miércoles, junio 02, 2010

ÁNGELES

Empiezo con muchas ganas la lectura de esta biografía de la novelista C. L. y me desinflo a las pocas páginas, abrumado por los excesos interpretativos de los que hacen gala los autores, y que suelen articularse en razonamientos de este tipo: "Si este dato es cierto (cosa que no es del todo segura, y ni siquiera probable), éstas serían sus importantísimas consecuencias (de tal peso, en fin, que hacen deseable que el dato dudoso no lo fuera)". Con esos mimbres cualquiera hace una biografía imaginativa, llena de tesituras cruciales. Y el caso es que, prescindiendo de estos abusos, éste es un libro puntilloso y bien documentado, al que sólo aqueja el prejuicio, muy extendido, de pretender encontrar en la vida de un autor antecedentes precisos de los rasgos más destacados de su obra. Descreo del prejuicio opuesto, claro, muy en boga hace unos años: el que llevaba a pretender que biografía y obra no tenían nada que ver, e incluso consideraba ilegítima la lógica curiosidad que nos llevaba a interesarnos por la vida de un autor que nos había gustado. Pero de ahí a lo contrario hay una distancia. Y el caso es que uno siente una gran simpatía por esta novelista de la que casi todo el mundo ha leído sólo su primera novela; y daba por sentado que, leída ésta, tan transparente, sobraba cualquier otro testimonio exterior sobre su vida.

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Escritura y vida: cuánto de abusa de esta contraposición, que es también una correlación. Y con qué naturalidad se mezclan, en cambio, cuando no es necesario explicar la relación que existe entre ambas. En tardes como ésta, por ejemplo, en la que, mientras redacto estas notas y caliento motores para dedicarle un par de horas a mi novela, oigo el cansino ir y venir del tambor de la impresora en la que se están imprimiendo la declaración de hacienda, atiendo una llamada de teléfono en la que mi mujer me explica los pormenores de la cena, sigo con el rabillo del ojo las abrumadas idas y venidas de la gata, sumida como siempre en sus complicadísimos dilemas existenciales... Qué fácil sería postular la esencial heterogeneidad de todos estos mundos, o establecer una exacta correspondencia entre ellos. Y lo que hay, en todo caso, es un trasvase parcial, un tanto azaroso e impredecible. ¿Quién me dice que en las páginas de la novela que alcance a revisar esta tarde no se colará alguno de los elementos que he mencionado? ¿Que no los recorrerá una gata melancólica, que no se filtrará en ellas la necesidad de tener cocidas las pechugas de pollo para la hora de la cena, que no las abrumará el recuerdo de alguna servidumbre burocrática? ¿Y quién sabrá dilucidar que esos elementos, incrustados en una historia sucedida en diciembre del 78, provienen de esta tarde preveraniega de 2010?

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Cierro por fin el trato con la amable señorita de la oficina de seguros de la que hablaba el otro día. La veo revolotear de aquí a allá, con los papeles en la mano. Y pienso que la burocracia, después de todo, no sería tan mala cosa si estuviera en manos de los ángeles.

2 comentarios:

maile dijo...

El consuelo es pensar que los angeles... existen.

BEATRIZ dijo...

Cosas correlativas, la vida y la escritura. Dos mundos donde caben otros tantos y por donde se vislumbran realidades de tiempos distintos quiza, lo admirable es fundir todos esos elementos en una historia. Lo harás bien en la novela


Me ha gustado venir,

Saludos.