martes, junio 29, 2010

MIGAS DE PAN

Mientras poso para la que entiendo que será la última sesión de mi retrato, J.A.M. me habla de la fauna que frecuenta la huerta que me sirve de fondo, y cuyo último espécimen declarado es un conejo al que nadie ha visto todavía, pero que ha dejado inconfundibles señales de su paso en el plantel de judías verdes, que al parecer es una verdura que gusta especialmente a estos roedores... Propone J.A.M., medio en broma, que le preste a K. para que mantenga a raya la nueva plaga. Pero K. es una gata doméstica, que sólo ha ejercido sus dotes de cazadora con algunos pájaros de nuestros balcón y los insectos que se crían en la leña amontonada en el patio, y en la huerta de nuestro amigo se han visto, no sólo topillos y ratones, que seguramente harían las delicias de la gata, sino también ratas y serpientes, ante las que no sé cómo reaccionaría. De estas últimas, por cierto, me menciona mi interlocutor un ejemplar de unos dos metros al que vio iniciando plácidamente la deglución de un sapo a la sombra de un seto. J.A.M. previó los terrores ancestrales que semejante bestia podría despertar entre los miembros de su familia y no dudó en aplastar la cabeza del animal con una barra de hierro; lo que, al parecer, le criticaron mucho sus vecinos, muy partidarios de este silencioso reptil que mantiene a raya a las ratas y a otros animales nocivos... Oye uno estas historias con la fascinación que estas manifestaciones de la vida silvestre ejercen sobre la gente de ciudad. Hay quienes, en nombre de esa fascinación, se embarcan en un safari, por ejemplo. Pero no sé yo si ese impulso puede presuponérsele a los gatos que nunca han salido de una casa. Ni siquiera a los que, como K., han acreditado suficientemente sus instintos cazadores.

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La crisis, por lo que se ve, apenas ha calado en la calle. Los bares y comercios siguen tan llenos como siempre, y el pulso bullicioso de la vida urbana apenas ha decaído. En la intimidad, me consta, la cosa es muy distinta: ahí es donde cada cual echa sus cuentas y da rienda suelta a sus incertidumbres. Y es como si entre la clase media en proceso de depauperización empezara a cundir el ánimo del hidalgo del Lazarillo, que guardaba las migas de pan para adornarse con ellas la pechera sólo cuando salía a la calle.

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Desde mi posición, la imagen pintada de mi mano en escorzo parece una tarántula. O será que acabo de ver Las manos de Orlac, la película sobre un atribulado pianista al que un médico demente trasplanta las manos de un asesino, y ando algo sugestionado por la idea de que estas extremidades puedan tener vida propia. Que sean ellas las que escriben por mí; como, en el caso del protagonista de la película, eran ellas las que mataban.

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