lunes, marzo 08, 2010

DE DÓNDE


Les sienta bien a estos cuadros un cambio de aires. La mayoría los habíamos visto en el estudio del pintor, y aunque la casa de éste es ya, a muchos efectos, un verdadero museo, y para verlo acuden a ella muchos visitantes, no deja de presentar ese carácter de acomodo provisional que tiene siempre un atelier en funcionamiento, donde las obras allí reunidas parecen siempre inacabadas o, al menos, sujetas a retoques. Ya no. O, al menos, esos retoques no afectarán al carácter total del conjunto de obras que los asistentes a esta exposición de José Antonio Martel, una de las pocas que ha ofrecido en su ya larga trayectoria artística, hemos podido ver en la antigua ermita de San Juan de Letrán, en Ubrique.

Era una tarde lluviosa, desabrida, como lo han sido muchas de este ingrato invierno. Y uno corrió a resguardarse bajo el techo de la antigua ermita como en otro tiempo, imagino, lo harían los muchos que acudían a estos sitios a refugiarse entre unos muros más abrigados y acogedores que los de la propia casa. He leído en alguna parte que esta extraña ermita del siglo XVII, de cuya singularidad arquitectónica se han ocupado muchos estudiosos locales, nunca llegó a funcionar como lugar de culto. Una familia ubriqueña la utilizó como vivienda, y eso fue hasta que le llegó el abandono y la ruina, de los que acaba de sacarla el ayuntamiento. Pero el nuevo uso no ha borrado del todo el recuerdo de lo que fue, y eso es lo que uno siente al entrar aquí, dejando atrás la tarde inclemente: que ha irrumpido en la intimidad de una casa. Y no lo digo sólo porque quienes nos hemos congregado en ella seamos vecinos, amigos y parientes del pintor, sino porque los propios cuadros elegidos para la ocasión de entre los muchos pintados a lo largo de los últimos veinte años representan otros tantos instantes o imágenes de un mundo íntimo, personal, directamente vinculado a la propia biografía: paisajes cercanos, retratos de parientes y amigos, recuerdos de la infancia. Eso es lo que vemos en ellos, a asuntos tan modestos se aplica la minuciosa técnica con la que están ejecutados.

He frecuentado mucho a este pintor -es el "J.A.M." de este cuaderno- y su modo de trabajar me ha suscitado numerosos interrogantes respecto a lo que perseguimos quienes nos dedicamos a algún tipo de creación artística, y sobre todo quienes utilizamos como materia prima la propia biografía. Decir que lo que pretendemos es retener el instante fugaz suena casi a tópico. Y, además, ¿para qué quiere uno una colección de instantes sustraídos a su fugacidad, rescatados momentáneamente del impulso que los lleva a extinguirse? Se pinta -y se escribe- en esta clave autobiográfica porque la vida escueta, desnuda, es insuficiente, o porque, aunque normalmente nos quejamos de falta de tiempo, no hay hombre al que éste no le sobre para vivir su propia vida y, además, recrearla; y porque en ese acto de recreación, tan intenso como intencional, lo vivido cobra más fuerza y pertinencia.

Pero estas consideraciones, naturalmente, me las guardo para mí. Allí, en la exposición, en esa tarde lluviosa y fría de marzo, lo que hicimos fue contribuir a la mundanidad del acto. Hablamos con unos y con otros, nos reímos de las meteduras de pata e importunidades de algún que otro político presente, dimos buena cuenta del vino y las viandas a que nos convidaba el pintor. Aquello acabó como cualquier fiesta de amigos: todos muy contentos y prometiéndonos repetirlo en cuanto podamos. Ya de vuelta a casa, me acordé de otro creador y amigo al que esta campechanía le perjudicó no poco: el escritor Fernando Quiñones. Pero Quiñones mantenía una imposible dualidad entre su simpatía e inmediatez y las altas aspiraciones que, con todo fundamento, abrigaba respecto a su arte. Martel ni siquiera eso: ya ha costado lo suyo que se avenga a exponer. Que, además, llegue a ser consciente de su valía e importancia es harina de otro costal. No sé si merece la pena insistir en ello, porque a lo mejor así lo estropeamos, lo inducimos a una autoexigencia que ahora mismo no necesita, porque sus cuadros surgen del caos tan perfectos y logrados como podrían haber surgido de una disciplina más rigurosa, o de una vida exclusivamente dedicada a la creación artística, y no, como la de nuestro amigo, repartida entre la enseñanza, la familia, el cuidado del huerto, el deporte, la amistad y no sé cuántas cosas más. Aunque no sé si, sin todo esto, la pintura, como la literatura, tendría de dónde nutrirse.

3 comentarios:

Ramón Simón dijo...

Pienso que para crear hace falta algo más que vivir. Estar al cabo de la calle para escuchar, oler, observar, acariciar la vida que nos rodea son condiciones que todo artista ha de tener . Otra cosa bien distinta es la manera o forma que cada cual sepa llevar a cabo esas virtudes o dones recibidos.

Hermoso comentario, y un buen final.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias. El pintor, lo aseguro, lo merece.

Casiano dijo...

Digo que se lo merece, yo también lo aseguro. Son muchos años ya.