lunes, junio 28, 2010

HOMENAJE

Modesto pero sentido homenaje cívico a J.C., el amigo benaocaceño que murió repentinamente hace apenas un par de meses. Se congregaron en la plaza unas doscientas personas, puede que más; lo que, teniendo en cuenta que la población total del pueblo es de seiscientas, puede considerarse una gran multitud. Respetuoso silencio y, a ratos, ráfagas de emoción difícilmente reprimida. C., que en su vida se había visto en otra igual, llora en silencio. Las lágrimas le bañan el rostro. Y, aunque me conmueve verla llorar, pienso que no puede hacerle daño esta manifestación de empatía con el dolor ajeno, y que la honra el hecho de no avergonzarse de sus lágrimas. Su padre, que es quien esto escribe, seguramente ha tenido que esperar mucho y pagar un precio mucho más alto para adquirir esa imprescindible enseñanza.

El momento más emotivo de la ceremonia, en cualquier caso, fue cuando nuestro amigo J.A.M. le entregó a la madre del difunto un retrato de éste, pintado expresamente para la ocasión. Conocíamos ya ese retrato y nos había impresionado, no sólo su fidelidad al original, sino, sobre todo, la naturalidad con la que el modelo esboza su característica media sonrisa de hombre tímido y reservado. El pintor se refirió, en la entrega, a su propia experiencia en circunstancias parecidas, y al consuelo que le deparó haber pintado previamente el retrato de la persona entonces fallecida, que no era otro que su padre, y contar con la compañía de esa efigie. Me llamó la atención este valor de uso de la imagen pintada, que nos retrotraía a los orígenes mismos del impulso de representar gráficamente aquello con lo que se quiere mantener alguna clase de relación espiritual. Temimos la reacción de la receptora ante aquella imagen casi intolerablemente viva. Y, efectivamente, hubo una breve efusión de llanto, oportunamente interrumpida por la concejala que ejercía de maestra de ceremonias, que ayudó a devolver la tabla a su envoltorio, una fea bolsa de plástico que, sin embargo, puso una bienvenida nota de cotidianidad vulgar, impremeditada, a la excesiva solemnidad del momento.

Terminada la ceremonia, y mientras nos dirigíamos al lugar donde se iba a descubrir una placa en recuerdo del fallecido, un coro de mujeres rompió a entonar un cántico religioso. El rigorista que a ratos aflora en mí se sintió un tanto sorprendido por lo que me pareció una inoportuna interferencia religiosa en un acto cívico, que imputé a los oficios del cura, allí presente, y a su ascendiente sobre las mujeres de la edad de la receptora de aquellos homenajes. M.A., que normalmente me aventaja en estos rigores laicistas, se mostró esta vez más comprensiva: "Cada uno expresa su dolor como puede y sabe". Tenía razón. Y con esa nota rústica, un tanto fuera del tiempo, se disolvió el acto bajo los rigores mucho más pertinentes del sol vespertino. La vida sigue, y ahora las expectativas de todos se concentraban en el inminente partido de fútbol en el que la selección española iba a enfrentarse a la de Chile.

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