lunes, junio 14, 2010

RETRATO (1)

Escribo esta entrada mientras poso para J.A.M., que quería hacerme un retrato al óleo... Me sugiere que escriba mientras tanto, lo que no me parece mala idea, ya que escribir es una de las pocas ocasiones en las que logro desprenderme de lo que podríamos llamar mi exceso de autoconciencia. La otra posibilidad era leer. Pero está uno acostumbrado a leer en lugares públicos -autobuses, plazas, terrazas, etc.-, y a componer determinada figura en ellos, en relación a la concurrencia, los curiosos, el ruido, e incluso la presencia especular de otros lectores. Así que aquí estoy, accionando el teclado mientras el pintor va esbozando su cuadro. Es una situación decididamente extraña, precisamente por esa ausencia de autoconciencia de la que hablaba antes... ¿Quién soy? ¿Qué dejo entrever de mí mientras me olvido de mí en este cuaderno? La respuesta, cuando el cuadro esté terminado.

***

Mientras tanto, escribo. Por ejemplo, de la película que vi ayer, La cruz de hierro, de Sam Peckinpah. Las referencias que tenía de ella eran más bien descorazonadoras: a principios de los muy ideologizados años 70 la crítica no estaba dispuesta a reconocer la valía de este drama bélico en el que los personajes actúan según humanísimos impulsos de ambición o supervivencia, y no en nombre de discursos preestablecidos. Y tampoco es probable que entonces jugara a su favor el aprovechamiento que Peckinpah hace de lo que podríamos llamar el aspecto estético de la guerra, la sugestión que ejercen sobre el espectador la maquinaria bélica, la visión de la naturaleza vulnerada, el mundo reducido a su condición esencial de laberinto peligroso... El cine posterior sí supo aprovechar esa lección, y hoy no hay hallazgo de esta película que no hayamos visto luego en otras posteriores de Spielberg, Coppola, Malick o Stone -Platoon, por ejemplo, es casi un calco de ella-.

Hay quien dice que lo peor de la película es lo artificial del conflicto entre sus protagonistas. Un capitán de origen aristocrático se incorpora al frente ruso con la intención de obtener la preciada "cruz de hierro", la condecoración más estimada del ejército alemán. Su actitud inevitablemente contrasta con el realismo desengañado de las tropas hechas al terreno, encarnado en un aguerrido suboficial, el cabo (luego sargento) Steiner, interpretado aquí por James Coburn. Éste cae herido en el curso de un encarnizado combate y es enviado a un hospital de retaguardia, donde vive un desangelado romance con una enfermera y experimenta ese extraño trastorno del comportamiento que lleva a los combatientes a añorar el peligro y las condiciones de vida del frente (cuando Peckinpah rueda esta película todavía no se ha producido el regreso de las tropas de Vietnam, que dará lugar a una amplísima tipología de trastornos postbélicos). A su regreso al frente, el sargento Steiner será requerido para testificar a favor del presunto heroísmo del capitán en la susodicha batalla. Su negativa a hacerlo -el contraataque lo lideró un teniente, que encontró en él la muerte, mientras el capitán escurría el bulto- le acarreará la animadversión de su superior y pondrá en marcha el áspero desenlace de la historia, que incluye la azarosa retirada del postergado pelotón de Steiner a través de territorio enemigo y el enfrentamiento final entre los dos antagonistas, de alguna manera reconciliados en el mutuo reconocimiento de los motivos que impulsan a uno y otro... ¿Artificioso e injustificado este argumento? En absoluto. Y menos si los comparamos, como hacen algunos críticos, con las rivalidades entre antiguos amigos que determinan el conflicto en Duelo en alta sierra o Grupo salvaje, tan determinados por las convenciones genéricas en las que se sustentan ambas películas. La cruz de hierro va más allá: apela directamente a la naturaleza humana en un conflicto que, al fin y al cabo, nos resulta más próximo que las estilizadas escaramuzas del western.

Peor lo importante, como suele ocurrir, no es lo que el guión plantea sobre el papel, sino lo que las imágenes efectivamente filmadas logran transmitir. Ésta es una película desgarrada, violenta, dotada de una extraña belleza y transmisora de un mensaje de desesperanzado individualismo que hoy, quizá, podemos entender mejor que en el momento en que fue estrenada.

***

...He redactado la parrafada precedente mientras mi amigo pintor procedía a "encajar" su cuadro. No ha tardado en hacerlo más que yo en resolver la nota precedente. No hay por qué presuponer mayor dificultad en una tarea que en otra. Pero... Siempre ha sentido uno nostalgia de la imagen. Escribir para lograr un resultado "plástico" -y no me refiero ya a que lo escrito resulte más o menos descriptivo-. La propia palabra "inspiración", tan degradada, da una idea de la verdadera esencia de esto. Palabras, viento. Palabras que se lleva el viento, porque son viento, aunque por un momento engañe la visión de estos caracteres aparentemente tan estables, tan tangibles sobre el papel o la pantalla como la pintura sobre el lienzo.

2 comentarios:

E. Cabello, "Las Cumbres" de Ubrique dijo...

¿Podríamos ver el cuadro?
Me encanta todo lo que pinta tu amigo el pintor, que está hecho un artistazo, pero sus retratos siempre son especiales, y cuando los miras descubres, realmente, mucho del interior de las personas, es curioso lo vulnerable que te vuelves cuando te retratan y, al mismo tiempo, captan algo de tu interior.
Saludos,
Esperanza

P.D.: La palabra de hoy es "Damalpir", me gusta.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo colgaré en cuanto esté terminado -si el autor me lo permite, claro-.