eso que los poetas llaman “la calle” y las autoridades “la vía pública”… La conclusión no puede ser más clara: la popularidad de las palomas atraviesa uno de sus momentos más bajos. Y, de la mano de la misma, decae igualmente la de los gatos, que también son objeto de esos modestos y antihigiénicos actos de amor. El amor, incluso entre personas, es siempre antihigiénico, pero se entiende que el alcance de esa falta de higiene se reduce al círculo íntimo de los implicados. Por eso hay viejos que se encierran en una casa con una docena de gatos, y acaban teniendo ellos mismos un no sé qué gatuno, que frecuentemente alarma al vecindario y a los servicios asistenciales, por lo mismo que otros dan en la fantasía de tener un palomar en su azotea, que es como materializar los pájaros que se tienen en la cabeza y permitirse el gusto de echarlos a volar cada mañana, a la vista de todos.

En otros tiempos, había quien veía una paloma por la calle y no paraba hasta echarle el lazo y hacerse con ella un puchero, como había también quienes cazaban gatos para venderlos a los circos como comida de leones. Si ahora a unas y a otros se les da de comer con lo que nos sobra, habrá que admitir que en eso hemos mejorado. Pero las sociedades opulentas son también remilgadas. Ayer vivíamos, como quien dice, amontonados, no ya con las palomas y los gatos, sino con las pulgas y piojos que engendraba la miseria. Hoy nos horroriza la deposición de un gorrión, mientras que no parece importarnos mucho verter a la calle nuestros ruidos, que no son otra cosa que basura sonora, nuestras prisas, nuestra agresividad. Y hay quien, cuando pasa bufando al lado de una vieja loca que dialoga con los gatos, siente hacia ésta el íntimo rencor de quien no tiene asiento ni ánimo para intentar esos coloquios, ni, si se diera el caso, nada que decir en ellos. Lo mismo vale para las palomas. Cuando yo era niño, todavía no se las consideraba “ratas con alas”, como ha dicho un concejal. Habría que preguntarles a las palomas qué piensan de los concejales. Pero a lo que iba: cuando yo era niño, los carritos de chucherías vendían también bolsitas de maíz, para que los niños se distrajeran en darles de comer a las palomas. No parecía que con ello se estimulara ninguna práctica antisocial. Todo lo contrario.

Naturalmente, entiende uno la indignación de los vecinos que ven sus calles, fachadas y portales sucios de restos de comida y excrementos de animales. Es un asco, sí. Lo es todo lo que entra en el turbión de la vida masificada, de la involuntaria promiscuidad, de la estadística. Las palomas, no sé; pero quién se lo iba a decir a los gatos, tan solitarios, tan individualistas ellos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Se mire por donde se mire es un asco. Las palomas manchan y los gatos apestan. Esto de los bichos es cosa de campurros y de otros tiempos. Bien por la municipalidad y las calles limpias. También creo que las palomas son ratas con alas.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

¡Qué pena!

Nunca me gustaron los animales, y estamos rodeados de ellos.

Octavio dijo...

Ay, si las palomas hablaran de los concejales. Buen artículo, me gustó.

El capador de Turleque dijo...

Cierto, estamos rodeados de animales.

J.Lorente dijo...

Si no soy partidario de tener animales en casa es porque no tengo tiempo para atenderlos, pero no porque me molesten o no me gusten.

De hecho tengo semi-adoptado a un gato que, en realidad, es de una vecina. El muy cabrón se le escapa y se viene a mi casa de vacaciones unos días, y luego vuelve con la vecina. En fin, que lo cuidamos a medias y el tío es muy agradecido.

Y hace unos años me pasó algo curioso. Estaba tantas horas fuera de casa que una pareja de palomas hicieron su nido en un rincón de mi salón y yo no me había dado ni cuenta, pues cuando yo aparecía, se iban por la ventana. Observé esto durante 3 o 4 días y de pronto vi que ya no se iban, me miraban con descaro y no se separaban del mueble-bar... Allí estaba el nido escondido con dos huevos. Pues me dio lás tima y allí criaron a sus polluelos hasta que echaron a volar. Nadie se puede imaginar cómo me pusieron la esquina del salón, pero no importa. Cuando se fueron, lo limpié todo sin problemas.

Creo que los animales domésticos y/o urbanos que más porquería dejan en las ciudades somos las personas, y también los más inhumanos... Como dice el "Capador de Turleque", estamos rodeados de animales y también de gatos y palomas.

Anónimo dijo...

Cierto, muchos animales... muuuuuchos.