viernes, febrero 19, 2010

EFIGIES

No suelen llevar buena vida las efigies: a las que no cubren de excrementos las palomas las derriban las multitudes enfurecidas, como ha sido el caso de las de Lenin y Sadam Hussein. A las de Fidel Castro, en Cuba, y las de Kim Il Sung y su hijo Kim Jong-il, en Corea del Norte, nada las podrá librar de ese destino, en cuanto caigan los respectivos dictadores. Más cercana, la última que quedaba de Franco, en Santander, reposa ya en el limbo de los almacenes municipales, junto a las carcasas de las carrozas de los Reyes Magos y las máscaras de gigantes y cabezudos. Mal asunto eso de tener estatua. Incluso las de cera, que son a las de bronce lo que una novela barata a un incunable, andan de capa caída, a pesar de que las protege la popularidad y el hecho, sin duda muy respetable, de que para verlas haya que pagar la entrada de los museos populares que las acogen. Curioso fenómeno ése de los museos de cera: la gente va a ellos a ver reproducciones de gente a la que está harta de ver en periódicos y telediarios. Y no van a verlas por el mérito artístico de la estatua, como irían a ver, pongamos, al Doncel de Sigüenza, sino, simplemente, para constatar el parecido; es decir, para congratularse de que la estatua en cera de doña Letizia Ortiz, por ejemplo, se parece a la propia doña Letizia Ortiz, sólo que un poco más pálida y mortecina. Y para constatar, también, que las personas retratadas de esa guisa gozan de la popularidad suficiente como para merecer esa modalidad de exhibición pública.

Visto lo que les está pasando a las estatuas de bronce, hubiera dicho uno que, puestos a perpetuar la propia efigie, mejor en cera, como los cantantes de moda y los toreros. Pero tampoco eso parece del todo seguro en estos tiempos cambiantes y caprichosos. Figuraba la del aristócrata don Jaime de Marichalar, por ejemplo, en el grupo que formaban los integrantes de la familia real española en el Museo de Cera de Madrid. Y ahora, una vez anunciado su inminente divorcio de la infanta con la que estaba casado, lo han retirado de ese lugar prominente y trasladado a los almacenes; donde, dicen, en breve le retocarán la nariz y el vestuario y lo convertirán en figurante de una escena callejera o una corrida de toros.

Bien mirado, no es mal destino para una estatua. Mejor eso que la destrucción. Debería hacerse lo mismo con las de bronce. Con unos pocos retoques, la de Lenin podría convertirse en una del doctor Mabuse, pongo por caso, en un parque temático dedicado a la megalomanía desaforada. La de Castro, en una del profesor Bacterio. Y así. Saldrían ganando. Como ha salido ganando ya la de Marichalar, si es verdad que su destino, a partir de ahora, será hacer de figurante en, pongo por caso, el entierro de Manolete. Al sol, que siempre es muy sano. Incluso el sol fingido de los museos de cera.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

Una precisión, José Manuel: creo que al pobre Marichalar lo habían trasladado ya a la sala de taurina antes de que se consumase el divorcio. Estaba de espectador mirando a los toreros (ignoro con cuánto interés) detrás de la barrera.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

¿Fidel Castro? ¿dictador? "no lo esperaba esto de tí" (frase que se ha puesto de moda en facebook, cuando vieron a unos etarras recientemente detenidos vistiendo ilusionados la camiseta de la Selección Española de fútbol en una foto del facebook de uno de los mendas). Un feliz fin de semana, José Manuel.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Agradezco la precisión, Javier. ¿Dictador? No, hombre, por quién me tomas.