miércoles, febrero 17, 2010

LA MASAJISTA

La pesquisa de la que hablaba ayer -¿o fue anteayer?- me lleva a Todos estamos invitados, la última película (2007) de Manuel Gutiérrez Aragón. La vimos M.A. y yo sin hacernos muchas ilusiones, como colofón de un largo día de inactividad forzosa, determinada por el tiempo de perros y los achaques de uno. Y nos dejó de peor ánimo aun, si cabe. Con lo que cumplió admirablemente la función de este tipo de cine, que no puede ser otra que inquietar, remover conciencias, indignar incluso. Cuenta la historia de una persona amenazada de muerte por Eta en el País Vasco. Y los detalles que aporta al respecto son tan reales y certeros, y apuntan de un modo tan insoslayable a determinadas actitudes sociales (la indiferencia, por ejemplo, de los otros miembros de la sociedad gastronómica a la que pertenece la víctima, que son incluso testigos directos de la amenaza) e institucionales (el vergonzoso cursillo de autoprotección impartido por la policía autonómica), que no se explica uno cómo los aludidos no reaccionaron en su día e inundaron los periódicos de cartas exculpatorias o de protesta. Porque aceptar el alegato sin más no parece sino un nuevo motivo de vergüenza, añadido a los ya existentes. Quien calla otorga, dicen. Sólo que aquí ese silencio vergonzoso va mucho más allá del País Vasco, y afecta a la sociedad española en general y, específicamente, al entramado periodístico y cultural que suele encargarse de acusar recibo de estas cosas. ¿Por qué, en fin, los mismos que tanta importancia concedieron a La pelota vasca, el vacuo ejercicio de equidistancia e hipocresía que firmó Julio Médem, no se la dieron a esta película descarnada y valiente? Misterios de la vida política y cultural española, tan dada a hacer vindicaciones a toro pasado y tan poco propensa, en cambio, a constatar la realidad inmediata.

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K. ha vuelto a cazar un pájaro. La vemos salir del balcón con su víctima en la boca. Nos impresiona, claro, pero nuestra primera reacción es inhibirnos y dejar que la gata disfrute de su lamentable hazaña, de ya imposible enmienda. Hasta que constatamos, horrorizados, que el pájaro está vivo. Intentamos quitárselo de la boca. No hay manera. La gata aprieta las mandíbulas con una determinación desconocida, como si comprendiera que, en esta clase de cuestiones, concernientes a su verdad instintiva, no cabe retrotraerse a su condición espuria de muñeco de peluche, inofensivo y juguetón. La dejamos con su presa, y esperamos a que la suelte en el suelo -preludio del crudelísimo juego que la hemos visto practicar, a veces, con insectos y pequeñas lagartijas- para arrebatársela. El pájaro, después de todo, ha jugado bien sus cartas. Parecía malherido, pero el caso es que, en cuanto lo hemos echado al aire, ha levantado el vuelo más airoso del mundo y desaparecido de nuestra vista. La gata maúlla desconsoladamente y olisquea los rincones por los que ha transcurrido el poco glorioso drama. Entendemos sus razones. Lo verdaderamente complicado sería hacerle entender a ella las nuestras.

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La masajista. Clava sus dedos en mi carne en busca del punto doloroso, lo encuentra, reconoce su textura especial. El dolor, en sus manos, es un grumo del cuerpo. Ahora lo amasa con insistencia, sin piedad, y ese incidir en el lugar del daño resulta incluso placentero. "Dime hasta dónde eres capaz de aguantar", me dice al aplicarme un electrodo. Y me muerdo la lengua para no contestarle lo que se me pasa por la cabeza.

4 comentarios:

Juan dijo...

A post valiente no tenemos más remedio que "mojarnos", José Manuel.
Aunque no he vivido en el País Vasco, creo que conozco de una manera un poco más cercana que la mayoría de personas que nos somos vascas cómo es el día a día en la zona (bellísima, por cierto)ya que por motivos laborales he viajado todos los meses entre dos y tres semanas durante 9 años.

Nadie se preocupó de "lo" que pasaba mientras a los vascos no le tocó sufrir en sus propias carnes el terror. Porque había mucho miedo
y no alcanzaron a calibrar la magnitud de lo que podía suceder.

Mientras estuve allí nadie hablaba "del tema" aunque era evidente que se respiraba miedo y nadie quería meterse en problemas.
Sin embargo ¿qué sociedad democrática es esa que vive coaccionada por el miedo?

Me da pena en cierta manera porque no he visto gente, la inmensa mayoría, más noble que la vasca.

La solución es difícil pero pienso que no solo es cuestión de diálogo sino de aislamiento (de las personas que se empeñan en excluirse: los terroristas) y de valentía aunque sea difícil.

Veré la película.
Y acabo con un mensaje que hace años me impactó y que promocionó el Departamento de Turismo del Gobierno Vasco para fomentar las visitas a Euskadi: "Ven y cuéntalo".

Nada mejor para que la gente opine que el conocer la zona, el día a día, en este caso de tantas personas buenas que viven en un entorno bellísimo pero que comparten espacio vital con unos indeseables que aunque pocos, hacen mucho ruido.

Agur, desde Andalucía.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No podía estar mejor expresado, amigo Juan. Gracias por el comentario.

Quequi dijo...

Me estoy acordando también de la película documental "Uno entre mil". Vaya, cómo las gasta K. Yo a los pájaros que vienen a la terraza les ladro y los espanto, pero no los cazo ¡Cómo son estos gatos!

Ula dijo...

Quequi, es que los perritos no sienten por naturaleza el deseo de cazar a un pájaro, pero nosotros, los gatitos, estamos inclinados a ello.
Claro que comprendemos las razones que tienen nuestros amos (¿Amos?)y que les produzca un cierto horror el espectáculo, pero ellos saben que los gatos siempre han cazado pájaros y muchas más cosas que se mueven o vuelan. Y nosotros sabemos que ellos nos cuidan, nos quieren, nos alimentan pero se olvidan los humanos, a veces, de los instintos. Deberían desordenar los sentidos de vez en cuando.
Un saludo.