viernes, junio 25, 2010

PURGATORIO

No es la muerte el mejor momento para hacer balance de la valía de un escritor. Quienes se ocupan de estas cosas saben que, después del momentáneo repunte de publicidad y estima que acompaña la noticia del fallecimiento de un literato famoso, viene lo que se suele llamar “el purgatorio”: durante unos años la obra de ese escritor no se reedita ni se lee, y el sentimiento general del público, cuando se alude a ese nombre conocido, es de saturación. El muerto al hoyo, parecen pensar todos. Y a ese hoyo va a parar también la estima de la que gozó en vida. Para comprobarlo, basta visitar una librería de viejo. Tiene uno esa melancólica costumbre. Cuántos prestigios literarios se liquidan a menos de un euro el ejemplar, cuántos amarillecen o se cubren de polvo. Y cuánta consideración mundana clama inútilmente desde esas sobrecubiertas descoloridas o desde esas elogiosas notas de solapa. De nada sirve haber sido académico, como tantos, o premio Nobel, como Knut Hamsun (en la foto), o haber vendido miles de ejemplares en su día, como Darío Fernández Flórez. Ese despiadado olvido no podía preverse, desde luego, cuando se redactaron las exaltadas necrológicas que a muchos de ellos les dedicaron. Otros tuvieron menos suerte: conocieron la muerte de su prestigio antes incluso que la muerte física. Pero eso llevaban adelantado.

Pienso en todo esto mientras leo las altisonantes necrológicas que personajes de diverso pelaje, desde el presidente del gobierno a uno de los efebos que aparecen en las películas de Almodóvar, han dedicado al escritor portugués José Saramago. No me cabe la menor duda de que la potencia de estos elogios fúnebres es directamente proporcional a la duración e intensidad de su inminente purgatorio. Pero lo verdaderamente extraño es que los poderosos de este mundo, los que gestionan la paz y la guerra o administran los cauces por los que circula la riqueza, elogien unánimemente la presunta rebeldía e inconformismo de este hombre de aspecto hosco que, desde su dorado retiro, pontificaba solemnemente sobre los males contemporáneos. Extraña rebeldía ésa, que se ejercía desde las tribunas de mayor resonancia y tenía por interlocutores a ministros y presidentes. Una rebeldía, en fin, que, más que sembrar dudas (que es lo único que, en buena ley, puede hacer el intelectual crítico) parecía legitimar posiciones políticas y opiniones biempensantes, a la vez que tranquilizar no pocas conciencias. Como hacían los anacoretas respecto a la pompa mundana de los reyes y papas que después los hacían santos.

En eso el mundo ha cambiado poco. Descanse en paz Saramago, si es que lo dejan, al menos en estos primeros días de eterno reposo, el ruido mediático que ha suscitado y los estridentes honores militares que ha recibido en su país natal. Mañana se verá qué quedó de esas fanfarrias, de ese ruido.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

3 comentarios:

JMGL dijo...

Yo espero que quede el Saramago escritor de El año de la muerte de Ricardo Rei y el de Historia del cerco de Lisboa, dos obras que leí en su momento y de las que recuerdo el haberme quedado una impresión muy grata que se dilató en el tiempo.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Muy buena reflexión, José Manuel. El empeño de los políticos, de una y otra bandería, por salir en los papeles o la televisión es insufrible, lo mismo para hablar de la "roja" (qué hartazgo) que de literatura o ciencia. Ésos sí que pontifican, pero a diario. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Excelentes reflexiones, José Manuel, y muy a contracorriente. Parece que es la valía de una literatura libre del polvo de la actualidad la que permanecerá.
Un abrazo.