jueves, mayo 27, 2010

CLAÚSULAS

Paso toda una hora oyendo a una empleada de una compañía de seguros, a la que he acudido a pedir unos presupuestos. He sido yo quien, al mirar el reloj, le he dado a entender que tenía prisa. Pero mi premura se debía simplemente a que tenía otros compromisos, y no a que me aburriera esta simpática muchacha que, en estos tiempos de desconfianza y desorden, hace la apología de un mundo regido por instituciones sólidas y solventes, en el que incluso cabe confiarle a un incauto como yo que no todas las compañías tienen esa solidez y solvencia, y que, ¿sabe usted?, algunas dan gato por liebre... Eso me dice. Escucha uno esa música celestial como quien oye llover. Pero la oficina es limpia y fresca, la muchacha rebosa eficiencia y simpatía, y uno se halla en la tesitura de vender su alma a quien esté dispuesto a gastar en la transacción unos cuantos cumplidos y unas pocas atenciones: la calderilla mínima en la que se tasa la sociabilidad elemental. Ya habrá tiempo para las decepciones. No acabo de estar muy convencido de pertenecer a la llamada "clase media". No mientras mi condición de mero asalariado no me permita un mínimo margen de iniciativa respecto al nivel de bienestar que desearía para mí y para los míos. Y más en estos tiempos que corren, en que los asalariados somos carne de cañón. Pero debo reconocer que soy vulnerable a los ensueños de la clase media. Al ideal de vivir bajo un sistema de mutuas garantías previamente pactado, y en cuyo irreprochable cumplimiento aparentamos confiar. Es una ilusión, que sólo se sostiene en determinadas coyunturas de duración limitada, y que en los tiempos que atravesamos no parece demasiado sostenible. Uno se ha puesto ya en lo peor. Pero todavía se aferra a ciertos espejismos -esta amable señorita y sus seguridades- para suscribir determinadas cláusulas confiadas. Ya vendrá el tiempo de los definitivos desengaños.

4 comentarios:

Raúl dijo...

Ponte en su pellejo. Quizá esa amable señorita, a la que imagino nfundada en una falda de tubo incluso atrevida, cuando termine de representar el papel al que su jornal le obliga, tenga los mismos miedos que tú, y la misma necesidad de sentirse segura que tienes tú, que tengo yo, que tiene...
Curiosa clase media.

Olga B. dijo...

Sí, todo es clase media e ilusión, la clase trabajadora ya no existe, puede nombrarse en inglés y como referencia -"working class", y ese class después del working suena a cristales rotos-, pero yo no conozco a nadie que diga pertenecer a ella. Me siento una reliquia.

Sin embargo, todos los que conozco, incluida yo misma, tienen mil seguros, los porsiacasos ante notario y la tranquilidad de la conciencia distribuida en mil pólizas. En algún sitio hay que sentirse protegidos. También me encantan las señoritas de los seguros; yo fui una de ellas, cuando aún me ponía minifalda.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Raúl. Olga: no te imaginaba en esa tesitura de señorita de seguros. En cuanto a lo de las minifaldas, nunca hay que darlas por definitivamente descartadas. (Aunque, curiosamente, yo no he mencionado que la señorita que me atendió a mí la llevara).
Un saludo.

Olga B. dijo...

Yo he pasado por unas cuantas tesituras, José Manuel, una ya va teniendo historia. ¿No habías mencionado la minifalda? No, no lo habías hecho. Ha sido mi subconsciente, que la ha unido a la falda de tubo de Raúl;-)))
Si no hay que olvidarlas, las dejaremos para después de una futurible (e improbable) operación bikini. Después de todo, como dice una amiga mía, es muy triste que te quieran sólo por tu cerebro.
Saludos.