lunes, mayo 17, 2010

RETRATO

Finalmente, la temida "firma de ejemplares" de Diario de Benaocaz se convierte en una especie de tertulia por turnos, en las que unos interlocutores -amigos y conocidos- relevan a otros y me mantienen distraído y feliz (¿acaso no desearía uno otra cosa que disfrutar de una eterna sucesión de momentos amistosos, en un ambiente educado y distendido?) a lo largo de las dos horas que dura el compromiso. Firmo, si no he contado mal, doce libros, entre ellos algunos ejemplares de Vacaciones de invierno, Sexteto de Madrid y -sorprendentemente- Gigantes y molinos, mi libro casi secreto sobre el Quijote. El demonio pesimista que llevo dentro me susurra que, para ese viaje, no hacían falta tales alforjas. Y que estos ejemplares despachados, unidos a los pocos que se vendieron en la presentación, no justifican el esfuerzo y la tensión a los que he sometido a mi familia, a las personas implicadas en la organización y desarrollo de estos actos y a mí mismo. Puede ser. Entre estos ajetreos, la carga de trabajo aparejada al final de curso y mi intermitente astenia primaveral, estoy literalmente agotado. O, mejor dicho, en un estado alterno de desánimo y euforia, que me recuerda, ahora que estoy leyendo a Martin Amis, a las caídas y subidones del protagonista alcohólico de Money.

***

Me dicen mis amigos libreros que los vientos fríos que han soplado estos últimos días han desanimado un poco a la clientela de la Feria del Libro. Yo mismo lo compruebo: mientras permanezco en un rincón resguardado del estand, ubicado en una casamata de un antiguo fuerte, casi compadezco a quienes llegan de fuera, con los cuellos de las chaquetas levantados y ese estado de desarreglo que producen los cambios súbitos de tiempo. Esta Feria tiene estas cosas: no casa bien ni con el tiempo demasiado bueno (la gente prefiere irse a la playa, según los libreros) ni con el tiempo inestable. En eso se parece mucho a la propia mercancía que ofrece: la mayoría de los libros exigen un estado de ánimo particular, y basta la más ligera desarmonía para que su lectura resulte incómoda o improductiva. Los lectores más o menos avezados sabemos sobreponernos, pero...

***

El retrato del difunto J.C. que ha pintado J.A.M. Es la segunda vez que me enfrento a la experiencia de ver el retrato fiel de una persona a los pocos días de su muerte. Y, como la primera, que tuvo lugar hace años, la contemplación de la pintura me causa una pequeña conmoción. Tal vez porque no hay retrato que no presuponga la vida del retratado; o que no reclame para sí, de un modo que resulta un tanto intolerable, esa eternidad que palpablemente le ha sido negada a aquél.

1 comentario:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Yo espero que puedas firmarme mi ejemplar el curso próximo en el D. Muchas gracias por enlazarme.
Un abrazo.