martes, abril 06, 2010

VER CLARO

El barco que une las dos Tate, la Modern y la de siempre (que ahora se llama "British", a saber por qué, puesto que también incluye cuadros de pintores no ingleses) une también dos mundos. El recorrido, muy largo sobre el papel -ambos museos están situados prácticamente en los extremos del centro urbano, según queda este definido por las "zonas" que recorre el metro-, dura apenas unos minutos. Pero las realidades que pueden apreciarse en uno y otro extremo son, ya digo, diametralmente opuestas. Algo así como lo que puede apreciarse cuando uno pasa, en un mismo intervalo, del Museo del Prado, tan diáfano, al Reina Sofía, que sigue conservando el aire de lo que fue, un hospital de desahuciados.

La Tate Modern, hay que reconocerlo, no recuerda en nada a un hospital. El edificio que la alberga fue hasta hace muy poco una central eléctrica, la de Southwark, y mantiene el aire de destartalada eficiencia propio de estas instalaciones. Lo que contiene está también clasificado por técnicas y funciones, como las dependencias de una fábrica: texturas, movimiento, etc. Es agradable pasear por estos espacios amplios y despejados, y asentir a la lección que pretende impartir su insoslayable didacticismo: que los artistas plásticos de todos los tiempos han estado dominados por las mismas obsesiones respecto a la materia que trabajaban: los problemas de luz y perspectiva, las relaciones existentes entre la obra de arte y su modelo, la posición del artista respecto a uno y otro, etc. La Tate Modern es muy inglesa en eso: en intentar conciliar extremos; sólo que aquí incurre en el mismo error que los políticos británicos que intentaron llegar a entenderse con Hitler: el arte moderno, que es de naturaleza totalitaria, lo quiere todo para sí, no admite componendas. La serie "Ninfeas" de Renoir, aquí representada por un cuadro de gran formato, en la sala dedicada a "Texturas", casi se vuelve ininteligible en ese contexto; mientras que los cuadros de la misma serie presentes en la National Gallery, por ejemplo, parecen allí a sus anchas, y rinden el debido tributo a la gran tradición figurativa a la que pertenecen.

Al otro lado del río, a apenas unos minutos en barco, se encuentra el exacto reverso de lo que aquí hemos visto. Pero llegamos ya cansados, y lo único que nos empeñamos en ver de la Tate British son las salas dedicadas a Turner. Salgo entusiasmado de la de acuarelas. Como si hubiera sufrido una terrible afección de la vista, diríamos, y un bálsamo milagroso me hubiera devuelto la capacidad de ver claro.

1 comentario:

Profesor Franz dijo...

De la Tate recuerdo un cuadro de Turner con un sol tan brillante que deslumbraba. Y no es exageración.