miércoles, abril 28, 2010

NECROLÓGICA

La calima se va cerrando en una bruma alta que enturbia la tarde. Hace sólo unos minutos el cielo estaba despejado. Ahora no, como contagiado de las emociones de quienes nos hemos ido congregando aquí, en el atrio de la ermita, a resguardo del sol de fuego. Asistimos a los funerales de un conocido. Un hombre joven, muerto de un infarto la madrugada del día anterior. Otro día contaré la novela de este hombre, o lo que sé de ella, y la curiosa relación que establecí con él, basada en ese magnífico pretexto para hablar que presta la afición al cine. En torno a ella seguramente se habrán cimentado amistades mucho más hondas que en relación a la literatura, pongo por caso, tan propicia a la discrepancia. No conozco a nadie que se haya enemistado con otro por causa del cine. Por causa de la literatura sí. Pero a lo que iba: abrigaba la expectativa de que con este hombre iba a tener una larga y profunda amistad, basada en ciertas querencias comunes. Ya no hay tal. Sólo un recuerdo y, como decía, una historia. Podría haberla escrito Josep Pla, al modo de La calle estrecha: una de esas historias sin historia, pero con mucho fondo. En el entierro estaba todo el pueblo. Todos contaban cosas buenas de él, de su generosidad, de su personalidad anárquica y desprendida, de sus intereses desordenados y variopintos, disimulados por una incurable timidez. El cine, ya digo, fue un buen antídoto para estas timideces. Se ha hablado de organizar un ciclo de proyecciones como homenaje. Anoto aquí algunas de las películas que podrían incluirse: Stalker, Berlín, sinfonía de una gran ciudad, Trenes rigurosamente vigilados... Y alguna de Santo, el Enmascarado de Plata, de las que él les ponía a los niños. Le vamos a echar de menos.

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