viernes, marzo 05, 2010

EL SEÑOR TOYODA

El señor Toyoda es japonés y dueño, o así, de la empresa automovilística casi homónima. Ocupa el puesto vigésimo octavo en la lista Forbes de los hombres más poderosos del mundo. Y a este hombre tan importante lo hemos visto pedir disculpas y asumir toda la responsabilidad por un error de fabricación en sus coches. Y, además, lo ha hecho ante una instancia extranjera –una comisión del Congreso de los Estados Unidos– que no tiene ninguna jurisdicción sobre él, y ante la que ha comparecido voluntariamente. La sesión fue emitida el pasado miércoles en todos los canales internacionales. No así en los españoles, que ese día, como siempre, iban a lo suyo (a lo nuestro): a nuestros ríos desbordados, a las dimes y diretes de los políticos, a la trapacería circundante.

Dirán ustedes que qué nos va a nosotros en los apuros del señor Toyoda. Nada, por supuesto. O mucho, si atendemos a lo que dijo el sabio aquel de que nada humano le era ajeno. El caso es que, viendo a este señor Toyoda, tuve la impresión de que el hombre se la estaba jugando en ese momento, y que la ocasión era una de las más importantes, si no la más importante, de su vida. Confluían en ella dos exigentes códigos morales: el japonés, en el que tanto peso tiene la responsabilidad corporativa, lo que uno es y representa entre los suyos, y el protestante, que no tolera en los hombres públicos las debilidades que se le podrían perdonar sin más al común de los mortales. Ante tanta exigencia, casi nos temimos que al final de su declaración este señor Toyoda empuñaría un cuchillo y se haría el
sepukku, que es lo que los japoneses honorables hacen cuando su respetabilidad ha quedado gravemente comprometida. Si no lo hizo, piensa uno, es porque seguramente juzgó más urgente reparar el desaguisado y empeñar su palabra en ello… Muchos dirán que hay mucho de teatro en esto, y que la finalidad de toda esta puesta en escena no es otra que evitar que las ventas de esa compañía caigan en picado. Es posible. Pero está uno tan poco acostumbrado en estas latitudes a que el poderoso reconozca sus errores, que el ritual no pudo por menos que emocionarme.

Y es que no es difícil imaginar cómo hubieran transcurrido los hechos si este error empresarial hubiese tenido lugar en cualquier otra parte. El primero en eludir su responsabilidad habría sido el ministro del ramo, de quien dependen las certificaciones legales que garantizan que un producto cumple determinados requisitos. Luego habríamos visto lavarse las manos al presidente de la compañía y a sus allegados. Y así hasta llegar a algún remoto jefe de línea, o incluso a un simple empleado, que sería a quien obligarían a hacerse el
sepukku. No hace falta mirar muy lejos para encontrar ejemplos. Ah, el señor Toyoda. Cuánto podríamos aprender del Japón, además del arte de preparar el sushi.

Publicado el pasado martes en
Diario de Cádiz

1 comentario:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

A mí de adolescente me fascinaba el Japón. Esa cultura de la responsabilidad me parece ahora que tiene su contrapartida negativa en una rigidez moral que excluye el arrepentimiento y la posibilidad del perdón. En cuanto a la mentalidad protestante, defensora del libre examen de la Biblia pero en realidad atada a la interpretación literal, creo que lo que no tolera realmente es la mentira y el perjurio en la vida pública. Véase el affaire Lewinsky, donde el empeachement contra Clinton no estaba tanto motivado por sus escarceos sexuales con la becaria, sino por haber mentido al Congreso. Un buen fin de semana, José Manuel.