jueves, junio 17, 2010

QUE ESPERE

Extraña tarde, que empleo en ir a comprarme las aletas que me ha pedido mi monitora de natación y en llevar a la gata al veterinario, para que le mire unas manchas que le han salido en las fosas nasales y que alguien nos ha dicho que podrían deberse a una infección por ácaros... Tiene uno casi todas sus tardes amortizadas de antemano ante el ordenador, por lo que estas salidas por asuntos aparentemente cotidianos son una excepción, una ruptura de la rutina, y así las recibe uno: como pequeñas incursiones en esa confusa esfera de incongruencias y absurdos que llamamos realidad. Y ahí me veo, en los pasillos de unos grandes almacenes, sentado en un banco y mirándome las extrañas prolongaciones que les han salido a mis pies, como si hubieran sido objeto de un hechizo o de una metamorfosis que me hubiera convertido parcialmente en rana. Y luego ante el veterinario, que es un hombre menudo que viste una llamativa bata de colores chillones, como para restarle dramatismo a su cotidiano trato con las enfermedades de los animales y con las aprensiones de los dueños. Al final, los temidos ácaros no son más, nos dice, que manchas debidas a la decoloración natural del pelo blanco en contacto con las secreciones de la gata. Eso lo ha dicho después de encajarle con dificultad en los oídos el aparato de auscultar, y de recibir a cambio un mordisco de advertencia. Cuando llegamos a casa, K. me mira con rencor: debe de preguntarse a qué se ha debido esta excursión absurda, en la que no le ha dado tiempo siquiera a descabezarse una siesta, como cuando vamos a la sierra, y que no ha desembocado en esa extraña mutación de su espacio cotidiano que se traduce en una casa con patio en el que cazar toda clase de bichos. Y yo culmino la atípica salida ante este cuaderno, dando cuenta en él de estos sucesos insignificantes que vienen a interrumpir mi bien asentada rutina. La novela, que espere.

1 comentario:

maile dijo...

De vez en cuando es bueno salir de la rutina... o no?