martes, febrero 09, 2010

CIERRE

Desayuno y me visto sin siquiera levantar la persiana, por las prisas. Y hasta que no se alza la puerta del garaje no veo el día que hace: feo, desabrido, con una lluvia racheada, acompañada de un viento arremolinado que desaconseja abrir el paraguas. Uno de esos días, en fin, en los que más vale quedarse en casa. No me lo esperaba. Y todo la mañana ando bajo la impresión de esa sorpresa; y las pequeñas contrariedades que trae consigo la jornada, y que uno normalmente se echa a las espaldas sin mayor problema, revisten hoy ese carácter sorpresivo, abrumador. También respecto a ellas, me digo, conviene abrir las ventanas por anticipado. Para verlas venir.

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Menos mal que hay gente amable, que te ayuda a distraerte de tus preocupaciones. Por ejemplo, esta compañera, a la que hace unas semanas aconsejé sobre un ciclo casero de películas que pretendía organizarse, bajo el pretexto de que estuvieran todas basadas en un relato breve. A lo largo de la semana, su pareja y ella leían el relato en cuestión, y luego veían la película, precedida de una cena ideada a propósito... El ciclo, según me dice, se ha ido celebrando sin problemas a lo largo de los últimos meses. Han visto La diligencia (indirectamente basada en Boule de suif, de Maupassant), Forajidos (a partir de un relato de Hemingway), El nadador (adaptación del cuento del mismo título de Cheever), Dublineses, etc. Conozco poco a esta mujer, así que me cuesta imaginarla en estos ritos íntimos, que sugieren un grado alto de complicidad intelectual con su pareja y, a la vez, una cierta capacidad de ambos de retrotraerse a esa fase de toda relación en la que se propician estas ocasiones que llevan al mutuo conocimiento. Hablamos de otros ciclos posibles: uno de remakes, por ejemplo, para el que le sugiero revisar las versiones que Douglas Sirk hizo de muchos melodramas que previamente había filmado John M. Stahl... Y es agradable, después de todo, jugar este modesto papel en esta ceremonia ajena.

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Mientras escribo, llamadas telefónicas. La privacidad no es más que una oficina abierta, desde la que se despachan toda clase de asuntos relacionados con las necesidades y caprichos de uno. Pesa sobre mi ánimo la reciente muerte súbita de un hombre de mi edad, que ha sido muy comentada en el barrio. También él debió de ser, como todos nosotros, un despacho abierto, una especie de negociado del yo. Ahora ha echado el cierre, sin previo aviso.

5 comentarios:

Mery dijo...

Los cierres sin previo aviso son tristes, uno se siente huérfano de sopetón.
Muy buena recomendación la del cinefórum casero. Montar ciclos en casa propia es una idea poco común, ahora que lo pienso.
Un abrazo

José Luis Piquero dijo...

Esta mañana he desayunado al sol (yo trabajo en casa) pero mañana vuelve la lluvia. Es curioso viniendo de un asturiano pero no soporto ese tipo de días que describes. Para mí son días perdidos. Me pesan en el alma de una manera que supera el hecho físico de la lluvia.
En cuanto a las películas del ciclo matrimonial, las he visto todas pero me he llevado una gran sorpresa. ¿Te puedes creer que jamás había relacionado "La diligencia" con "Bola de sebo"? Lo que nos queda siempre por aprender...
Un abrazo.

GERARDWALT dijo...

Hay días como esos mi amigo. En que la vida se obstina en darnos más detalles de los que le pedimos...

Raúl dijo...

"Cierre" es un título demasiado pesimista, incluso para un día gris. Se me ocurre que uno siempre debería dejar la puerta entornada, para que se filtrara una luz de aviso por las rendijas.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, la verdad es que la entrada me ha salido pesimista. Pero hasta a Piquero, por lo que veo, tan acostumbrado a las brumas del norte, anda afectado por este tiempo variable y caprichoso. "La diligencia", por cierto, no está basada en "Bola de sebo", pero sí en un cuento de un tal Ernest Haycox, claramente deudor del de Maupassant. Saludos a todos.