sábado, marzo 13, 2010

CHILE

Entre las catástrofes reales y las que anuncia la fantasía desbordada de iluminados y milenaristas (por ejemplo, la muy extendida de que el fin del mundo se producirá el año 2012), llama la atención que el agente más catastrófico que podamos temer no sea otro que la potencialidad destructiva del propio ser humano. Lo han puesto de manifiesto los recientes terremotos de Haití y Chile. En el primero, los efectos del desastre natural se han centuplicado al actuar sobre un país previamente devastado por la miseria. El temblor de tierra no ha hecho más que asestar el golpe de gracia a lo que ya de por sí era precario e insostenible. En Chile, por el contrario, las infraestructuras básicas y el aparato estatal han soportado bien el cataclismo, y la cifra de víctimas mortales no ha llegado ni a la milésima parte de la alcanzada en el país caribeño. Desde el principio estuvo claro que no íbamos a contemplar las mismas imágenes de desastre bíblico, de inmensas multitudes desharrapadas, que había deparado Haití, y lo que se esperaba era ver desplegadas las fuerzas del poderoso y moderno estado chileno en un rápido proceso de recuperación para el que ni siquiera se requirió, en los primeros momentos, la ayuda internacional, que no iba a hacer falta... Y aunque la realidad ha superado con creces esas primeras estimaciones optimistas, nada hace suponer que la recuperación no vaya a ser tan rápida y eficiente como se suponía.

Sólo que, mientras llega ese momento, los motivos por los que el país austral ha dado que hablar han sido otros. Desde el primer día los medios de comunicación han difundido imágenes de saqueos y desórdenes públicos, y una de las prioridades del gobierno de ese país ha tenido que ser enviar tropas a las zonas devastadas para restablecer el orden. Es una triste paradoja que el ejército chileno, sobre el que pesa un lamentable pasado como represor de su propio pueblo, vaya a ser ahora el único garante de la convivencia en las regiones destruidas.

Escenas como ésas podrían haber sucedido en cualquier otro lugar. Pueden atribuirse a la desesperación o a la impaciencia, puede pensarse que traducen un malestar social previo. Pero también hay en ellas un ingrediente de puro oportunismo malvado: se aprovecha la momentánea desaparición de las estructuras del estado para actuar como si nunca hubiera habido estado ni leyes; se considera que la catástrofe concede un momentáneo lapso de impunidad, cuyos efectos pueden ser tan devastadores como el propio terremoto. El azar ha querido que hayan sido los chilenos, tan estimados y admirados por tantas razones, quienes han ofrecido al mundo este lamentable espectáculo. Pero lo que hay que preguntarse es qué pasaría en nuestro país si alguna vez nos vemos obligados a enfrentarnos a tan dura prueba. Yo no me hago muchas ilusiones al respecto.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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