miércoles, abril 07, 2010

AGUA MINERAL

También hicimos la inevitable visita al British Museum, en atención a la curiosidad adolescente de C. y su afán por abarcarlo todo. Fue, con diferencia, el momento más decepcionante del viaje. Hace veinte años, recuerdo, el British era todavía abarcable. Sólo al cabo de algunas horas dentro te asaltaba esa sensación de saciedad e irrelevancia que los aficionados a las citas cultas llaman "síndrome de Stendhal". Había un cierto control a la entrada; y aunque la visita, como hoy, era gratuita, uno se sentía compelido a echar algunas libras de donativo en la urna dispuesta al efecto.

Hoy el British es, literalmente, una extensión de la calle. La gente entra y sale libremente, y no hay una solución de continuidad clara entre, pongamos, el Starbucks que hay justo enfrente de la puerta y el museo propiamente dicho. Y aunque la cúpula de cristal añadida por Norman Foster al severo edificio neoclásico crea una diferencia palpable entre el exterior, casi siempre desabrido y frío, y el cálido recinto del museo, esa benévola sensación queda pronto contrarrestada por la multitud que compra, grita, opina, corretea, dormita o come allí dentro. Hay salas, como la dedicada al arte egipcio, en las que uno no puede hacer otra cosa que dejarse llevar por el empuje de la marea humana. Y aunque puntualmente se siente uno confortado y agradecido por tener al alcance de la mano algunas de las creaciones más significativas del genio humano, lo que se experimenta al poco tiempo es la sensación de impotencia que produce no poder dedicar a cada una de esas obras el tiempo necesario, ni enfrentarse a ellas en unas condiciones mínimas de recogimiento y atención. La irritación cede pronto su lugar a la indiferencia. Y termina uno paseándose, no ya entre obras sublimes, sino entre meros cachivaches, acumulados allí sin ton ni son, como en una trapería.


Pero no es eso lo que parece irritar a algunos, cuyos comentarios no puedo evitar oír; sobre todo, españoles, a quienes parece molestar mucho que esas obras estén allí, en la institución creada ex profeso para albergarlas y cuidarlas, y no en sus ubicaciones originales, donde con frecuencia estaban sujetas al expolio o a la incomprensión, como sucedía con las esculturas del Partenón, utilizadas como blanco de tiro por los turcos o mutiladas a martillazos para vender los trozos a los visitantes por unos céntimos. Irrita mucho oír al demagogo de turno -casi siempre, ya digo, un español barbado, quizá con un titulillo universitario- pontificar sobre estos asuntos. Pero, a la postre, termina uno cediendo a la sensación de desencanto.

Salgo de allí corriendo, con la garganta seca. Y como no quiero aliviarla tampoco en el ya citado Starbucks -a todos los efectos, otra sala del museo-, doy la vuelta a la manzana hasta encontrar la tienda de un caritativo coreano, que me vende una botella de agua mineral.

4 comentarios:

José María Pérez Collados dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
José María Pérez Collados dijo...

A Henry James le encantaba Venecia (he olvidado la pequeña editorial independiente que recientemente ha publicado sus cortos ensayos sobre la ciudad, pero ahí están y son deliciosos).
Viajero culto y enormemente sensible, se quejaba ya en su época de lo que estaba suponiendo el tren: ¡aparecían algunos turistas en estas ciudades que antaño eran silenciosas y bellas!, y cada vez más, aquellos parajes eran hollados por algunos grupos de curiosos ingleses o franceses, poco respetuosos del silencio. ¡Ah el tumulto!
A mí, esos comentarios de Henry James, sumados a los tuyos, me hacen temer que el futuro será, incluso, muchísimo peor.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No me cabe la menor duda. Pero eso arroja una luz favorable sobre el pasado, lo que tampoco está mal.

Javier de Navascués dijo...

Te entiendo muy bien cuando sientes vergüenza por los españoles opinando en voz alta por los pasillos del museo. En los últimos tiempos los españoles y sus gritos se han convertido en un elemento más del paisaje turístico europeo. Una muestra del nuevo rico que, quién sabe, a lo mejor desaparece en los próximos años.