viernes, marzo 26, 2010

REGALOS

Ya se sabe que estas fiestas se inventaron para regalar, y que los regalos van por rachas. Por eso, no me ha extrañado saber que los más vendidos en el pasado Día del Padre han sido los artilugios electrónicos, en detrimento de otros más tradicionales. Un padre, a lo que se ve, no es ya un señor que ocasionalmente usa corbata y unos divertidos calcetines a rombos, amén de una colonia de olor viril y severo. Ahora un padre es un tipo abrumado al que le encanta volver ocasionalmente a la infancia, y para ello necesita rodearse de un aparataje similar al que gastan niños y adolescentes para guardar sus músicas, su agenda social y sus juegos; pues tales son las cosas con las que aspiramos a graduarnos en modernidad quienes crecimos con la televisión en blanco y negro y los teléfonos de baquelita.

Es un mundo complicado éste de la electrónica menuda. Te regalan uno de esos teléfonos con las mismas prestaciones que un ordenador y lo primero que advierte uno, a su pesar, es que la presbicia no le permite ver lo que hay en la pantalla. Por eso había renunciado uno ya a releer a los clásicos rusos: porque, para poder disfrutar de Guerra y paz, pongamos, en un tamaño de letra adecuado a la mermada vista de un hombre de cuarenta y tantos años, habría que buscar una edición de ese libro en diez tomos, por lo menos. La novelería, en fin, y el prestigio de la microelectrónica habrán inducido a muchos a olvidar esa valiente renuncia. Y ahora andarán humillados y cabizbajos, no atreviéndose a reconocer ante sus familiares que su vista no puede ya con los caracteres de la pantalla minúscula; y que mejor hubiera sido, en su caso, recibir los consabidos calcetines a rombos.

Claro que, puestos a echar de menos ciertas cosas, habría que decir que lo verdaderamente irrecuperable son los regalos que los niños urdían en la clase de trabajos manuales de sus colegios. El más socorrido era la pitillera de sobremesa, construida con palillos de dientes y cajas de cerillas que se podían abrir, como cajoncitos. Qué bien lucían sobre el televisor. Y que mal lo pasaría, hoy, el profesor de manualidades a quien se le ocurriera animar a sus alumnos a construir semejante cacharro: amén de denunciarle por familiarizar a los niños con comportamientos contrarios a la salud pública, los modernos guardianes de la moral lo encausarían por promover una práctica sexista y, en el caso de que el colegio no fuera explícitamente religioso, por hacer apología de una celebración confesional.

Así que se conforma uno con el adminículo electrónico de turno, y se resigna a devanarse los sesos para entender su funcionamiento, y a dejarse la vista en el intento. Ya vendrán tiempos más clementes. En los que, si acaso, al hombre sin pretensiones que seré entonces se le pueda agasajar impunemente con una bufandita, pongo por caso.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

Olga B. dijo...

Entran muchísimas ganas de regalarte unos calcetines a rombos;-) Yo sigo siendo muy partidaria de las colonias de olores viriles y severos, que conste. Me relaja olerlas, mientras que los adminículos electrónicos pequeños me ponene nerviosa. No he regalado uno jamás.
A disfrutar (o lo que sea) de ellos!

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Olga. La verdad es que, aunque me ponen nervioso, aprovecho estas oportunidades para que me los regalen, porque, de lo contrario, yo nunca me decidiría a entrar en una tienda del ramo y elegir uno adecuado a mis necesidades.

José Luis Piquero dijo...

La presbicia, las canas en la barba... ¿Cuándo empezó a pasarnos todo esto? Ays...
Un abrazo.

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

¡Genial! Me encanta que alguien se atreva a decir esas cosas, aunque no esté de moda.
Saludos