jueves, junio 03, 2010

NIEBLA

Niebla a ras de playa. Un mundo atenuado, sin salientes ni aristas. Un mundo hecho de luz y agua.

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A vueltas con la biografía de Carmen Laforet que ando leyendo. Quizá los "excesos interpretativos" que mencionaba ayer vinieran dictados por la necesidad de cubrir un espacio sobre el que forzosamente, salvo en casos muy excepcionales, siempre hay pocos datos: la infancia en familia, es decir, en la intimidad, sobre la que no suele haber registros ni pruebas documentales. Todo lo contrario sucede con el tramo siguiente, dedicado al paso de la autora por un conocido instituto de enseñanza media de las Palmas de Gran Canaria, y prueba fehaciente de lo que un biógrafo competente puede hacer cuando cuenta con datos objetivos. No es que éstos sobren tampoco, pero el periodo está dominado por una personalidad excepcional, la de la profesora, y luego valiosa erudita y estudiosa de la literatura del Siglo de Oro, Consuelo Burell, de la que el capítulo en cuestión ofrece una hermosa semblanza; basada, además, en un testimonio un tanto novelesco: la existencia de un diario inédito de esta mujer de letras, escrito durante los años de la guerra civil, que coincidieron con los del bachillerato de la novelista.

Podría escribirse una gran novela con estos datos: la historia de una mujer que, empujada a medias por una posible decepción amorosa y por los avatares de la guerra civil, destila su melancolía en la retaguardia. Aciertan los autores de esta biografía en no cargar la mano respecto a la posible adscripción ideológica de esta valiosa intelectual educada en la Institución Libre de Enseñanza, pero sobre la que hubiera pesado, de haber permanecido en la España republicana, el pecado de ser hija de un prominente político monárquico. La guerra -y, sobre todo, la represión- también se dejó sentir en las Canarias. Pero lo que preside este capítulo es el sentido de continuidad, que es una nota frecuentemente ausente de la mayoría de los relatos sobre estos años. Con dificultades se reanudó el curso a la vuelta del verano del 36; y en esa inexorabilidad que parecen llevar consigo los ciclos académicos se afianzó también la continuidad de no pocas vidas; entre ellas, la de la adolescente sobre la que trata esta fase del relato, sí; pero también la de su abrumada y melancólica profesora, a la que yo conocía solamente por el prestigio académico de su nombre y por sus pulcras ediciones de Garcilaso.

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Podría considerarlo un anticipo de la clase de gloria que conocen los autores cuyos textos son objeto de estudio forzoso en determinados currículos académicos: estos chavales han leído y comentado un artículo mío en un examen. Su profesora lo juzgó apropiado para lo que se perseguía en ese ejercicio. Y ahora me siento un poco culpable de haberles endilgado alguna que otra claúsula larga, cuya sintaxis han tenido que someter a los habituales instrumentos de análisis que se estudian en estos niveles.

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