viernes, febrero 12, 2010

EL HOMBRE QUE CAMINA

Una escultura de Giacometti, “El hombre que camina”, se ha convertido en la obra de arte más cara de la Historia, al alcanzar en subasta el precio de 74,1 millones de euros. Son muchos millones los que alguien ha pagado por tener cerca de sí a esta triste figura que parece un muñeco de alambre, y que, en el caso de que se le quiera buscar parentesco humano, evoca a esos trágicos esqueletos vivientes a los que nos han acostumbrado las imágenes de las hambrunas africanas, aunque no llega a inspirarnos ni la décima parte de la piedad que inspiran éstos. Ni siquiera es una obra única: por los museos del mundo andan esparcidas otras muchas figuras similares, que el escultor italiano prodigó con esa fe algo ingenua de quien cree haber encontrado un filón nunca antes explotado. Si acaso, ésta que ahora se ha vendido por tan astronómica suma es una de las más grandes: 1,83 metros, la estatura de un muchacho de los de hoy. Pertenecía a un banco y ahora no se sabe a quién pertenece, en qué jardín privado o en qué finca posiblemente rodeada de una valla electrificada y protegida por guardaespaldas dará su dolorosa zancada de hombre sin carne y casi sin humanidad.

No, no va a entonar uno aquí el denuesto del arte contemporáneo: otros lo han hecho ya, sin demasiada fortuna. Tenemos seguramente el arte que nos merecemos, el que corresponde a un tiempo que, a pesar de sus protestas de humanismo y su reivindicación constante de la dignidad humana, no ve en el hombre más que una caricatura insegura: un espantajo de piernas largas, tembloroso, sin rostro y sin facciones; o que, en caso de tenerlas, serían las de esos seres atormentados que pintaba otro artista que tampoco se cotiza mal, el irlandés Francis Bacon, que también descubrió su filón, el de los rostros acuosos y desfigurados, y lo explotó hasta el agotamiento.

Pero lo que más llama la atención de estas obras de arte es que, con todo su nihilismo, con toda su negatividad, encuentran siempre el modo de aferrarse a una única realidad tangible, al parecer más poderosa que las concepciones éticas y filosóficas de las que tan complacientemente se burlan: el dinero. Testimonian, dicen, el desamparo de la humanidad doliente, pero tienen el instinto de arrimarse a quienes tienen bien forrado el riñón, cuyas fortunas contribuyen a acrecentar. Desde luego, el banco alemán que ha vendido este “Hombre que camina”, por el que previamente había pagado otra fortuna, no ha salido perdiendo con la transacción. ¿Qué hubiera pasado en caso contrario? ¿Si, imaginemos, a quien dio cien en su día no le dieran ahora ni cincuenta, y al que finalmente pagara esos cincuenta no le dieran luego ni veinticinco? El mercado del arte se desplomaría. Y, con él, una de las más sorprendentes ilusiones que se ha dado a sí misma la época que nos ha tocado vivir.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

8 comentarios:

Olga B. dijo...

74,1 millones de euros. Madre mía.
Lo verdaderamente genial es ese ejercicio de ilusionismo permanente. ¿Quién dice que no los vale si alguien los ha pagado?
Pero ya Machado reflexionó con suficiente acierto sobre el valor, el precio y la confusión...

Javier de Navascués dijo...

Buenísimo.

Ramón Simón dijo...

En todas las palabras, acentos, comas, y puntos, que hoy publicas en tu blog, totalmente de acuerdo. Tenemos el arte que nos merecemos, como tantas otras cosas.
Pero también existe ese otro arte, llamado Arte, que otros, sin tanta repercusión mediática, crean. Pongamos como ejemplo en poesía a José Mateos, Eloy Sánchez Rosillo, José Julio Cabanillas, entre otros.
Saludos

Casiano dijo...

Uno pare las obras con dolor o con placer y después puede que sean insuficientemente valoradas dentro de lo razonable y otras que se salgan de madre por el afán especulativo que las convierte en meras mercancias, desprovistas de su halo espiritual. Puros cambalaches que van pasando de mano en mano: millonarios coleccionistas, banqueros sin escrúpulos, narcos inversores.
En fin.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

El rey va desnudo, y además... camina. Pero para ejemplo de marketing pseudoartístico el del italiano Catelan ¿Podemos imaginar cómo envejecerán estas "obras"? Pura superficialidad de nuestra época. Un abrazo.

El Capador de Turleque dijo...

No creo que el precio de una obra de arte sea algo que incumba a nadie que no sean los implicados en la transacción. Se utiliza una escultura o un cuadro como soporte de un valor igual que puede serlo una acción, un billete, una letra, un lingote de oro o cualquier otra cosa a la que por convención se le atribuya un valor monetario. Esto no creo que influya en su valor artístico. Aunque creo que es mejor tener en la caja fuerte o donde sea 74,1 millones de euros en forma de monigote que de lingote. Es cuestión de gustos...económicos

J.Lorente dijo...

Mi opinión sobre todo esto puede resultar algo ambigua en principio.

En una escultura no es tan importante la figura en sí que lo que pretende representar, y lo que representa está a menudo a merced del observador. Donde tú ves un esqueleto viviente tercermundista, yo veo a un hombre que camina entre la Vida y la Muerte (como todos) pero más cerca de esta última (de ahí su estilizada figura, en un amago de altura que se acerca más al Cielo) y alejándose de la Vida en un eterno paso (de ahí su descarnado aspecto)... Por supuesto, no es más que una interpretación que, posiblemente, no tenga nada que ver con lo que el autor pretendía, pero es lo que yo veo.

Por otro lado, creo que las obras de arte no deberían pertenecer a nadie. El Artista quiere comunicarse con el Mundo, y del mismo modo que un libro se publica para ponerlo al alcance de la Humanidad, una escultura debería exhibirse en lugares públicos (no digo gratuitos, que los libros hay que pagarlos también), y no en un jardín particular para deleite de una persona que se puede permitir el lujo de gastar una millonada sin despeinarse siquiera... Que inviwerta en Bolsa, que le sale más rentable.

Esto no es una crítica, sólo un punto de vista diferente. Tu texto me ha parecido (salvando cierto aspecto) excepcional.

Un Abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No niego los valores expresivos de esa escultura, amigo Lorente, aunque es obvio que a mí no me gusta demasiado. Lo que criticaba era, más bien, todo el valor añadido (no sólo económico) que una obra de arte recibe al ser objeto de una transacción de esta clase. Lo que es consustancial, por otra parte, a que pase a ser objeto de la exclusiva propiedad de alguien, porque, si no, ¿a santo de qué pagar todo ese dinero? Hay obras que, sin dejar de ser valiosísimas, han salido ya de ese circuito. No creo que el David de Miguel Ángel salga nunca a pública subasta, por ejemplo. Lo que, en cierto modo, coloca a estas obras susceptibles de ser compradas y vendidas en una categoría inferior.