jueves, marzo 18, 2010

EXCESO DE VIRTUD

La portada de Recuerdos ligeros de Paul Léautaud luce una hermosa pierna femenina, enfundada en una media de red. Mi vecina de viaje en el autobús no debe de albergar muchas dudas respecto al tipo de literatura que lee su sospechoso acompañante: este hombre bajito, un sí es no es abrumado y con la garganta exageradamente protegida por varias vueltas de bufanda. La viva estampa de un pervertido. Por un momento, miro la foto de Paul Léautaud que se muestra en la portada: una imagen, en fin, un tanto similar a la que acabo de describir, sólo que mucho más decrépita, y sin dientes... La imagen misma del hombre devastado por los vicios, supongo. O -pienso ahora en mi garganta, por la que ya no pasan humos ni bebidas frías- por un exceso de virtud.

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Ando tan irritado conmigo a propósito de cierto asunto mundano que no acabo de resolver a mi entera satisfacción, que me parece acusar, con el nerviosismo y la aceleración del pulso, los síntomas de un acceso de fiebre. Entiendo ahora las prevenciones de los padres del desierto: se puede enfermar de soberbia, que es el otro nombre que recibe la dignidad herida.

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Mimos de K. La siento dormir en mi regazo y pienso que el anhelo de afecto que sentimos las criaturas racionales no es más que una forma enrevesada de este afán por acaparar calor y sentirse a salvo.

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