viernes, febrero 26, 2010

SOLOS

Sé que lo que corresponde, después de que las lluvias interrumpieran el otro día las comunicaciones entre Cádiz y Sevilla, sería protestar por la vulnerabilidad de nuestras infraestructuras y por la sensación generalizada que tenemos últimamente los españoles de vivir en un país en el que todo es contingente e inestable. Otros columnistas lo habrán hecho, y a ellos remito. No es para tomárselo a broma: por la carretera cortada nos llega a quienes vivimos en este extremo de la Península casi todo lo que necesitamos, por lo que cabe imaginar que ese simple corte seguramente significó que miles de pedidos no fueron entregados puntualmente, que otros tantos trabajos dependientes de esos suministros no pudieron realizarse… Sí, tendría uno que haber puesto voz, desde esta columna, a la legítima indignación de muchos. Pero sucede que hay días en que este columnista se levanta con la cabeza a pájaros, y en los que cualquier suceso que se salga de lo normal despierta en él unas incontrolables ansias de que la realidad por una vez se ciña a ese curso caprichoso e imprevisible. La “ínsula gaditana” se convierte en isla con todas sus consecuencias. O, simplemente, en barco que se aleja lentamente de una costa que, de pronto, se cierra en sus nieblas y resulta, de lejos, extraña.

No soy el primero que ha tenido esa fantasía. El portugués Saramago imaginó que la Península Ibérica entera se convertía en una inmensa “balsa de piedra” que navega libremente por el océano. Con una imaginación más alada y mejor prosa, el británico Chesterton especuló una vez con que los barrios de Londres perdían de pronto su conciencia de partes de un gran todo y se convertían en pequeñas taifas independientes, sobre las que campeaba la figura sorprendente de un “Napoleón” de Notting Hill, abanderado de esa causa absurda. Fuera de la literatura, en nuestro agitado siglo diecinueve hubo quien quiso proclamar el “cantón” de Cádiz… En todas esas fantasías late un mismo designio: romper el determinismo de la realidad, las dependencias geográficas y políticas, la imposibilidad humana de soñarse desligado de coordenadas físicas o culturales fijadas de antemano.

Aunque yo no quisiera viajar en ese barco, o ser uno de los miles de robinsones abandonados a su suerte en esa isla. También hubo, en ese mismo siglo confuso y heroico que decíamos antes, quien empezó una revolución en este extremo de la Península y, al mando de un regimiento de exaltados, se sintió con fuerzas para imponer un nuevo rumbo a todo el país. Es cuestión de puntos de vista. Si el mundo es esférico, piensan algunos, siempre se halla uno en el centro de su superficie. Lo dijo James Cagney al final de Al rojo vivo: “Top of the world, ma” (“Madre, la cima del mundo”), antes de precipitarse al vacío. Ese vacío sobre el que flotamos, siempre solos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

Eutanasio Pelaez dijo...

Jugaba yo de pequeño a que las sabanas tendidas en la azotea eran velas hinchadas de levante. A lo mejor algún día hacen zarpar a las anclas gaditanas.