jueves, marzo 11, 2010

DONOVAN'S REEF

No, no es que La taberna del irlandés (Donovan's Reef, de 1963, el año en que yo nací) sea la mejor película de John Ford. Pero es una de mis preferidas, quizá porque refleja ese momento mágico en el que el artista maduro, desde el absoluto y despreocupado dominio de sus recursos, hace lo que le da la gana, y lo hace exclusivamente para diversión propia, porque el público ya ha dejado de contar...

La crítica biempensante ha señalado los defectos de esta película, que son obvios: los protagonistas masculinos son una cohorte de impresentables, que se pasan el día emborrachándose y dándose mamporros. El argumento es arquetípico. Y la idílica isla tropical en la que tiene lugar la historia responde a un sinfín de tópicos racistas y colonialistas. Bueno. Que yo sepa, la corrección que cabe demandar de un cargo político, por ejemplo, no es exigible a las fantasías y ensueños del ciudadano particular. Si la idea de paraíso de uno es, por ejemplo, hallarse en una isla tropical y que lo abaniquen una docena de muchachas semidesnudas, nadie puede demandarte porque esa fantasía resulte degradante para la mujer o para los nativos del Pacífico, pongo por caso.


Por lo demás, en ninguna de las críticas que he leído sobre esta película se alude a uno de sus detalles más sorprendentes: el insólito erotismo, a veces muy burdo y casi voyeurístico, que desprenden algunos planos. La protagonista, por ejemplo, que es una presunta puritana llegada de Boston, ha de comprarse un bañador; y, para seguirles la broma a sus anfitriones masculinos, elige un modelo de principios de siglo que la cubre de la cabeza a los pies. Pero, cuando llega la hora de medirse con John Wayne en una carrera a nado, se arranca este traje de baño pieza a pieza, en una inesperada escena de strip-tease, y se queda con un escuetísimo maillot, ante el que su deslumbrado acompañante debe cerrar los ojos. En otros muchos planos, en los que se muestran los constantes batacazos a los que Ford somete a su cariacontecida protagonista femenina, ésta deja ver sus espléndidas piernas enfundadas en ligueros, en fugaces destellos que parecen dirigidos expresamente al espectador masculino, puesto en la misma tesitura sorprendida y un tanto incómoda de los protagonistas de esta película. Y aunque uno pueda inclinarse momentáneamente a favor de la ruda hermandad entre hombres solos que ésta parece defender, ha de asentir también a los secretos poderes de la naturaleza destinados a destruir tan antinatural utopía. Llega una mujer y el ensueño se desbarata, para bien de todos. Es el mundo de Ford, basto y rudimentario, pero tan sincero como capaz de dar cabida a todas esas ambigüedades que definen el comportamiento humano. No hay paraíso perfecto, parece decir, porque uno no sabe lo que quiere y porque el deseo acaba imponiendo sus razones. Ése es el mensaje agridulce de este disparate fílmico. A mí me gusta. Otra cosa es encontrar con quiénes disfrutarlo.

3 comentarios:

Ramón Simón dijo...

Pues a mi me gusta también.
Ya somos dos.

Saludos

Anónimo dijo...

El otro día Azorín y hoy Ford: comparto. ¿Dónde nos vemos? Gracias.

domingovallejo dijo...

Otra vez en guerra con este trato. El anónimo soy yo domingovallejo. Gracias.