sábado, abril 24, 2010

BAJO EL VOLCÁN

Por si no tenía uno pocas cosas en que pensar, se le ha colado de rondón entre sus preocupaciones el ánimo apocalíptico. Me lo refuerzan diariamente los documentales que veo a la hora de la siesta: entre las muchas confluencias de catástrofes que podrían acarrear el fin del mundo, una de las que cuentan con más probabilidades es el encadenamiento de erupciones volcánicas. Anda uno hecho todo un experto en el tema, gracias a los citados documentales de la hora tonta. A ellos debo el dato de que la civilización minoica fue borrada del mapa por los maremotos causados por la erupción del volcán de Santorini, en la homónima isla del Egeo. Y que el invierno más frío de Europa, el de 1783, se debió a las toneladas de cenizas que proyectó a la atmósfera el volcán Laki, en Islandia, y que la hambruna subsiguiente fue uno de los detonantes de la Revolución Francesa.

El exceso de sabiduría, incluso de la adquirida con tan poco esfuerzo, conduce a la infelicidad. Ahora es uno más consciente de que el mundo es un lugar inseguro, y de que bastaría una mínima alteración de la densidad del aire para que la consiguiente variación de radiación solar resultara desastrosa para el planeta. Y es con este ánimo catastrófico, en fin, como recibo la noticia de que media Europa anda paralizada por la suspensión del tráfico aéreo decretada tras la erupción de otro volcán islandés, el Eyjafjalla, que ha esparcido una enorme nube de cenizas sobre el hemisferio norte. Llama la atención la facilidad con que estas conmociones planetarias se infiltran en la vida de uno: un amigo que está en Boston me dice que no puede volver a Europa, de momento, porque su conexión aérea, que pasaba por Dublín, ha sido suspendida. Resulta casi indecoroso poder soltar en una conversación que conoce uno a un afectado por la erupción del volcán Eyjafjalla, del que hasta hace unos días no teníamos noticia. En otras épocas, me imagino, no se tenía conciencia de estas sorprendentes concatenaciones de acontecimientos, de alcance planetario. Y si se lanzaba uno a tomar la Bastilla, pongo por caso, lo hacía sin saber que la causa inmediata de sus hambres y sus afanes justicieros era la erupción de un volcán en la lejana Islandia.

No creo que las cosas hayan cambiado tanto. Otras carencias, otras insatisfacciones nos acosan. Otras Bastillas caerán sin que quienes participan en su asalto sean conscientes de que el desencadenante de su cólera es una columna de humo que se eleva sobre una remota isla helada. Los animales, dicen, intuyen estas conmociones. Un gato sabe más de las secretas motivaciones que lo mueven que un hombre que se suma a una masa colérica. Está uno a veces triste sin saber por qué. El cielo, tal vez. Que, miren por dónde, cuando ya daba uno a la primavera por definitivamente asentada, ha vuelto a oscurecerse.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Sic transit gloria mundi, amigo José Manuel, y perdona el latinajo. Las palabras "humano" y "humildad" están ligadas etimológicamente, y pienso que hay que sobrellevar estos condicionantes naturales de la manera más llevadera posible; y, mejor si se hace con esperanza, que nos eleva un poco sobre nosotros mismos.
Un abrazo.

marinero dijo...

No quisiera meter aquí la política, ni aun lejanamente; pero yo matizaría lo de que "si se lanzaba uno a tomar la Bastilla, pongo por caso, lo hacía sin saber que la causa inmediata de sus hambres y sus afanes justicieros era la erupción de un volcán en la lejana Islandia". La verdadera causa -o una de las muchas verdaderas causas- no era, en esto, el volcán, sino el modo en que fue afrontada, por quienes sin duda hubieran podido hacer bastante más para remediarla, la hambruna que produjo. Los volcanes -la naturaleza- nunca son culpables; los hombres, a veces, sí.