viernes, junio 11, 2010

LA FERIA

Pasa uno del mundo a la feria y es como si no hubiera salido del mundo, porque la feria es el mundo y el mundo es una feria. Y viceversa: sale uno de la feria a la normalidad del mundo y es como si no hubiera salido de la feria, porque feria y mundo se confunden. Hay ricos y pobres en el mundo y los hay en la feria; hay incluso mendigos en la feria, idénticos a los que uno encuentra en los portales de las iglesias. Y policías, y ladrones, como también los hay en el mundo real y en los mundos irreales de la política y las finanzas. Va uno por la feria y le apetece un refresco y, como en el mundo, hay establecimientos que los dispensan, y que, miren ustedes por dónde, aceptan la misma moneda de curso legal que circula fuera, e incluso la que no es de curso legal, exactamente como sucede al otro lado de esa barrera invisible e inencontrable. Y se acuerda uno de su tía ancianita, pongo por caso, y hay en la feria, como en el mundo, comercios donde uno puede comprarle unos dulces, unas flores secas, un león de escayola, o un centro de mesa extraño y complicado, en el que la tía anciana pueda distraer sus melancolías…

Así que anda uno confundido. ¿Dónde termina la feria? ¿Dónde comienza el mundo? Cierra uno los ojos, porque a veces la mejor manera de recuperar las coordenadas de la realidad es renunciar a algunas de las precarias guías sensoriales en las que fundamos nuestro conocimiento de las cosas. Se siente uno kantiano en medio de la feria, apela uno a los asideros de la Razón Pura. Y la razón pura te dice que todo es apariencia y confusión, y que el estruendo que oyes, y que parece definitorio de la feria, es idéntico al que hacen en tu calle los coches rutilantes en los que los galanes del barrio vienen a recoger a sus novias, o al que hace tu vecino cuando está de buen humor y decide ponerle fanfarrias estereofónicas a su alegría. Y aguza uno el olfato y el olor a fritanga que te llega bien podría ser el amargo tufo caliente de la realidad, que, como todo el mundo sabe, tiene un regusto a comida grasienta, y por eso resulta la mayor parte de las veces indigerible. Y le pregunta uno a un guardia: Guardia, ¿es esto la feria o es el mundo? Y el propio guardia te dice que él tampoco está seguro, porque una vez estuvo de servicio en el mundo real y todo le pareció levemente absurdo y desquiciado, como en la feria, y un año lo destinaron a la feria y comprobó que allí las cosas tampoco habían renunciado del todo al sagrado orden de la cotidianidad. Lo mismo me dijo el médico del dispensario, ante su porción de humanidad vencida por el coma etílico, y hasta el cura que regentaba una modesta barraca con campanario en la que se atendían las necesidades espirituales de la multitud me respondió del mismo modo… Y aquí sigo, despistado, sonámbulo. ¿Es feria todavía? ¿Ha terminado?

Publicado el martes en
Diario de Cádiz

4 comentarios:

Casiano dijo...

Cuando acaba la Feria?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La feria acabó ya, Casiano. Aunque, según cómo se mire, no acaba nunca.

Ana A. dijo...

Ummm ... esconderse tras la barraca del silencio es lo que nos queda en momentos de tanta desorientación mundanamente ferial - , esa que está ubicada en la zona verde para evitar el olor a fritanga

Besos de presentación

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenida, Ana. Sí, sería buena idea instalar en cada feria una "barraca del silencio".