lunes, febrero 22, 2010

LA HORA MALA

Carnaval, digamos, de retaguardia. Matrimonios con niños, adolescentes sin posibilidad de desplazarse por sus propios medios al verdadero meollo de la fiesta, treintaañeros en esa tesitura difícil de mantener los hábitos gregarios de la pandilla y, a la vez, atender al bebé que llevan en el carrito... Así es la celebración en esta localidad periférica. La alegría, no obstante, es genuina, y lo es aún más por voluntariosa. Y en esa hora mala de la tarde en que unos se retiran y otros están a punto de tomar la copa que les desequilibrará definitivamente el día, las terrazas se han vuelto familiares, como si todos y cada uno de los aquí congregados se conocieran de toda la vida. El cielo, mientras tanto, se ha vuelto negro. Y esta noche lloverá como si de la lluvia dependiera limpiar las calles sucias, baldear las terrazas, obligar a los feriantes zarrapastrosos a marcharse con su música a otra parte.

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Esa hora mala que decíamos tiene también su equivalente fisiológico: ese momento de la tarde en que a los enfermos, o a los que están a punto de enfermar, les sube la fiebre.

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Para conjurarla, como solemos hacer casi todas las tardes de domingo, vemos una película: No eran imprescindibles (They were expendable, 1945), de John Ford. No era, quizá, la más aconsejable. Porque lo que se anunciaba como una película patriótica, de las muchas que se hicieron durante la Segunda Guerra Mundial para consignar la aportación de cada cuerpo del ejército (en este caso, el de las lanchas torpederas) al esfuerzo bélico, pronto revela su condición de larga crónica de la vida en el frente en uno de los momentos más sombríos de la guerra: la invasión japonesa de las Filipinas, en la que las tropas norteamericanas fueron derrotadas y obligadas a rendirse. Hay pocas batallas, pocos momentos de exaltación heroica (que es, quizá, lo que uno buscaba para contrarrestar el ánimo apesadumbrado de la tarde de domingo, las décimas de fiebre de un catarro que no se decide a romper, la resaca de la fiesta pasada), y sí numerosas escenas en las que Ford muestra cómo la gran retirada estratégica, planeada desde las alturas, no consiste en otra cosa que en ir abandonando a su suerte a diversos destacamentos, los "no imprescindibles" de todas las guerras. Al final la exaltación llega por otro lado: de esos compases de "Red River Valley", por ejemplo, con los que Ford acompaña las apariciones de cierto capataz de astilleros, en el que adivinamos un pasado merecedor de ese himno de batalla; o las hermosísimas imágenes finales, en las que los últimos abandonados a su suerte se retiran por una playa al atardecer.

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