lunes, abril 05, 2010

CHILD

Seguramente dedicaré varios días a pasar a este cuaderno las notas tomadas durante el viaje a Londres. Un diario, entiendo, no debe ser retrospectivo, por lo que es posible que esté violando alguna de las convenciones del género al escribir de este modo, sustituyendo lo inmediato por lo recordado. Pero no hace falta darle muchas vueltas. Lo inmediato, mientras reescribo mis impresiones de viaje, puede darse por supuesto: el trabajo, la rutina. Lo que se me impone a la hora de escribir es lo otro. Vive uno bajo el peso de una especie de arritmia: para vivir, a veces, hay que dejar de escribir (¿podría haberme encerrado a escribir en estos apretados días de Londres?); y luego, para dar cuenta de esos días, es necesario sacrificar el presente inmediato, que desaparece. Llevar un diario es vivir en dos velocidades: una, la de los acontecimientos, te sobrepasa inevitablemente; la otra, la de la escritura propiamente dicha, contiene siempre un débito y una renuncia.

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Los libreros de viejo de Charing Cross no son quizá tan hoscos como sus congéneres de otras latitudes. Pregunta uno educadamente si puede pasar y ellos te dan la venia con un desparpajo dickensiano, aun sabiendo de antemano que no vas a pagar los cientos de libras que a veces exigen por alguno de los tesoros que guardan: mayormente, libros dedicados por sus propios autores, lo que aquí debe de ser un género muy preciado. Descarto pronto estos comercios fetichistas y busco los de batalla: donde encuentro, por ejemplo, un ejemplar muy bien conservado de las poesías completas de Roy Fuller, editada en vida del autor, un año antes de que yo naciera, y otro similar de Walter de la Mare.

En el avión, a la vuelta, tengo ocasión de leerme el primero. El hecho de que este poeta sea algo menos conocido en España que Spender, por ejemplo, o Philip Larkin se debe meramente al azar. Y el caso es que, bien mirado, este poeta aúna lo mejor de uno y otro: el atormentado compromiso con la realidad de los poetas de entreguerras, por ejemplo, y el cinismo desencantado de los que les siguieron. Fuller vivió ambos estados de ánimo, y a ambos aportó una especie de matiz particular: se desengañó pronto, por ejemplo, de las simpatías comunistas de los primeros, y satirizó abiertamente esa ideología; y, tras atravesar un breve intervalo de realismo desencantado, que abrió camino a los más jóvenes, adoptó una especie de clasicismo sin tapujos que le proporcionó una amplitud de temas y recursos sin parangón en ninguno de sus coetáneos. Así, el libro acaba en una larga serie de sonetos escritos al modo de los de Meredith ("Meredithian Sonnets", reza el título), en los que es muy difícil atisbar ningún propósito paródico o irónico. Van en serio, diríamos.

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Mientras leo a este poeta en el avión, mi compañera de asiento come plátanos pasados. Y ahora recuerdo que vi una cesta de plátanos también demasiado maduros en una especie de tienda de delicatessen que encontré en Southwark, en lo que antes fueron sórdidas dependencias portuarias y ahora es un floreciente barrio de clase media, al pie del Puente de la Torre. Daba un poco de pena, y de risa también, la pompa con que exhibían esas frutas que aquí, en España, cuelgan obscenamente, en grandes racimos, de los ganchos de cualquier frutero. Pero en ese barrio de bohemia chic todo era así: escaso y escogido; como el sol que hasta unas horas antes (por ejemplo, cuando cogimos el barco que enlaza las dos Tate, la Modern y la clásica, situadas en orillas opuestas del río) había brillado a rachas sobre los embarcaderos, sin abrir brecha en el frío compacto que nos helaba las manos y la cara, pero que, por una cortesía muy inexplicable en ese ambiente húmedo, no penetraba debajo de nuestros abrigos.

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En un bar de ese barrio se negaron a darnos de cenar porque nos acompañaba C., que es menor de edad. C. anda muy ofendida al respecto. Y también porque en su Travel Card dice ostensivamente: child.

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