lunes, enero 18, 2010

PLACERES DE FIN DE SEMANA

El otro día apuntaba cómo me aburre últimamente la lectura de periódicos. Antes, la sola perspectiva de pasar una mañana de domingo con unos cuantos diarios por delante constituía por sí misma una promesa de felicidad. No entro a analizar por qué ahora no lo es. Lo constato y basta. Y este sábado, cuando me dirigía al apartado de correos para retirar la correspondencia acumulada a lo largo de la semana, pensé que este ritual, que antaño incluía también una promesa cierta de placer, empieza también a resultarme descolorido y gris. No tengo otro correo, en general, que las cartas del banco y los libros que me manda el suplemento para el que escribo una reseña de cuando en cuando. Las primeras ni las abro. Y los otros casi tampoco. A veces me dan ganas de dejar unos y otros en la papelera, y no lo hago porque la vida se sustenta en los hábitos adquiridos, y entre los míos está el del respeto a la letra impresa y el de un cierto orden doméstico, que implica guardarlo todo. En fin.

Hay excepciones, de todas formas. O predisposiciones de ánimo que, por lo excepcionales, singularizan ciertos actos. Este sábado la rutina de hojear el correo resultó especialmente placentera, quizá porque tuvo un inesperado sabor retrospectivo. Revistas literarias y libros de poesía, como antaño, cuando uno cifraba muchas ilusiones en esa clase de correspondencia. Hojeo las revistas. Leo un buen poema de R. V. en un homenaje a un paisano suyo, muerto recientemente. Las revistas se imprimen para eso: para que uno encuentre en ellas, entre la morralla que inevitablemente se les cuela, una página que merezca la pena. Es mucho.

Hojeo también esta otra en la que viene una publicación mía: una de las recopilaciones que hago con las notas que voy escribiendo en este cuaderno. Me gusta -y espero que la confesión no me haga parecer vanidoso- verlas impresas. Y, a la vez, me produce un cierto vértigo: esas arquitecturas azarosas que uno crea tomando apuntes de aquí y de allá sugieren que de este magma podría salir un cierto número de combinaciones, de libros más o menos monográficos que, seguramente, nunca alcanzarán concreción, porque no habría quien los publicara y, sobre todo, quien los leyera. Para eso, también, están las revistas.

Y empiezo finalmente la lectura del libro de poemas que incluía la remesa: Baúl de sombras, de Javier Navascués. Se ve que estoy de ánimo receptivo: el libro me atrapa inmediatamente y me lo leo de un tirón. Y lo releo luego, con más serenidad, en la mañana del domingo, para llegar al mismo resultado: me ha sorprendido. Conocía los dos libros anteriores de Navascués, que me bastaban para tenerlo por poeta competente y prometedor, alineado con esa manera de entender la poesía que hace cuarenta o cincuenta años se llamaba "poesía arraigada", lo que no era sino un eufemismo para designar la que expresaba una visión no problemática del mundo, casi siempre amparada en creencias religiosas. Eso en sí mismo no es ni bueno ni malo. Uno, que se ha criado en una época que prestigiaba la disonancia y la protesta, abriga todavía el tópico de que un cierto grado de "desarraigo", de inconformismo crítico, nunca le viene mal a una obra literaria. Pero también ha constatado uno, en su existencia de lector, que muchos "desarraigados" no son más que bocazas que hacen ruido, y que esa rebeldía impostada no tiene otro objetivo que lograr el reconocimiento de los afines y el aplauso de los bobos... Pero se me va el hilo. Decía que tenía a Navascués por un poeta arraigado, tranquilo, como otros que han publicado en la meritoria colección en la que se incluye este libro que ahora me envía.

Y la sorpresa es que este Baúl de sombras no responde en absoluto a esas expectativas. Es, por el contrario, un libro sacudido por una corriente interna de inquietud, de angustia incluso, a las que no alcanzan a disipar esas "pocas creencias" que el poeta, pese a todo, sigue manteniendo. Se habla aquí de la infancia, pero sin nostalgias agridulces, sino como un territorio de reconocimiento de sensaciones que vuelven luego en la vida adulta, cuando ya no cabe acogerse a los consuelos ofrecidos al niño. Se habla también de la duda, del amor como lugar al que se regresa, lo que seguramente implica un tácito reconocimiento de que también al amor se le da la espalda a veces, en nombre de otras urgencias y pesquisas... Es, ya digo, un libro intenso e intranquilizador, muy bien escrito -alternando poemas de dicción clásica con otros de ritmo versicular en los que no se advierte el desaliño y la falta de tensión poética que a veces caracteriza a este tipo de textos- y rematado por un epílogo que constata bien, con muchísima sencillez, el grado de despojamiento de pretensiones al que hay que llegar para escribir de este modo.

Ojalá todos los sábados encontrara uno una remesa igual en el apartado de correos.

7 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Pues a mí me pasa lo mismo, José Manuel. Hace tiempo que ya no disfruto de la lectura de los periódicos como antes. Simplemente los hojeo por inercia en el instituto o en las cafeterías, ya ni siquiera los compro. Y sólo me tienen enganchado los artículos semanales de Reverte y David Torres en ABC y El Mundo, respectivamente, cuando antes eran varios los columnistas a los que seguía.
Y sí, también de vez en cuando descubro un poemario intenso y disfrutable, pero sólo de vez en cuando.
Un abrazo.

Javier de Navascués dijo...

Gracias, José Manuel, por tu lectura tan rápida y al mismo tiempo tan certera. Me has alegrado la mañana. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias a ti, Javier, por el envío y por la gratísima lectura. Un abrazo.

rosa dijo...

Comparto ese escepticismo y creo que se debe a que ya, a esta altura de la vida, uno no se cree todo lo que escucha o lee -hay mucho histriónico suelto-. Me sorprende tu confesión,porque yo te veo expectante, ilusionado y receptivo, deseoso de ser sorprendido, de aprender, y esa actitud es la que debemos mantener. Mientras tengamos los ojos y el corazón abiertos, seguiremos creciendo... y disfrutando. De eso se trata, ¿no?
Por cierto, tomo nota de tu recomendación de lectura. Bss

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Rosa. Sí, mi curiosidad sigue intacta, pero quizá ya no tiene que ver con algunas de las cosas que menciono en la entrada.

Mery dijo...

Me alegra saber del poemario de Javier de Navascués, del que no tenía noticias. Uno mas para añadir a lo que yo llamo "parrilla de salida" de tantos libros que me quedan pendientes.
Y estaba yo pensando que si tienes una especie de síndrome de Diógenes guardando y ordenando papeles, no está mal si de lindezas como ésta se tratara.

Un abrazo

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Este libro, como habrás visto, no es de los que hay que mantener mucho tiempo en lista de espera, porque se lee en un suspiro, y se relee luego con mucho placer. Mi ejemplar lo tengo ya prestado, precisamente a una lectora de este blog. Para que veas, Mery, que no sólo lo guardo todo, sino que también, a veces, dejo circular libremente lo que llega a mis manos.