martes, marzo 02, 2010

TETITAS DE NOVICIA

Tras la tormenta (la famosa "tormenta perfecta" que habían anunciado los periódicos), la mañana del domingo en las afueras de Madrid fue una de las más hermosas que habíamos podido ver en lo que llevábamos de invierno. Había venido uno aquí a un encuentro familiar, en Chinchón, que lució a lo largo de todo ese fin de semana, salvo en la mañana susodicha, un aspecto sombrio y ceñudo, al que contribuía no poco la ausencia de visitantes, achacable al mal pronóstico meteorológico. Los tenderos se quejaban y las terrazas de la Plaza Mayor andaban un poco alicaídas, frecuentadas sólo por los gatos, que son muy abundantes en este pueblo. Uno, grande como un terrier, estuvo rondando nuestra mesa durante uno de los escasos intervalos de sol que nos permitieron tomar una copa al aire libre, en la mañana del sábado. Era muy sociable: arqueó su lomo y se rozó sucesivamente con todos nosotros, y cuando uno de los presentes lo acarició, le faltó tiempo para tumbarse boca arriba y ofrecerle la panza. Una hembra blanquinegra, muy parecida a K., se afilaba las uñas contra uno de los venerables puntales que sirven aquí de guardaesquinas: a esa misma la vimos, en la mañana del domingo, dejarse querer por un macho que no atinó a hacer lo que correspondía, y que intentó una retirada digna, no sin que la hembra corriera tras él y le reclamara lo suyo. Intervino incluso un tercero, al parecer despechado. Todo eso lo vimos mientras comprábamos los dulces y recuerdos de rigor: los mantecados, los huevos de fraile, las tetitas de novicia.

Luego cada uno a su casa. A nosotros nos llevaron en coche hasta Ciempozuelos, donde cogimos el tren a Madrid. Todavía pudimos pasar unas horas en la capital, donde no llegué a encontrar abierta ninguna librería de viejo, para matar el gusanillo (porque, no sé por qué, me había hecho algunas ilusiones al respecto), pero sí pudimos tomar unos callos en una taberna de la Cava Baja y disfrutar del espectáculo de una multitud casi primaveral, ávida de sol y de pequeñas satisfacciones que compensaran un poco la grisura de las semanas precedentes: el antiguo mercado de San Miguel, por ejemplo, donde ahora sólo venden delicatessen, estaba atestado, y daba gusto ver con qué buen ánimo la muchedumbre trasegaba ostras, tostaditas con caviar o foie y demás chucherías. Un espectáculo, se diría, poco adecuado a estos tiempos de crisis; o quizá todo lo contrario, porque si alguna lección dejan las crisis es que nadie sale de pobre por privarse de un pequeño placer.

Reconfortados, en fin, por esta mañana casi primaveral nos subimos al tren. Nada más cruzar Sierra Morena volvermos a encontrarnos con las lluvias. O quizá era uno quien las llevaba consigo (como la faringitis, de la que todavía estoy convaleciendo) y no hizo más que reencontrárselas en cuanto volvió los ojos hacia dentro.

1 comentario:

Hosting Web dijo...

Felicitaciones por este gran blog!!!

Un abrazo.