viernes, mayo 07, 2010

LA PULSERA

Anda uno un poco desinformado en esto de los campos de energía y las fuerzas cósmicas. Lo que sí está claro es que por algún lado se me van las pocas que tengo. O lo que es lo mismo: tengo la sensación de que las que confluyen en mi humilde persona no circulan por donde debieran, y un día me cargan un músculo y otro se me acumulan en el entrecejo o en las órbitas oculares. Anda uno, en fin, como casi todo el mundo, absorto en sus neuras, sin que le sirva de consuelo saber que éstas tienen causas generales de fácil diagnóstico, y que su solución dependería de una simple concertación de voluntades. ¿Seré uno de esos siete de cada diez españoles sometidos a un exceso de ruido? Es posible. ¿Estaré afectado por ese pesimismo crónico que lleva a muchos a dar por seguro que dentro de unos meses la cifra de parados alcanzará los cinco millones? ¿Vivo atenazado por los fantasmas del pasado, como todos esos españoles empeñados en sentirse herederos de uno de los dos bandos en liza en la última guerra civil? Puede ser. Como también podría ser que el sumidero por el que se me van las energías, o por el que pasan de largo las fuerzas cósmicas, esté causado por la imposibilidad de comulgar con las pesadas e indigestas ruedas de molino que cada día nos pone por delante el tragicómico espectáculo de la política nacional.

Sí, no puede uno con su alma. Y me asombra que los periódicos digan que este desfondamiento interno, este “dolorido sentir”, tan hispánico, esta abulia y esta neurastenia no los padecen, en cambio, personajes tan destacados y notorios como Patxi López, Manolo Santana, Severiano Ballesteros, Cristiano Ronaldo… Y no porque sean ricos y poderosos, sino porque… llevan en la muñeca cierta milagrosa pulserilla de silicona, que reequilibra las fuerzas cósmicas y los campos de energía del propio cuerpo, e impiden esa inútil y desesperanzada dispersión que he tratado de describir en el párrafo precedente.

Naturalmente, hay aguafiestas que dicen que es un fraude, y que incluso han interpuesto la consiguiente denuncia. Mientras tanto, la pulsera se vende como rosquillas. Es un síntoma más del estado de ánimo colectivo. Antes encomendábamos esa misma función a la medallita de Santa Úrsula que nos había regalado nuestra pobre abuela, o a la estampita de San Martín de Porres que poníamos en la banca para que nos inspirara mientras hacíamos un examen. Eran, también, modos de atraer sobre nosotros las fuerzas positivas del universo. Ahora esos benévolos poderes los concentra una pulserilla de goma. Negra, blanca o de colores, según. Y anunciada en los medios. El mundo progresa. La humanidad avanza a pasos de gigante. Uno no tendría más que sacudirse la migraña y tener un poco de fe. ¿En qué? En eso: en las fuerzas cósmicas, en los campos electromagnéticos, en las corrientes telúricas…

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

marinero dijo...

Es sobre todo cuestión de tener fe en la fe. Yo soy demasiado escéptico para eso, me temo. O quizá no; quizá lo que ocurre es que reservo la fe para otras cosas menos cósmicas, más de tejas abajo. Quién sabe.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Fe en la duda, fe en el asombro, fe en la belleza, fe en la inteligencia, fe en la alegría, fe en las palabras, sobre todo. Al cabo de los años, conforme uno va gastando los días, hay un convencimiento enorme en la magia de las palabras. Yo estoy enamorado de ellas. De lo que escribes, en general, amigo José Manuel, me gusta la sencillez, el manejo ameno de las palabras para indagar en asuntos que, en otras manos, las mías, más torpes, menos directas, igual queda en una cosa lujuriosa de frases, en un bochorno de frases. Fe en la fe no tengo. MetalingÜística pura. Leí de eso en años en donde se leía de todo. Ahora soy más selectivo. Ahora releo a Lovecraft. Ése tenía fe en lo cósmico. Igual llevaba pulseras para ahuyentar demonios de las edades sin nombre. Un abrazo.

Lo de la presentación de libro, ya te escribí en facebook, espero que vaya al gusto del autor. Disfruta.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Ah, olvidé que tengo un amigo que es feliz (o casi) desde que se la pone. La pulsera, digo.
Yo no me atrevo a encarar así la felicidad.
Prefiero otras vías menos epidérmicas.

José Luis Piquero dijo...

Es lamentable que la gente siga creyendo en esas tonterías, la pulsera de la energía, el anillo de Osiris o el collar de San Pancracio. Otra forma de hacer dejación de nuestra responsabilidad y nuestra libertad, confiándolas a fuerzas superiores. Alguien se está haciendo rico a costa de los tontos, sean estos uno que pasa o el propio lehendakari.
Un abrazo.