lunes, mayo 31, 2010

LEVEDADES

La levedad del caldo de caracoles, según lo hacen en mi tierra: infusión de hierbas, más que caldo. Y con un sabor muy peculiar, que no tiene parangón en ningún otro plato que yo conozca, ni de aquí ni de ningún otro sitio. Un punto oriental, quizá -algunos añaden un poco de jengibre al paquete de hierbas-. En ningún otro sitio comen estos caracoles pequeños, de indisimulada textura invertebrada. Alimento de nómadas hambrientos, de cazadores-recolectores de alguna remota edad de la humanidad... Ya casi nadie los prepara en sus casas, por lo que su consumo, en esta época del año, se asocia a la eclosión del buen tiempo y a la posibilidad de pasarse la tarde sentado en una terraza, al aire libre. Son también, por ello, un símbolo del ocio. Y uno, que suele andar bastante atareado en estas fechas, sólo los come en ocasiones contadas, aunque tampoco deja pasar la temporada sin probarlos. Comerlos es más un rito que otra cosa. Sientan bien, quizá por la sugestión de que, al ingerirlos, está uno asimilando una especie de destilado de jugos primigenios de la tierra... Algún antropólogo debería aclarárnoslo.

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El algún momento de la lectura de Y ningún otro cielo, el último libro de poemas de Abelardo Linares, me puede la emoción. Es una sensación extraña, que raras veces relaciono con la literatura. Ésta suele depararme placeres de otro tipo: cerebrales, sensoriales (la sugestión del ritmo, combinada con la exactitud...), etc. Las excepciones son pocas. Y ésta a que me refiero puede deberse al efecto de alternar poemas literariamente muy elaborados, que predisponen a esos goces intelectuales y sensoriales de los que hablaba antes, con otros muy sencillos, incluso de métrica popular, en los que la emoción golpea sobre una sensibilidad predispuesta... a otra cosa. No me lo esperaba. Y este factor sorpresa es, qué duda cabe, uno de los grandes aciertos del libro.

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La delicada ondulación de los trigales. En ellos la humanización del paisaje alcanza su máxima expresión. Campos de pan, los llaman en algunos lugares. Sin embargo, la impresión de frescura y limpieza que producen no se deriva de la riqueza que se espera obtener de ellos, sino de otra cosa, más insólita en la naturaleza de los países templados: su desnudez, su pureza de líneas, la uniformidad de su color -verde ahora, en primavera; dorado dentro de unas semanas-. Tocados, eso sí, por un punto de inquietud: cuando una ráfaga de aire los acaricia a contrapelo y uno ve cómo los recorre una insinuación de una sombra que, sin embargo, no llega a cuajar sobre ellos.

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