miércoles, abril 14, 2010

INSTEP

La misma calle de ayer. Catorce años pasando por ella y nunca había notado estas cualidades suyas: su capacidad de remansar el aire, de bajar un punto la intensidad de los ruidos circundantes, de aplacar los malos vientos (los vientos confusos, indecisos, de la primavera) y de preservar una tibieza más o menos inmune a la propia variabilidad estacional. Sensación de irrealidad, y también de dejá vu; como si estuviera recorriendo un camino previamente soñado. Hasta que, como ayer, un extraño invade la calle. Un coche pequeño, ruidoso, que ha doblado la esquina y hecho sonar el claxon sin ningún motivo, sólo para anunciarse. Se ha roto definitivamente el hechizo. Y es que hay estados de conciencia que sólo pueden disfrutarse en soledad.

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Mi inglés casi eminentemente libresco y literario se ha enriquecido un tanto en el último viaje. Still water: agua sin gas. Pero también, pienso, aguas muertas, como las de esos mares malditos por los que navegan los barcos fantasmas. Tanto, que, puesto en la disyuntiva, casi me inclino por la otra alternativa: sparkling water. Agua chispeante, como una conversación alegre.

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También mi acervo literario, en fin, se ha visto ampliado. Por fin me he decidido a leer a Martin Amis. La primera noticia de su última novela, The Pregnant Widow, me llega por un medio que nunca antes me había parecido una fuente fiable de información literaria: la edición española de Harper's Bazaar, uno de cuyos ejemplares he podido hojear en el avión, en el viaje de ida. Venía en él una entrevista con el mencionado autor, en la que, como en otras ocasiones, habla de su relación con su padre, Kingsley Amis. Y pienso que ahí era donde me aguardaba una de esas pequeñas trampas en las que con tanta facilidad cae la vanidad: hablaba el autor de la novela paterna que yo traduje al castellano, y que el traductor de la entrevista llama -y es la primera vez que la veo nombrar de este modo, más allá de los cauces de difusión de mi trabajo- con el título que yo le di: La suerte de Jim. ¿Es ese detalle el que me ha llevado a buscar la otra novela, la del hijo, en Foyle's, la abigarrada y caótica librería de Charing Cross? Quién sabe.

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Y es en las páginas de esta novela, por cierto, donde encuentro la solución a otro de los innumerables acertijos lingüísticos que la realidad plantea a quien viene de otra dimensión del idioma: instep, empeine. Los amigos que viajaban con nosotros se vieron necesitados de ese término durante una visita a una zapatería, y hubieron de salir del paso como pudieron. Me contaron luego la anécdota. Y yo encontré la palabreja, uno o dos días después, en uno de los primeros capítulos de The Pregnant Widow. Como si me hubiera estado esperando siempre allí, para afincarse en mi memoria con la fuerza de lo que obedece a una cadena compleja de casualidades.

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