viernes, junio 18, 2010

EL CHIRINGUITO

Se pronunció el juez sobre el caso del quiosco o chiringuito gaditano situado en terreno de todos, que es como decir en tierra de nadie. Y dictaminó que hay que derruirlo. Todo comenzó, recuérdese, porque el ayuntamiento autorizó su construcción y la Junta decidió impugnarla. No entiende uno de esas cuestiones. “Somos juguetes de los dioses”, decían los griegos, retratando la situación del hombre que, impulsado por su dios titular a llevar a cabo determinadas acciones, ofendía sin querer a otro dios no menos poderoso que el primero y sufría las consecuencias de esa animadversión involuntariamente lograda. Somos juguetes de la política, diríamos nosotros, poniéndonos en el lugar de los propietarios del quiosco que ahora deberá ser derruido, o no, quién sabe, porque todavía hay cuerda legal para rato…

Ha asistido uno al caso con cierta estupefacción. Primero, por el rigorismo legal y estético con el que algunos cuidadanos recibieron la decisión municipal de promover la construcción de establecimientos hosteleros en determinados espacios públicos. De pronto, la ciudad que durante décadas había asistido impasible al reinado de los chiringuitos de cañas y tablones, o al glorioso apogeo del puesto de helados en el que se vendían bajo cuerda cervezas y bocadillos, se volvía extraordinariamente puntillosa con el hecho de que se alzaran en ciertos lugares públicos establecimientos mejor concebidos y capaces de ofrecer al ciudadano un mejor servicio. Y esa animadversión, no sabe uno si espontánea o inducida, encontraba su justificación en toda clase de pretextos medioambientales, estéticos, históricos, arquitectónicos, etc. La ciudad que, en los albores de la democracia, asistió impasible a la conversión de su mejor plaza decimonónica –la plaza de Mina– en un feo jardín impersonal, privado incluso del quiosco de hierro que era su seña más característica, mostraba ahora un curioso celo arquitectónico respecto a actuaciones urbanísticas perfectamente reversibles y de limitadísimo alcance. Ante la extensión de la polémica, pensó uno en lo peor, en el inextricable cáncer de las ciudades pequeñas: la envidia, los rencores vecinales; y, sobre todo, el afán de protagonismo público de sectores que, al amparo de los procedimientos habituales de representación, no suelen alcanzar la repercusión que desean.

Ahora un juez ha decidido sobre el caso, lo que ya es un avance respecto a la indefinición anterior. El objeto en cuestión ha de ser derruido. Un empresario particular perderá su inversión, y un principio de incertidumbre se cierne sobre todos aquellos que en adelante quieran llevar adelante sus proyectos en un marco de torpezas administrativas –como la que se ha cometido si, efectivamente, el local no podía levantarse en ese lugar– y rencillas institucionales. Algunos lo celebran. Yo no.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Olga B. dijo...

Qué extraña sensación de indefensión: ante las normas, ante los políticos, ante la opinión pública que tan pronto jalea a Cristo como grita que lo crucifiquen... Lo curioso es que, en medio de todo, las ciudades sobreviven y la gente tiene ganas de arriesgarse y montar chiringuitos. Me ha recordado a una historia que ahora es actualidad en Zaragoza. Una vieja cigarrera de las de toda la vida que vendía tabaco en el Casco Antiguo de la ciudad se enfrenta, si no recuerdo mal, a 18.000 euros de multa o tres años de cárcel o todo a la vez, no sé. Dura lex, de vez en cuando. Algunos lo celebran. Yo tampoco.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Normalmente en estos casos se ventilan asuntos que no tienen nada que ver con las personas afectadas, y sí con rivalidades políticas o intereses de grupos de presión. Y el milagro es ése que dices: que la gente siga haciendo cosas y las ciudadess sobrevivan.