miércoles, marzo 17, 2010

THIS IS

Los ingleses siempre logran sorprender. Desde hace algunas semanas ando siguiendo la espléndida serie de la BBC This is civilization. Un crítico calvo y algo entrado en carnes se pasea entre las obras maestras del arte universal y se interroga en voz alta, ante las mismas, sobre cuestiones tales como la relación entre arte y trascendencia, la relación entre arte y coyuntura histórica o la vigencia actual de los grandes temas que el arte se ha planteado a lo largo de los tiempos. Hace uno un esfuerzo por odiar a este hombre afortunado, al que la magia de la televisión permite empezar una frase ante un óleo de Whistler y acabarla en la casa donde murió Ruskin; pero lo más que consigo es admirarlo de un modo tan bobalicón que casi me da vergüenza. Creía que se me había pasado la edad de recibir lecciones magistrales. Pero no: lo que se me ha pasado son las ganas de ir a una sórdida universidad a recibirlas. Aquí, en casa, lo que hago es entregarme sin rebozo a esta magnífica ocasión de acompasar mi propio monólogo al de este hombre bienintencionado y redicho, que habla de cuestiones que uno sólo se atrevería a plantear ante personas de mucha confianza, por temor a suscitar las consabidas evasivas hacia la superficialidad que dominan la mayoría de nuestros intercambios verbales. ¿Debe un edificio ser un todo orgánico, como lo eran los templos góticos, con sus pequeñas irregularidades y su capacidad de integrar mil singularidades discrepantes? ¿No fue el Renacimiento algo intrínsecamente malo, por introducir en el arte un principio de mecanización y abstracción que ha acabado por matarlo? Puede que, en el sopor de la sobremesa, que es la hora en la que emiten este programa, alguna cabezada me haya hecho perder algún eslabón de estos sesudos razonamientos. Pero, al despertar, he sentido como si, incluso en el duermevela, mi mente no hubiera dejado de recrearse en ellos.

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El Dios más difícil: el que quienes nos decimos ateos nos vemos obligados a esclarecer a partir de la difusa noción de trascendencia.

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Y el más evidente: el de los animistas, que adoran a los pájaros y a los árboles.

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