miércoles, febrero 03, 2010

COMO SI

Leyendo este libro de recuerdos de un conocido editor y periodista, caigo en la cuenta de que, respecto a los libros y autores que conforman la trayectoria intelectual y sentimental de uno, caben dos actitudes: la de dar por bueno todo lo que lo pareció en su día, aunque la propia evolución de uno lo lleve por caminos muy alejados de los que frecuentó en su juventud; o la de ponerse en situación de permanente expurgo e inventario, como en una mudanza, e ir sacudiéndose todos los lastres adquiridos en cuanto uno toma conciencia de que lo son. Depende, supongo, del carácter de cada cuál. Quién no ha leído a Cortázar o a García Márquez, pongo por caso. Quedar deslumbrados por ellos a los diecisiete años, y en los años setenta, es perfectamente comprensible, y no es poco mérito por parte de estos autores haber logrado impresionar de ese modo a toda una generación de lectores. Ahora, quedarse ahí es algo muy distinto. Y limitarse a sumar, como si todo valiera lo mismo, muy peligroso.

2 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Hay versos que sonrojan: los encuentra uno en un cajón, perdidos, con la caligrafía antigua de los dieciocho años. Ni la letra ni lo que la letra dice parecen pertenecernos. No nos gusta ser el que fuimos, siempre buscamos al otro, el que viene, el futuro predecible y el escritor al que nos dirigimos. No hay criba en lo que no nos gusta, no hay texto siquiera. En ese plan, siendo estricto, nada de lo escrito en el pasado es válido en el futuro. Lo que hoy escribo y no me desagrada en exceso será expurgado, cribado (en fin) en el futuro. No estar nunca contentos. Jamás sentir orgullo de lo que hacemos. Borges se jactaba de lo leído más que de lo escrito. Tengo yo la idea de que es el ideal. Hace unos días me preguntó mi hija, que arranca ahora a escribir, cuándo hice el primer cuento. Pensé en todo esto. Busqué papeles antiguos. Vi cosas terribles, amigo. Versos ramplones. Ideas de otros. Supongo que es un aprendizaje. Como el pianista que se suelta haciendo melodías sin un patrón, que hace piruetas, que se detiene en una nota y la retuerce hasta el desmayo, que explota de rabia y golpea el piano. Escribir debiera tener algo de esto. Escribir como si tocáramos el piano en casa, a escondidas, sin que nadie advirtiese los exabruptos, los demarrajes, los rotos interiores. Lo que escribimos y leen los demás (nuestros libros, nuestros blogs, estos comentarios) ¿qué son, al cabo? No me preocupa ninguna de estas cosas. Lo principal del que escribe es desprenderse del rubor, ir por ahí desnudo o muy vestido pero parecer no llevar nada encima. Transparentes, exhibicionistas, líricos, plenos. Ah, terminé (un placer) Casa en construcción. Hay poemas estupendos. Dentro de los poemas hay una narrativa. Echo en falta en la poesía, en ocasiones, la narrativa, el contar cosas que se pueden expresar de esa manera. Poesía filmable. Perdona la extensión.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Estás en tu casa, amigo Emilio. Me alegra que te hayan gustado mis poemas. En cuanto a lo que decía Borges, también cabe sonrojarse (aunque menos) de lo leído; o reconocer que hay admiraciones que deben mucho a la bisoñez de uno, y que quedan en suspenso en cuanto uno tiene un criterio algo más asentado. De ahí mi sorpresa ante la celebración perpetua de esos "primeros deslumbramientos": la mayoría no resisten una segunda lectura.