martes, marzo 23, 2010

CASA DE COMIDAS

A menudo, cuando he de comer fuera de casa por motivos laborales, busco un sitio donde tomar una copa de vino y algún aperitivo sabroso, por eso de gratificarme un poco en tan desabridas circunstancias. Pero traía uno el estómago castigado del fin de semana precedente, a lo que había que sumar un considerable catarro, de ésos que te hacen ver el mundo como desde detrás de una telaraña. Y lo que me apetecía era una comida caliente. De cuchara, para ser más exactos. Y entro en este restaurante obrero en el que ponen un menú de ocho euros y reina un aplicado batiburrillo de conversaciones de trabajo y susurros de matrimonios que hoy comen fuera de casa por motivos, imagina uno, absolutamente prácticos, a lo que se mezclan el trasiego de los camareros y la monótona repetición de las comandas.

Es un bar honrado y limpio, y la cocina no está mal. Podría uno incluso, si hubiera querido, haber pedido los platos más contundentes. Vi pasar, entre los primeros, uno de albóndigas en salsa que hubiera bastado para inducir en uno vapores soporíferos suficientes para una siesta de dos horas. Pero soy prudente y me conformo con una sopa de pescado -muy sabrosa-, un "rollito de atún" -que no es más que una de esas frituras imaginativas, hechas de casi nada, a las que son muy aficionadas algunas amas de casa- y un par de mandarinas. Todo ello regado por medio litro de agua mineral. Como con buen apetito; y me levanto de la mesa con la cabeza despejada y el cuerpo mejor entonado que cuando me senté. Me he ganado este pan, pienso. Y no es del todo malo un país, una ciudad, en los que uno puede coincidir a la hora del almuerzo con varias decenas de personas que comen este menú sencillo y se incorporan luego a sus trabajos.

La sensación de desamparo empieza luego, cuando el aire destemplado de esta primavera indecisa se me mete entre los pliegues de la ropa descolocada. Estar fuera de casa, ciertos días, es como estar literalmente tirado en la calle. Y sé que lo que me falta -lo que voy a procurarme en cuanto llegue a mi lugar de trabajo- es un poco de agua y jabón, unas abluciones abundantes en la cara y el cuello. Y ya me siento limpio por fuera y por dentro.

6 comentarios:

Raúl dijo...

Me queda perfectamente clara, y la comparto, esa sensación que tan bien cuentas.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Es una grata sensación esa de hallar un lugar entrañable para comer fuera; en mi lugar de trabajo, Coria, hallé uno así ya hace cinco años, y no falto ningún martes. Algún día le dedicaré una entrada. Un abrazo.

Ramón Simón dijo...

Almuerzo todos los días fuera de casa en un pequeño bar de familia, limpio y honesto como tu describe en la entrada. Va para seis años. Ser un hombre divorciado tiene sus ventajas y desventajas. No sólo he hecho nuevos amigos en " casa Marco",así se hace llama el restaurante, lo cual es gratificante; también hay una sinfonía de voces que se mezclan dulcemente entre ellas, entre los alumnos del conservatorio superior de música y los obreros de la construcción: albañiles, fontaneros, pintores, encofradores... Una sinfonia que bien podría haberla compuesto Beethoven, y que no la cambio por nada del mundo.

Saludos

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Pues me alegro de compartir esta experiencia con todos. En el fondo, lo que nos gusta a todos es observar a nuestros congéneres, que ofrecen un espectáculo inagotable. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Compruebo que ese don de vivir con la sensibilidad y la capacidad de observación a flor de piel no es en ti agotador. Un abrazo.

Hosting Web dijo...

Excelente blog y muy buen post, realmente llegué a tú blog por coincidencia, pero he leído un par de artículos y me han parecido fascinantes, espero sigas así.

Un saludo.