lunes, enero 04, 2010

RITOS DE PASO

Este año, como los anteriores, el paso de un año a otro nos ha encontrado en B., en la sierra. Cena sencilla, acompañada de un buen vino. Las uvas, el brindis con cava. Luego, en contra de nuestra costumbre, salimos. Aunque aquí salir, lo que se dice salir, apenas si se diferencia de quedarse en casa, porque tampoco hay tanta gente a la que ver, ni lugares a los que ir, y todo queda en familia.

El caso es que unos amigos vinieron a buscarnos y nos llevaron a casa de otros amigos suyos, entre los que había uno empeñado en recibir el año nuevo con cohetes, y estaba aplazando el lanzamiento de éstos hasta nuestra llegada. Viven esos amigos en una zona nueva del pueblo, bastante expuesta y desprotegida, lo que, en esa noche inclemente, prestaba una dimensión un tanto insensata al hecho de estar allí fuera, a la intemperie, en medio de lo que no sabíamos si era una neblina demasiado espesa o una llovizna demasiado difusa, viento estallar cohetes. Que fueron doce, a los que siguió una bonita traca de cien. Mereció la pena ver la cara de asombro con que la hija pequeña de uno de los presentes asistió a los estallidos y a la lluvia de chispas. Dentro de la casa se bebía y se bailaba al son de las inevitables canciones de los ochenta con las que nos hemos criado todos.

Un poco aburridos, los últimos en llegar nos fuimos a la plaza del pueblo, donde habían instalado una carpa y tocaba una orquestina. Se habían congregado un centenar o centenar y medio de personas. Se siente uno siempre muy fuera de lugar en estas ocasiones de bailoteo y ruidos, pero se hizo lo que se pudo por estar a la altura de la ocasión. En la cola del servicio, una muchacha de unos veinte años, que lleva un sombrero tirolés, me pregunta si soy escritor. No es frecuente que una desconocida me aborde y me haga esa pregunta, por lo que supongo que debí de poner cara de sorpresa. Se explicó: había asistido a una lectura que di hace un año o dos en su instituto. Luego me preguntó por el profesor que me llevó allí, que no es otro que mi amigo J.A.M., el pintor. Se lo señalo: "¿Ves esos cuernos que se mueven en la pista?", le dije, apuntando a un casco de vikingo que sobresalía por encima de las demás cabezas. "Pues ahí lo tienes". La chica, con alguna copa de más, se acercó a la mujer de J.A.M. "¿Te importa que me lo lleve a Madrid?", le dice, aludiendo a una inminente excursión escolar en la que la presencia de éste es muy solicitada. La aludida se encoge de hombros.

Y así va pasando la noche. Ch., el francés al que solemos ver por estos pagos una o dos veces al año, me pregunta si yo también soy pintor. Y uno, una tanto esponjado todavía por el encuentro en la cola del servicio, le dice que no, que uno es escritor -"Pregúntale a ésa", estoy a punto de decirle, señalando a la del sombrero-, a lo que el francés pone una curiosa expresión de asombro, antes de emplazarme a quedar con él al día siguiente, "para hablar de pintura". Duda uno de que el día siguiente ni él ni yo estemos para conversaciones artísticas. En mi caso, por sueño, más que por cualquier otra cosa, ya que, salvo el vino de la cena y un par de copas de cava, apenas he bebido nada. Pero uno ya está mayor, así que, cuando miro el reloj y veo que pasan ya de las cuatro de la mañana, dirijo a M.A. y a C. una mirada que ni siquiera necesita ser implorante, pues ellas son del mismo parecer. Nos vamos a casa.

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