miércoles, junio 23, 2010

MENTIRAS PIADOSAS

El lunes por la tarde tuve la oportunidad de narrar un terremoto en directo desde este cuaderno: sucedió mientras escribía en él. No lo hice, supongo, porque no di crédito a mis propias sensaciones. Noté la sacudida del suelo y luego, durante unos segundos, la vibración que experimentó el inestable conjunto que forman, a mi izquierda, la torre del ordenador y el sistema de altavoces que, a falta de mejor sitio, he colocado encima de ésta. Me inquietó sobremanera esa vibración: creí que eran los mecanismos internos del ordenador, que traqueteaban, presagiando un fallo general del sistema. Es decir: sustituí un temor pequeño, casi mezquino (las molestias que podría haberme causado una avería del ordenador) por lo que hubiera sido más natural: el espanto legítimo ante la evidencia de que la tierra había temblado bajo mis pies. M. A. me sacó de dudas: "Oye, ¿has notado el temblor?". K., más fiel a sus instintos, había salido disparada. Por un momento nos miramos, como si temiéramos la posibilidad de una sacudida más intensa. No la hubo. Y luego, a la mañana siguiente, cuando pregunté en el trabajo si alguien había notado el presunto terremoto, obtuve una rotunda negativa por respuesta, acompañada de no pocas miradas entre escépticas y divertidas. La prensa, sin embargo, lo ha confirmado: hubo un temblor de 3.1 grados en la escala de Richter.

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Publiqué ayer en el Diario un artículo muy escéptico sobre la figura e importancia del recién fallecido J. S. Y un conocido me ha felicitado por lo que él ha entendido como un sentido homenaje al escritor portugués. No sé cómo encajarlo. Quizá no ha leído el artículo, y me felicita sólo porque ha visto mi nombre en el periódico y eso le ha llamado la atención. O quizá lo ha leído y no lo ha entendido. O quizá soy yo quien no entiende lo que ha escrito, o quien no se entiende a sí mismo, y por eso juzga acerbo e impertinente lo que, en el fondo, no puede ser entendido sino como la única clase de homenaje relevante que puede recibir un escritor en esta sociedad nuestra: que se le tenga en cuenta, aunque sea para mal.

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Me pregunta este otro compañero a qué pienso dedicar este verano. Y le digo que a terminar la novela que debo entregar en septiembre. Enseguida advierto que, como respuesta a una pregunta amistosa, que no buscaba otra cosa que hilar una conversación intrascendente, la mía resulta del todo inapropiada. Tendría que haberle dicho simplemente que me iba a la sierra, a descansar. Se lo digo, de todos modos, para tranquilizarlo. Pero al rato me dice: "Bueno, y eso de escribir novelas... ¿Cuando las empiezas sabes ya cómo van a terminar?". Y, para no causarle más inquietudes, le respondo con una mentira piadosa (más para mí, en fin, que para él): le contesto que sí.

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