martes, marzo 16, 2010

PÁGINA EN BLANCO

Realmente no sé por qué falté ayer a este cuaderno. Los fines de semana suelen ser pródigos en cosas que contar, y sentarse a anotarlas el domingo por la noche es una buena manera de conjurar el malestar de esas horas previas al regreso a la rutina. Lo hice: me senté ante el ordenador, y había materia para escribir: lecturas, conversaciones con amigos, algunas novedades en el quehacer de uno. Pero hubo algo más poderoso aún, que terminó imponiéndose a los buenos propósitos: una sensación de absoluta... futilidad. Me distraje con otras cosas (ya se sabe: Internet, ese pozo sin fondo), me persuadí de la inutilidad del esfuerzo, habitualmente grato, que me disponía a hacer. Y esa página en blanco, después de todo, me resulta ahora más elocuente que muchas que he escrito.

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Entre esas modestas novedades en mi quehacer estaba la corrección de pruebas de Diario de Benaocaz, mi nuevo libro de poemas. Entre el cierre del mecanoscrito que se envía a la editorial y su concreción final en forma de volumen impreso está este estadio intermedio, esta especie de prefiguración inmaterial -porque, el fin y al cabo, el PDF no es más que una imagen- resulta muy inquietante, porque tiene ya, como el libro impreso, las trazas de un objeto lanzado al mundo y, sin embargo, parece reclamar de uno los últimos retoques, un ya imposible esfuerzo por pulir lo que ya no podría arreglarse sin resultar irremisiblemente dañado o deformado. Por eso mismo, no sale uno del todo malparado al mirarse en este espejo: en unos pocos meses nada ha cambiado, siguen intactos los motivos, las convicciones que llevaron a cerrar el libro entonces. Cuando lo veamos impreso será otro cantar. Quizá la poesía no necesite, después de todo, ese inevitable trámite final, que la afea al convertirla en objeto sujeto a pública opinión y a los vaivenes y mudanzas propios del tránsito mundano. El objetivo es que encuentre sus lectores, y no dudo de que así será. Pero...

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¿Habrá experimentado estas mismas dudas este otro poeta hacia el que siento una especial afinidad (por su vida, por los asuntos de que trata, por el tono con el que los aborda), y del que recibo ahora su libro Nombres del árbol? Lo leo ante el fuego en la tarde del sábado. Pinos, castaños, un cercado, una bandada de vencejos... Casi anticipa uno lo que podrían decir de estos asuntos algunas voces del día muy autorizadas. Pero el testimonio sencillo de estos versos de Antonio Moreno resulta inapelable. Ha de medirse uno respecto a estas realidades modestas. Y ha de hacerlo uno sin levantar la voz. Lo demás es ruido.

4 comentarios:

Alejandro Pérez Ordóñez dijo...

Tu diario benaocaceño ya tiene asegurado un futuro lector. Y sí, no me da rubor reconocer que la mera mención del pueblo es un fuerte atractivo para que busque el libro próximamente en los comercios, pero no lo son menos también el conocerte y el ser lector, aunque irregular, de este cuaderno.

Mery dijo...

Una de las mejores maneras de pasar la tarde es la que acabas de describirnos: ante la chimenea, con un buen libro de poesía entre las manos.
Un abrazo

f benitez r dijo...

Enhorabuena por el nuevo libro. Deseando leerlo.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Alejandro, Felipe, por los parabienes hacia el libro en ciernes. Llegará a finales de abril. Un abrazo.