viernes, abril 16, 2010

MILLONARIOS

Si atendemos a lo que dicen los titulares, Como casarse con un millonario, la cínica película que protagonizó Marilyn Monroe, pasaría hoy por ser un título de ciencia ficción. Cada vez hay menos millonarios, dicen. Lo que, traducido a la precisión del dato estadístico, significa que se ha reducido espectacularmente la cifra de personas que disponen de un millón neto de dólares para invertir; o, trasladado a nuestra unidad monetaria, 750.000 euros contantes y sonantes. Los partidarios del igualitarismo a ultranza podrían pensar que, después de todo, ésta es una buena noticia: si el número de los que acumulan mucho dinero ha disminuido, eso debería significar que la riqueza está mejor repartida. Y también pueden estar contentos los partidarios secretos del exclusivismo y las aristocracias: que haya menos personas que alcancen el umbral estadístico de la riqueza significa que el número de arribistas, rastacueros y nuevos ricos que acceden impunemente al Olimpo del privilegio social ha disminuido, y que, por tanto, esos círculos tienen garantizadas la exclusividad y la solera por muchos años. O, lo que es lo mismo, que muchos de los que accedieron a ellos en los últimos tiempos, aupados por las ganancias que les deparó la coyuntura económica favorable, han tenido que salir de esos ambientes con una mano detrás y otra delante. También hay quien se alegrará de esta última circunstancia, por ver en ella el cumplimiento de una especie de decreto justiciero: quien se enriqueció demasiado, o demasiado pronto, debe ahora recibir su castigo.

Lleva demasiado tiempo sonando esta cantilena. Quien esto escribe, que no tiene un real ni aspira a tenerlo, y que consideraría una gran desgracia incluso que le tocara la lotería, porque eso traería consigo un sinfín de complicaciones indeseadas, cree sinceramente que en el mundo ha de haber de todo, ricos y no tan ricos; con la salvedad, en fin, de la pobreza extrema, que no parece necesaria ni conveniente para la salud del sistema ni para la tranquilidad general de las conciencias. Hay quienes parecen naturalmente dotados para que el dinero se les multiplique entre las manos, y hay quienes no sabemos hacer otra cosa con él que gastarlo. Y alguna relación hay, al parecer, entre quienes logran ese extraño milagro inconsútil de la multiplicación monetaria y quienes dependemos de una economía general medianamente saneada para cobrar nuestros salarios a fin de mes. Lo que explica esta extraña paradoja: al haber menos millonarios, todos somos más pobres.

Entiende uno ahora las prisas que se dieron todos los gobiernos, al inicio de la crisis actual, para salir en ayuda de los banqueros en apuros. Faltó poco para que se les declarara especie protegida. Ahora ha quedado constatado que, efectivamente, estaban en peligro de extinción. Qué risa. Y qué pena.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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