miércoles, marzo 24, 2010

ESFÍNTERES

Escribir a salto de mata, casi a escondidas, en estos días ajetreados en que no hay tiempo apenas para ningún otro acto que pueda llamarse "privado"... La paradoja es que el destino de estas líneas es público: podrán leerse en cuanto uno les ponga punto final. Pero cómo se recata uno de que nadie le espíe por encima del hombro. Private words adressed to you in public, como decía el pobre Eliot a esa esposa suya a la que, al parecer, no quería.

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Cómo le agradece uno a Léautaud que, tras los larguísimos preámbulos en los que cuenta la excitación sexual que siente hacia su madre, y cómo ésta -a la que hace veinte años que no ve- parece seguirle el juego, renuncie a hacernos creer que lleva a cumplimiento sus deseos. Eso no sólo salva la esencial ambigüedad de estos Recuerdos ligeros, que no sabemos si son autobiografía o novela; sino que, además, los salvan literariamente, porque también en literatura hay tensiones que, una vez liberados los esfínteres correspondientes, se quedan en nada.

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Conversaciones conspirativas. Lo cogen a uno curado de espanto. ¿De quién era este estupendo título, Conspiración de silencio? La única para la que podrían contar conmigo.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

"Conspiración de silencio" (1955) de John Sturges con Spencer Tracy. Parece que en todas partes cuecen habas. Un abrazo.

José María Pérez Collados dijo...

Y a mí que nunca me ha parecido morboso esto del sexo con parientes cercanos. Lo digo porque desde Froid, la cosa debería ser una tendencia (o tentación, según se quiera interpretar), bastante oculta y generalizada.

Todos los años, a mis estudiantes de antropología jurídica les explico que el incesto es la única norma universal que existe, y que está detrás del origen de la sociedad (al constituir la primera norma, da lugar a la primera estructura social).

Y cuando les estoy contando esto, pienso si muchos de ellos estarán recordando pequeñas historias inconfesables de sus vidas, ocultos sueños, morbosos equívocos... .

Todos los años, cuando cuento estas cosas me fijo en las caras de los alumnos y siempre detecto cierta rigidez, eso que se ha venido en llamar "cara de póquer", qué no sepan qué cartas llevo... .

En fin.