lunes, mayo 24, 2010

PUNTO DE VISTA

Con C. en el concurso de pintura rápida de Benaocaz, en el que participa. La ayudo a llevar los bártulos y a encontrar un lugar en el que plantar el caballete. No es fácil: sopla un levante racheado, muy capaz de tumbar o llevarse por delante los endebles trebejos de la pintura. De hecho, los pocos pintores que hemos visto en faena a esta hora temprana han instalado sus avíos en la parte trasera de sus furgonetas o en los pocos lugares resguardados que ofrece la complicada orografía de este pueblo literalmente encaramado a la ladera de una montaña. Noto el desánimo de C., su impaciencia adolescente, que es también una modalidad temprana de una autoexigencia quizá algo excesiva. Probamos en varios sitios, en vano: o bien no ofrecen suficiente protección del viento, o bien el panorama abarcado no es del agrado de la pintora. Seguimos nuestros tortuoso camino, ella con la voluminosa bolsa en la que lleva las pinturas y yo con el caballete a cuestas... Hay expresiones metafóricas de cuyo abuso no somos conscientes hasta que tropezamos con su sentido originario y literal. "Punto de vista", por ejemplo: con qué tranquilidad hablamos del "punto de vista" que adopta un escritor, pongo por caso. Pero para cambiar de punto de vista o encontrar el idóneo, el escritor no tiene que trasladarse, no tiene que cargar con sus bártulos, ni combatir el viento o el sol. Las dificultades son otras, claro, y muy considerables... El día antes, en la presentación de mi Diario de Benaocaz, aquí, en el mismo pueblo, volví a repetir algo que ya dije en Cádiz, delante de algunos amigos escritores a los que respeto y admiro: que de los colegas del oficio se aprende poco, y que, en mi caso, mi amistad con algunos pintores ha resultado más enriquecedora respecto a los procedimientos y fórmulas de mi oficio que la práctica totalidad de conversaciones literarias que uno haya podido tener con destacados colegas. Cuando lo dije aquí, en Benaocaz, ante varios pintores, éstos asintieron, claro; pero no estoy muy seguro de que estuvieran dispuestos a asumir la tesis complementaria: la de que también ellos pudieran haber aprendido algo decisivo de la lectura de determinadas obras literarias, por ejemplo.

Pero a lo que iba: me acordaba de todas estas disquisiciones al día siguiente, mientras recorría con mi hija las calles en cuesta de Benaocaz. Un rincón abrigado y, a la vez, abierto a un panorama rico, en el que mereciera la pena ahondar: eso buscábamos. Y eso es lo que busca uno también cuando se sienta a escribir: un ánimo resguardado, abierto a un panorama mental lo suficientemente complejo como para poder extraer de él algunos temas y motivos... Pero las metáforas, ya digo, resultan pobres cuando se las confronta con la realidad.

Por fin dimos con un lugar que reunía las condiciones necesarias: un recodo de la escalera en la que termina la larga calle en cuesta en la que se alinean las últimas casas del pueblo, ya en descenso hacia un hondo valle. Al principio no entendí el porqué de esa elección: unas altas encinas obstaculizaban el panorama. Pero ése iba a ser el asunto del cuadro: una mancha verde, con sus huecos y honduras, sobre la que asomaba una línea quebrada de montañas y un cielo turbio. Un cuadro, digamos, sobre los árboles que impiden ver el bosque, o sobre la necesidad de levantar un poco más la vista para intentar ver al otro lado... Desde el primer momento me di cuenta de que no era un cuadro adecuado para un concurso. Y luego, cuando lo vi expuesto en la plaza, al lado de otros más abigarrados y detallistas, que parecían reclamar a voces la atención apresurada del jurado, me pareció una de esas personas discretas que, cuando están en una reunión de gente gritona y charlatana, optan por callar. Había otros cuadros de esa condición y les pasaba lo mismo. Sólo que, a diferencia de lo que hacen las personas tímidas, no terminaron entablando conversación entre ellos en algún receso del bullicio, sino que permanecieron en su soledad, orgullosos y desairados, mientras los elogios y premios iban cayendo sobre otros. C. aceptó el resultado con deportividad: lo había anticipado, como hacen la mayoría de las personas orgullosas para precaverse de un fracaso. Pero con una salvedad: en el proceso ha aprendido algo sobre la naturaleza de lo que gusta y no gusta a los demás, y sobre lo que uno mismo debe decidir al respecto cuando esa consideración entra en conflicto con las convicciones y querencias propias. Ése ha sido su premio esta vez. No es poco.

1 comentario:

JMGL dijo...

No es solo el contenido del artículo, me admira el uso el lenguaje, más admirable aún porque supongo que se trata de textos hechos a vuelapluma. Me recuerda, salvando las distancias idiomáticas, a Josep Pla.