jueves, abril 08, 2010

THE SEVEN DIALS

No sé si lo de Chinatown fue el mismo día del British Museum. Los hechos se ordenan caprichosamente en la memoria y crean sus propios vínculos, no necesariamente coincidentes con la cronología o la realidad de los hechos. Y es la sensación de garganta seca la que me lleva de la tienda del coreano cercana al museo, donde compré una botella de agua mineral, a The Crown, un hermoso pub situado en una placita muy apropiadamente llamada The Seven Dials -las siete manecillas- por estar las siete callejuelas que allí confluyen dispuestas respecto al centro de la plazuela como lo estarían otras tantas agujas de un imaginario reloj. Enfrente está el Cambridge, un añoso teatro donde llevan años representando el musical Chicago.

La cerveza inglesa es extraordinariamente clemente con quienes padecemos afecciones de garganta. Especialmente la ale, o cerveza tostada, que aquí sirven a temperatura ambiente, y que, con su consistencia de zumo cereal, resulta más reconstituyente que otra cosa. Entiende uno que la gente la tome al final de la jornada, a la hora a la que en otras latitudes se prefiere tomar un vaso de leche caliente. Esta cerveza alimenta más que la leche. Y, además, bebida en la medida justa -una pinta, que es algo menos de medio litro-, resulta también reconfortante para el ánimo. A mí, en concreto, la pinta de Bombardier que me han servido en The Crown me ha hecho olvidar el ataque de nerviosismo que me ha causado la visita al Británico; y, en ese ánimo eufórico, propongo comprar entradas para el musical que anuncian en el teatro de enfrente. Siempre me han gustado las coreografías de Bob Fosse, su estética cínica y canalla, y doy por sentado que la obra de teatro será más fiel a su espíritu que la decepcionante versión cinematográfica que se hizo de la misma.

Almorzamos en un restaurante de Gerrard Street, el corazon del barrio chino. Somos los únicos occidentales, o casi, en el animado local. La cerveza Tsing Tao con la que acompaño el almuerzo, por cierto, no tiene nada que ver con la cualidad clemente de la ale británica: la sirven muy fría, como en España. Y tiene ese carácter acuoso de algunas cervezas españolas, ligeras y volátiles como la propia nación que las produce.

La obra, que vemos al día siguiente, supera en mucho nuestras expectativas. Los músicos son excelentes; y el cuerpo de baile, que canta y se despatarra alegremente en escena mientras desglosa el turbio argumento, lo traslada a uno a ese Olimpo ideal de gracia y belleza al que no le permitieron llegar el día anterior las multitudes del British Museum; sólo que, en vez de la severidad ática de las estatuas allí reunidas, estos bailarines muestran un sanísimo desparpajo muy londinense, muy propio del viejo cabaret inglés.

Salimos encantados; y ni siquiera basta, para disipar el hechizo, la constatación de que el Londres nocturno, que hasta ahora no habíamos vislumbrado -o vislumbramos hace veinte años, cuando era otro- es muy distinto del que vive y trabaja en pleno día. En el metro, atestado, no podemos pasar de la puerta. Y en la siguiente estación, en la que aguarda otra multitud, uno de los integrantes de la misma no duda en tomar carrerilla desde el andén y abrirse camino usando su trasero como ariete. Lo curioso es que, cuando consigue acomodarse en el vagón atestado, la emprende con nosotros, a quienes reprocha no dejar espacio para permitir el acceso de los nuevos viajeros.

Es un hombre joven, muy bien vestido, que seguramente ha empleado las horas que le separan de la salida del trabajo en trasegar toda la cerveza que ha podido. "Habrá tenido un mal día", me dice M.A.. Lo que, curiosamente, es comprendido por el acompañante del camorrista, que en un español pastoso replica: "Sí, es verdad lo que dices -disess-; pero también es verdad lo que dice él". Lo que nos devuelve a lo que comentábamos el otro día, a propósito de la Tate, de la capacidad de compromiso de los ingleses, y de su habilidad, llegado el caso, para disgustar a todos.

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